Sería idílico pensar que la historia de nuestras vidas comienza desde que nacemos, que cada uno construye su propio camino y que nada puede quebrantarlo. Pero no es así. Al menos, mi historia comienza antes.
Mi abuela Ñaña, exesposa de mi abuelo Óscar, lo dejó debido a su falta de compromiso y a sus infidelidades. Después de la separación, decidió irse a vivir a Chiloé junto a su hija menor. Por su parte, mi abuelo se trasladó a Talca, donde inició una relación con una mujer que había conocido en un prostíbulo, con quien posteriormente tuvo dos hijos.
Con el tiempo entendí que estas decisiones no solo marcaron sus vidas, sino también la de quienes vinieron después.
Por el lado de mi papá, la historia no era muy distinta. Su familia estaba compuesta por tres hermanas y tres hermanos, aunque no todos compartían el mismo padre. Su madre, Ana, mi abuela, sostuvo durante años la esperanza de que algún hombre pudiera amarla, aceptarla junto a sus hijos y formar una familia. Sin embargo, cada vez que lo intentó, fue abandonada. Esa repetición trajo consigo pobreza, inestabilidad y una historia atravesada por el abandono, la negligencia y situaciones de abuso que nunca se resolvieron del todo.
Mi mamá creció en una familia acomodada, donde nunca faltó nada. Había estabilidad económica y una estructura familiar que, en apariencia, funcionaba. Sin embargo, todo cambió cuando mis abuelos se separaron. A partir de ese momento, esa estabilidad dejó de ser la misma.
Con el tiempo entendí que esa ruptura no fue solo un quiebre familiar, sino también emocional. Mi mamá comenzó a construir su vida desde otro lugar, marcada por esa ausencia. En ese proceso, empezó a buscar afecto y contención fuera de su casa.
Fue en ese contexto que conoció a mi papá.
Mis padres se conocieron el 6 de octubre de 1984, durante el bombazo ocurrido en la iglesia Fátima de Punta Arenas. En medio de ese contexto, participaron en un juego típico de la época: el “siete besitos, chevé chevé”. Fue ahí donde comenzó todo, con un beso propio de la edad.
Mi mamá venía de una realidad distinta. Había crecido con ciertas comodidades —como tener bicicletas Caloi, que en ese tiempo eran muy populares— y con una vida más estable. Mi papá, en cambio, creció en la pobreza. Desde niño tuvo que trabajar y aprender a arreglárselas con poco.
Aun así, se enamoraron.
Visto con distancia, no fue solo una diferencia económica. Fue el encuentro de dos formas completamente distintas de entender la vida: una que venía de una estabilidad que se había quebrado, y otra que nunca había existido.
Mi mamá tenía 17 años y mi papá 18 cuando comenzaron a vivir juntos. Se habían conocido y enamorado siendo muy jóvenes, prácticamente adolescentes. Al poco tiempo, mi mamá quedó embarazada. Hoy, al mirarlo con distancia, resulta evidente que estaban asumiendo responsabilidades para las que nadie los había preparado.
Mi mamá se fue a vivir con mi papá. La familia de él tenía una situación económica muy precaria. Mi papá había comenzado a trabajar a los ocho años en una panadería y no continuó sus estudios. Con el tiempo, su madre dejó de insistir. Trabajar no era una opción, sino una necesidad para poder alimentarse y aportar dentro de una familia compuesta por seis hermanos.
Fue en ese contexto que mis padres lograron encontrar un espacio donde formar su familia, en una pampa en la ciudad de Punta Arenas, Chile.
En ese entonces, el entorno era muy distinto al actual. Había áreas verdes y los vecinos todavía sembraban su propia comida, mientras el sol frío se asomaba sobre el paisaje. Existía cercanía entre ellos: conversaban, compartían y comentaban su día a día con naturalidad. Con el tiempo entendí que esa aparente tranquilidad no significaba necesariamente que todo estuviera bien; muchas cosas simplemente no se hablaban.
El terreno pertenecía a mi abuelo Óscar, quien luego se lo heredó a mi mamá, Edith. En ese lugar vivía un hombre al que todos conocían como Moyo. Algunas personas decían que tenía buen corazón, pero también se comentaba que tenía comportamientos inapropiados, ya que solía observar a mujeres jóvenes. En ese entonces, esas actitudes se normalizaban o se dejaban pasar. Nunca formó una familia. Cuando mis padres llegaron a vivir ahí, él tuvo que irse a otra casa, aunque seguía visitando el lugar con frecuencia.
Ahí se terminó de configurar el escenario en el que crecería.
Ese fue el inicio de una vida determinada por otros. Yo no elegí el punto de partida, pero con el tiempo tuve que hacerme cargo de quién iba a ser.