La vida es lo más importante, cumplir un destino. Pero ¿qué es la vida en realidad? Naces, creces y mueres.
Así surgió. En una caja de cartón, bajo la lluvia, se encontraba una animalita y de pronto se oyeron chillidos que ella cubría con su cuerpo. La lluvia era muy fuerte, de esas lluvias con truenos. La gente se cubría bajo los techos y paraguas, las calles inundadas del Distrito Federal en el año 1980.
La perrita protegió a sus cachorritos de la lluvia y se quedó dormida. Eran 4 cachorritos, muy inquietos, pero uno de ellos trató de salir de la caja y cayó de panzazo afuera. Sus patitas regordetas, su mamá dormía y abajo estaban sus hermanos cubiertos del frío y la lluvia, pero esta bolita blanca con sus cuatro patitas regordetas ya no pudo meterse a la caja y se cayó panza para arriba en un charco. Se tropezaba al caminar en la banqueta. Dejó de llover. La gente caminaba y esquivaba a esas patitas regordetas. Se perdió.
En eso, un joven llevaba sus walkman puestos e iba en una bicicleta. Llegó a unas bodegas, las cortinas estaban cerradas, así que el joven de unos 19 años movía las cajas haciéndolas a un lado. Era delgado y de pronto la vio: era una perrita pug dormida, parecía muerta, pero respiraba, su pancita subía y bajaba. En eso vio unas patitas que salían de ella.
Se quitó los audífonos y los subió a la canastilla de su bicicleta, los cubrió con su bata de trabajo y manejó. Le decía que aguantara, que lo hiciera por sus cachorritos. Iba a toda velocidad y vio una veterinaria y se detuvo. Cargó a la perrita con sus cachorritos, que eran tres porque uno se salió de la caja. Gritaba si había alguien que atendiera. Lo vio la recepcionista y el joven dijo:
—Acabo de encontrar a esta perrita con sus cachorros en una caja y la traje para acá.
La recepcionista dijo que sí. Entró a un consultorio y estaba una joven, corrió a atenderlos. Le pidió que los dejara en la plancha para examinarlos.
—Son tus perritos —dijo la joven.
—No, no son míos, los encontré, pero ¿se salvará? La mamá estuvo lloviendo y se mojó —dijo el joven.
—Sus cachorros están bien. Ayúdame, ahí hay leche para ellos. Ahorita voy a examinar a su mamá y a ponerle suero. Sus latidos son débiles, se debe quedar a observación —dijo la joven.
—¿Y sus cachorritos? —dijo el joven.
—Por este día se quedarán, pero mañana yo no puedo quedarme con ellos. Vas a tener que venir por ellos o los daré en adopción.
—No, no haga eso. Ella estará bien por sus cachorros —dijo el joven.
—Lo sé. ¿Tu nombre? Para que mañana vengas por ellos —dijo la veterinaria.
—Mi nombre es Edgar.
—Mi nombre es Elisa, para que vengas mañana y preguntes por mí, para que haga entrega de los cachorros.
Se fue el joven en su bicicleta a su trabajo. La perrita pug estaba con oxígeno y acostada, mientras los cachorritos lloraban por su mamá y les daban leche. Los envolvieron en cobijas y en una jaulita.