Una historia cualquiera

VANESSA O LO MALO REGRESA

La puerta se cerró detrás de ella, marcando la interrogante de cómo se llegaría al punto al que siempre se llega, de inevitable manera. “¿Me desnudará o lo hará él primero? ¿Me besará o me tomará sin la menor delicadeza? ¿Me golpeará por la media hora que tiene o durará cuatro movimientos? ¿Cuáles serán las marcas nuevas que tendré después de este encuentro? ¿De qué manera obtendré su preciado néctar?”, se preguntó Vanessa, quien se sorprendió de seguir caminando después de tantos segundos sin un solo contacto. Casi llegaba a la cama, que estaba al fondo del pequeño cuarto, él permanecía inmóvil al lado de la puerta, por lo que ella tuvo que regresar para que todo iniciara. Si era tímido, ella tenía la cura para ese no deseado mal.

     —Por favor, no me toques. No vine aquí a eso— dice el joven, que parece muy perdido de su zona. Vestía con marcas originales o buenas imitaciones, no muy acostumbradas en el barrio.

     —Ah, ¿en serio? ¿Otro que prefiere hablar? Dios los socorra, a ustedes, a sus madres y hasta a los árboles de los que tallaron sus cunas. Especialmente en estos días maratónicos en que duele hasta el coño.

     Vanessa caminó hasta la cama y se sentó en un costado de ella, palpó con sus dedos su mala textura cuyas hendiduras habían sido causadas, en buena parte, por ella. Era la diosa que determinaba hasta la geografía de sus tierras. Esa cama que era su trono, donde su poder se acrecentaba; y ese cuarto, su palacio, no había nadie más amada y deseada para quien la acompañara, que ella. Ese lugar era mágico, porque todos los rollitos y estrías se desvanecían, sus senos crecían y se ponían duros y, en cada embestida de sus amantes, los años se reducían, como si se bajara el volumen de la música con una perilla.

     —¿Y de qué te apetece hablar, papusho? —preguntó, esperando que no fuera como el tipo que quería que le enseñara a maquillarse. Eso había sido divertido, pero tan seguido perdería su encanto.

     Se quitó las zapatillas que ya habían castigado bastante a su dedo meñique izquierdo, que hace unos meses, parecía haber nacido con un siamés malvado. El olor que siguió al acto no fue agradable, pero no importó. El romanticismo para con sus clientes había muerto veinte años atrás. Ahora que chupen como esté y que se aguanten el olor, que el extra de sus servicios valía cada centavo pagado, se decía. El joven tomó asiento en una silla de madera, que se balanceaba a la menor provocación, justo al lado de la puerta.

     —Cuéntame cómo acabaste aquí. ¿Te gusta que te cojan? —Vanessa lo miró con aire inquisitivo, pero no dijo una sola palabra. Él pagó por su tiempo, si lo quería gastar en una terapia para ella, era su maldito problema. Ya no recordaba cuántos teatros así llevaba. ¿Qué historia inventaría ahora? ¿La niña violada? ¿La madre en apuros? ¿La extranjera engañada? ¿La drogadicta con deudas? ¿La emprendedora? ¿La ninfómana? La verdad es que ya se sentía muy vieja para inventar personajes nuevos, a veces incluso para recordarlos. El aclaró rápidamente sus intenciones —…es para un trabajo de la escuela.

     Vanessa decidió contarlo con un poco de verdad, porque hablar con mentiras requiere un esfuerzo mental, que la falta de sueño no le permitía. Él mentía, lo sabía desde que lo vio. Su nombre no era el verdadero, pero ¿quién lo usa para contratar a una puta? Había algo anormal en él que la inquietaba, pero al menos no la quería latiguear y eso ya era un avance.

     —A mí, nadie me coge —aclaró, Vanessa—, yo me los cojo a todos. Cuando los veo acercarse sé que algo les falta y reconozco qué es, qué quieren, qué necesitan: seguridad, amor, poder, experiencia, necesidad, aventura o desnudarse, no de ropa, sino de alma con alguien que no los juzgará.

     —¿Te gusta tu trabajo? —inquirió el joven, viendo al suelo.

     —No, niño. Yo no trabajo. Yo soy, y siendo, gano dinero. La gente piensa que es como cualquier otra cosa, como la mujer que trabajó un día en una zapatería, no le gustó y se metió a una ferretería, le hablaron feo y fue con su tío el de la maquiladora, donde empezó como manual y terminó de chófer para la misma empresa. Ser puta no se trabaja, se es, especialmente porque después de esto, no se puede ser otra cosa. Muchas nos engañamos en distintos momentos de nuestra vida, pero es la vida quien siempre se encarga de ponernos en nuestro lugar de nuevo.

     —¿Cómo? —el muchacho entrecerró los ojos y la enfocó, al preguntar.




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