–¿Lo compramos todo? – pregunté viendo dudosa al hombre a mi lado.
–Si– respondió Ethan dándome un ligero vistazo,para volver a colocar su vista al frente.
– ¿Seguro?–
– Que sí
– Pero es que,yo creo que
– Sam– me interrumpió colocando una mano en mi hombro mientras con la otra sujetaba el volante.–Tranquila,compramos todo lo que anotaste en la lista. Y creo que hasta más – sonrió ligeramente mientras retiraba su mano de mi hombro.
–Es que todo tiene que salir bien para la fiesta sorpresa de mañana. ¡No puedo creer que mi pequeño príncipe cumpla ya nueve añitos!.– mencioné feliz–. Y mira esto Ethan– comencé a rebuscar en el bolso que traía y saqué un pequeño peluche de Marshall de los Paw Patrol y se lo enseñé– ¿A qué es hermoso?–pregunté viendo como él asentía risueño.–Y eso no es todo mira,tenemos: banderines,vasos platos,confeti ,pancartas,gorros y hasta globos,todos con temática de los paw Patrol – Mencioné alegre mientras se los iba enseñando.
– Lo sé Sam yo te ayude a comprarlos.
– Ajham,no puedo esperar a que llegue la hora,tenemos que decorar todo muy bonito, lleno de globos y pancartas.–¡Ahh Ethan!, no te dije que también tenemos –comencé a rebuscar en el bolso hasta que una mano me detuvo.
– Sam tranquila–soltó una ligera carcajada–Hasta parece que la del cumpleaños eres tú, y no Alan– mencionó viéndome risueño.
– Es que estoy muy feliz. Además no se cumple años todos los días–volteé mi rostro recostándolo en la ventanilla del copiloto, viendo las calles pasar lentamente. Hoy sin dudas era un día precioso. —Por cierto —las palabras quedaron atrapadas en mis labios al verlo. Un anciano ciego, de pie, en medio de la acera aferrado a su bastón blanco, mientras extendía una mano al vacío y giraba su cabeza desorientado pidiendo una ayuda que no llegaba. Sintiendo como las personas a su alrededor pasaban de largo ingorándolo, como si fuera alguien invincible.
El auto seguía en movimiento,podía escuchar la voz de Ethan hablándome pero mi mente seguía reproduciendo esa escena una y otra vez.
– Ethan,¿puedes por favor retroceder un poco? –dije apenas en un susurro, notando un nudo formarse en mi garganta.
Ethan giró la cabeza hacia mí, viéndome confundido. Con una mano en el volante, y la otra en la palanca de cambios. —¿Qué?
—Que si puedes retroceder un poco– mencioné sin poder olvidar lo que vi, sintiendo esa imperiosa necesidad de ayudarlo.
–Es- está bien —dijo con el ceño algo fruncido, mostrándose aún confundido por mi petición. Aún así empezó a buscar un lugar para dar la vuelta.
Observé por la ventanilla recorriendo con mis ojos todo el lugar buscándolo y lo ví, seguía allí, viéndose más perdido que nunca. Trato de tomar la mano de un muchacho joven que pasaba a su lado y este lo empujó haciendo que su cuerpo tambaleara y terminará cayendo en el suelo. Algunos con sus teléfonos en las manos lo grababan y se burlaban ,para otros el era tan irrelevante que no merecía siquiera un minuto de su tiempo.
–Ethan detén el auto–mencioné rápidamente mientras desabrochaba el cinturón de seguridad.
– ¿Sam que está pasan?...
– No soy yo, solo... Por favor detén el auto es urgente – lo miré suplicante y lo hizo,no espere a que dijera otra palabra y abrí la puerta rápidamente. El aire de la calle golpeó mi rostro, caliente, ruidoso,real. Caminé apresuradamente hacia el anciano y a mis espaldas escuché la puerta de Ethan abrirse y sus pasos siguiéndome.
– ¿Señor se encuentra bien?– pregunté preocupada agachándome a su altura, él giró su rostro al escuchar mi voz.– permítame ayudarlo– Ethan viendo todo confundido pestañeo organizando al parecer sus ideas y al escuchar mi voz se apresuró a ayudarme a levantarlo.
– Tenga – levanté el bastón del suelo y lo acerqué hasta su mano para que lo tomara.
–Muchas gracias señorita, que Dios me la bendiga.
– Amén–mencioné con voz cálida.
– Disculpe que la moleste señorita,pero ya que está aquí ,me podría decir ¿dónde queda el supermercado más cercano?. Es que verá – comenzó alegré.– Con la ayuda de mi Dios ,vendí todos mis paquetes de galletas a un joven y me pagó con un billete de cien dólares y me dijo que me quedará con el cambio. Así que voy a aprovechar y hacer la compra del mes con ese dinerito – sonrió – ¡Ya verá lo contento que se va a poner mi nieto!.–
Solté una risita al escucharlo,sintiéndome alegre por él. –Pues la verdad es que–detuve mis palabras al ver el billete que tenía sujeto en sus manos.–¿Con qué dijo que le pagaron?.
– Con un billete de cien dólares – expresó feliz. Dios sabe que necesitaba ese dinerito,solo dígame dónde queda el supermercado y dónde está la parada del bus y listo. Es que no suelo venir por estas calles y, bueno termine perdiéndome.
– ¿Es, ese billete que tiene sujeto en sus manos?.
– Si señorita – asintió varias veces afirmando.
Miré a Ethan a mi lado quien también se encontraba mirándome y suspiré tratando de armar las palabras adecuadas en mi mente.
– Verá señor,ese billete que tiene en sus manos no es de cien dólares...es– apreté los labios tratando de aguantar las lágrimas que amenazaban con salir – Es solo un billete de un dólar. Lo siento mucho pero...lo estafaron. Dije viendo como su rostro se deformaba poco a poco pasando de la sonrisa a una expresión confundida y luego de angustia.
– Qué...pe-pero ese joven– su voz comenzó a quebrarse– él me dijo que... y yo confíe en su palabra,y ¿qué voy hacer ahora Dios mío?. Las lágrimas corrían por sus mejillas.– Mi nieto Señor – dijo casi sin voz,sin fuerzas. Con el rostro lleno de incertidumbre,y la esperanza rota. Sus manos que se aferraban al bastón como si este fuera el ancla que lo ayudaba a no derrumbarse tambalearon y casi se va de lado si no fuera porque Ethan lo sostuvo rápidamente.
Él solo era un abuelo que quería lo mejor para su nieto,que a pesar de su situación,de su condición,salía a delante por él. Y lloré, lloré por él ,por su historia, sintiendo su dolor como mío. Y lloré por nosotros. Por lo que nos habíamos convertido. Porque habíamos aprendido a mirar hacia otro lado, a cruzar la calle, a poner excusas. ¿Tan malos éramos?, ¿tan vacíos?, que habíamos dejado de sentir amor por nadie más que por nosotros mismos. Y lo peor no era nuestra maldad, sino que nos habíamos acostumbrado a ella.