Una fecha escrita

Capítulo 10 Estar

Axel

El problema de besar a Amara no había sido hacerlo.

Era descubrir lo fácil que resultaba querer repetirlo.

Durante los días siguientes mantuvimos una convivencia aparentemente normal. Desayunos rápidos, trabajo, mensajes para avisar si alguno llegaría tarde y alguna cena compartida. Nada había cambiado de forma evidente y, sin embargo, cada gesto tenía una conciencia nueva.

Cuando Amara se acercaba para mostrarme algo en el computador, lo notaba. Cuando su brazo rozaba el mío en la cocina, también. Incluso había empezado a reconocer el instante exacto en que sus ojos descendían hacia mi boca antes de volver a mirarme.

No volvimos a hablar del beso.

Tampoco hicimos demasiado esfuerzo por evitar otro.

Esa indefinición probablemente era peor.

El viernes salí antes de que despertara. Tenía varias reuniones y una negociación que llevaba meses intentando cerrar. Nick apareció en mi oficina poco después de las ocho y tardó menos de diez minutos en notar algo.

—Estás de buen humor.

No levanté la vista.

—Estoy trabajando.

—También trabajabas la semana pasada y parecías querer despedir a la mitad del edificio.

—La mitad del edificio necesitaba trabajar mejor.

Nick dejó una carpeta frente a mí.

—Pasó algo.

—No.

—Con Amara.

Levanté finalmente la mirada.

La sonrisa que apareció en su rostro confirmó que había cometido un error.

—La besaste.

Permanecí inmóvil un segundo.

Suficiente.

Nick abrió los ojos.

—La besaste.

—Baja la voz.

Se dejó caer en el sillón.

—No puedo creerlo.

—Fue un beso.

—Naturalmente.

—No empieces.

—No estoy haciendo nada.

Su expresión decía exactamente lo contrario.

—¿Ella también te besó?

Lo miré.

—Nick.

—Es una pregunta importante.

Me llevé una mano al rostro.

—Sí.

—Excelente.

—¿Por qué excelente?

—Porque si únicamente la hubieras besado tú tendríamos un problema bastante distinto.

Volví hacia el computador.

—No tenemos ningún problema.

Nick soltó una risa.

—Viven juntos, están comprometidos por contrato, fingen estar enamorados frente a todo el mundo y ahora se besan cuando nadie mira. Tienen varios.

—Gracias por el análisis.

—Para eso estoy.

Mi teléfono vibró antes de que pudiera echarlo de la oficina.

Era Amara.

¿Estás ocupado?

La ligereza desapareció inmediatamente.

Ella sabía que trabajaba. Si necesitaba algo normalmente llamaba sin preguntar.

Respondí.

Puedo hablar.

El teléfono sonó casi enseguida.

—¿Qué pasó?

Hubo una pausa.

—Hola a ti también.

Intentaba sonar normal.

No lo consiguió.

—Amara.

—Mi padre está aquí.

Me puse de pie.

—¿Dónde?

—En casa de mi abuelo. Vine por unos documentos y algunas cosas que todavía me faltaban. Llegó hace unos minutos.

—¿Entró?

—No.

—¿Tú estás dentro?

—Sí.

Tomé las llaves.

—No abras la puerta.

—No pensaba hacerlo.

Respiré.

—Bien. Voy para allá.

—Axel, no tienes que venir. Estoy bien.

—Lo sé.

Eso nunca había estado en discusión.

—Entonces no...

—Voy.

Silencio.

—No quiero que esto se convierta en un espectáculo.

—No lo hará.

Nick ya estaba de pie.

—Quédate adentro. Llego pronto.

—Puedo manejarlo.

Cerré los ojos un instante.

—Sé que puedes, Amara. No voy porque crea lo contrario.

Hubo otra pausa.

Esta vez más corta.

—Está bien.

Colgué.

Nick tomó su chaqueta.

—Voy contigo.

—No.

—No era una pregunta.

Lo miré.

—¿Cuándo aprendiste eso de mí?

—Años de exposición.

No tenía tiempo para discutir.

Nos fuimos.

Tardamos menos de veinte minutos.

El automóvil de Amara estaba frente a la casa. Otro vehículo permanecía estacionado unos metros más adelante y un hombre esperaba junto a la entrada, teléfono en mano.

Mauricio.

Lo reconocí inmediatamente.

Cabello oscuro con canas, unos cincuenta años y ropa demasiado cuidada para alguien que supuestamente solo había pasado a visitar a su hija.

Bajé.

Sus ojos fueron primero hacia mí y después hacia Nick.

—¿Quién eres?

Me acerqué.

—Axel Valmore.

La reacción fue pequeña.

Pero suficiente.

Conocía el apellido.

—Ah. El prometido.

—Sí.

—Finalmente.

No me gustó la palabra.

—¿Qué quieres con Amara?

Su expresión cambió.

—Es mi hija. No necesito un motivo para verla.

Miré la puerta cerrada.

—Ella parece pensar diferente.

—No sé qué te habrá contado.

—Suficiente.

—Los asuntos familiares son privados.

—Entonces deberías haber mantenido este en privado. Llevas varios minutos golpeando y llamando cuando claramente no quiere abrir.

Su mandíbula se tensó.

—Necesito hablar con ella.

—No hoy.

—¿Y ahora tú decides?

—No. Ella ya decidió cuando no abrió la puerta.

Nick permanecía algunos pasos detrás.

Sorprendentemente callado.

Mauricio me observó con esa mezcla de irritación y cálculo que conocía demasiado bien en ciertos hombres.

—Quiero hablar sobre la herencia de Alfredo.

—Habla con el abogado.

—Amara es la heredera.

—Entonces hablarás con ella cuando ella quiera hacerlo.

—También hay cosas que me corresponden.

—¿Cuáles?

No respondió.

Exactamente.

—Esto no tiene nada que ver contigo —dijo.

—Ahora sí.

—Porque vas a casarte con ella.

—Porque estás frente a una casa donde ella dejó claro que no quiere recibirte y sigues aquí.

Su expresión se endureció.

—No seas ingenuo. El viejo muere, Augusto aparece a rescatarla y unas semanas después mi hija termina comprometida con su nieto.




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