Una fecha escrita

Capítulo 11 Lo que cambia

Amara

Besar a Axel había sido una decisión.

Ir hasta su habitación, tocar la puerta y hacerlo antes de poder convencerme de que era una mala idea había sido completamente consciente.

Lo que no había previsto era tener que desayunar con él a la mañana siguiente.

Bajé cerca de las nueve y lo encontré en la cocina preparando café, vestido con pantalón oscuro y una camiseta negra. Tenía el cabello todavía húmedo y parecía demasiado tranquilo para un hombre al que había besado contra la puerta de su habitación unas horas antes.

Me detuve en el último escalón.

Axel levantó la mirada.

—Buenos días.

—Buenos días.

Eso fue todo.

Caminé hasta la cocina intentando parecer una persona adulta perfectamente funcional. Tomé una taza, serví café y me senté frente a él.

Axel continuó leyendo algo en su teléfono.

Yo bebí.

Pasaron aproximadamente treinta segundos.

—Esto es ridículo —dije.

Dejó el teléfono.

—¿Qué cosa?

—Esto.

—Necesito más información.

—No puedes besarme de esa manera y después decirme buenos días como si nada.

Una ceja se levantó.

—Tú fuiste a mi habitación.

—Ese no es el punto.

—Me parece bastante relevante.

—Axel.

Una sonrisa apareció lentamente.

—¿Qué esperabas que hiciera?

No lo sabía.

Precisamente por eso estaba molesta.

—Algo.

—Buenos días, Amara. Anoche apareciste frente a mi puerta, me besaste y después huiste. ¿Dormiste bien?

Lo miré.

—Eres insoportable.

—Tú empezaste esta conversación.

Intenté seguir tomando café.

No funcionó.

—No huí.

—Te fuiste bastante rápido.

—Porque tú dijiste que debíamos parar.

—Y tenía razón.

—Entonces ¿de qué te quejas?

Axel dejó la taza.

—No me estoy quejando.

Sus ojos permanecieron sobre mí.

La diversión desapareció lentamente.

—Si no te hubiera detenido, ¿habrías entrado?

La pregunta cambió todo.

Mi respiración se hizo más consciente.

—No sé.

—Yo sí.

Lo observé.

Axel se inclinó apenas sobre la mesa.

—Por eso te detuve.

No había arrogancia en su voz.

Solo certeza.

Y esa seguridad tuvo un efecto bastante inconveniente sobre mí.

—Entonces hiciste bien.

—Sí.

—Perfecto.

—Perfecto.

Volví al café.

Axel sonrió.

Odiaba que pareciera disfrutar tanto de mi incomodidad.

La mañana continuó con una normalidad sospechosa.

Yo trabajé en la sala mientras Axel ocupaba el estudio. Cerca del mediodía salió hablando por teléfono, pasó junto a mí y dejó una mano brevemente sobre mi hombro antes de continuar hacia la cocina.

Ni siquiera interrumpió la conversación.

Me quedé mirando el computador.

Aquello era nuevo.

No el contacto.

La naturalidad.

Hasta entonces cada vez que nos tocábamos había una razón: aparentar, bailar, besar.

Ese gesto no había significado nada.

Precisamente por eso significaba demasiado.

Más tarde fui a preparar algo de almuerzo y Axel apareció mientras buscaba ingredientes.

—¿Qué haces?

—Comida.

Miró lo que había sobre la mesa.

—Eso no respondió.

—Pasta.

—Otra vez.

—La pasta nunca decepciona.

—Tu dieta es preocupante.

—Tu personalidad también y aquí estamos.

Se arremangó.

—Muévete.

—¿Vas a cocinar?

—Voy a evitar que destruyas la cocina.

—Sé cocinar.

—La pizza demostró lo contrario.

—La pizza estaba buena.

—Porque intervine.

Le entregué un tomate.

—Entonces hazte útil.

Terminamos cocinando juntos.

No ocurrió nada extraordinario.

Y quizá eso fue lo extraordinario.

Axel cortaba verduras mientras yo preparaba la salsa. Discutimos sobre la cantidad de ajo, me quitó una cuchara cuando intenté probar por tercera vez y terminamos comiendo directamente de la olla antes de servir.

Parecíamos una pareja.

El pensamiento apareció sin aviso.

Me quedé quieta.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Axel me observó.

—Estás haciendo esa cosa.

—¿Cuál?

—Pensar demasiado y después decir que no pasa nada.

—No hago eso.

—Constantemente.

Volví hacia la salsa.

—Solo estaba pensando.

—Eso había deducido.

No insistió.

Se lo agradecí.

Porque todavía no sabía qué hacer con la respuesta.

Después del almuerzo regresé a los planos de la casa de mi abuelo.

La idea del estudio había dejado de parecer absurda.

Había pasado buena parte de la noche anterior imaginando posibilidades: conservar la fachada, intervenir algunas habitaciones de la planta baja, convertir el taller en espacio para materiales y dejar la planta superior prácticamente intacta.

Podía funcionar.

El problema seguía siendo el dinero.

Abrí una hoja de cálculo.

Axel apareció detrás de mí aproximadamente una hora después.

—¿La casa?

—Sí.

Se inclinó ligeramente para mirar.

—Cambiaste la entrada.

—Necesito separar el estudio de la parte privada.

Se sentó a mi lado.

Le mostré el diseño.

Esta vez no opinó inmediatamente. Escuchó mientras explicaba la circulación, las áreas de trabajo y lo que quería conservar.

—¿Y esto?

Señaló una habitación.

—Mi oficina.

—Grande.

—Soy la dueña.

Una sonrisa pequeña apareció.

—Justo.

Seguí enseñándole.

Cuando terminé, Axel se recostó.

—Está bien.

Lo miré.

—¿Bien?

—Muy bien.

—Eso está mejor.

—¿Cuánto?

Sabía exactamente qué preguntaba.

Le mostré el presupuesto preliminar.

Axel lo revisó.

No hizo ninguna expresión dramática.

Naturalmente.

—Puedes reducirlo.

—Ya lo reduje.

—Todavía hay cosas que pueden esperar.




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