El aroma a incienso y cera derretida llenaba la majestuosa iglesia barroca. Era una mañana soleada, perfecta para el doble festejo de Samir: su bautizo y su primer año de vida. Sin embargo, en la primera fila, junto a la pila bautismal de mármol, el ambiente no era precisamente místico.
Georgia llevaba un vestido sastre de un tono verde esmeralda impecable, el cabello recogido en un moño elegante y una sonrisa ensayada que no le llegaba a los ojos. A su lado, a una distancia peligrosamente cercana, Hugo lucía dolorosamente atractivo con un traje gris hecho a la medida. Parecían la estampa de los padrinos perfectos, dignos de una revista de sociedad, si no fuera porque se estaban matando con la mirada cada vez que el sacerdote parpadeaba.
—Hermanos, nos reunimos hoy para recibir a este niño en la fe… —pronunciaba el cura con voz parsimoniosa.
Aprovechando el eco de los cantos eclesiásticos, Hugo se inclinó ligeramente hacia Georgia, sin perder la postura recta y piadosa.
—Te pusiste tanto perfume que vas a ahogar al niño, Georgia —le susurró con saña, manteniendo los ojos fijos en el altar—. Además, ese color verde te hace ver más bruja de lo normal. Solo te falta la escoba.
Georgia no se inmutó. Mantuvo la vista al frente, con las manos entrelazadas con devoción, pero estiró delicadamente su pierna derecha. Con la precisión de un cirujano y la fuerza de un futbolista, plantó el tacón de aguja de su zapato justo sobre el empeine de Hugo.
Hugo ahogó un grito que amenazó con convertirse en un insulto pagano. El rostro se le puso rojo y se le tensó la mandíbula, pero se obligó a sonreír cuando Mar lo miró con ternura desde el otro lado de la pila.
—Si me rompes el zapato, te juro que te ahogo en el agua bendita —siseó él entre dientes, balanceándose sutilmente para liberar su pie sin llamar la atención.
—Cállate y sostén el cirio, adoquín —respondió ella en el mismo tono inaudible—. Y reza para que tus pecados no hagan que se caiga el techo del templo.
Cuando llegó el momento cumbre, ambos tuvieron que dar un paso al frente y prácticamente pegarse hombro con hombro sobre la pila bautismal. La cercanía física era una tortura psicológica. Hugo sentía el calor que emanaba del cuerpo de Georgia, y ella, muy a su pesar, tuvo que admitir internamente que el maldito perfume de él olía jodidamente bien. Mientras el agua bendita caía sobre la cabecita de Samir, el bebé soltó una risita y estiró sus pequeñas manos, agarrando un mechón suelto del cabello de Georgia y, al mismo tiempo, la corbata de Hugo, obligándolos a inclinar las cabezas hasta que sus frentes casi se tocaron.
—Míranos, el dúo dinámico —ironizó Hugo, atrapado a milímetros de sus labios.
—Suéltame con los ojos, Hugo —susurró ella, sintiendo un extraño vuelco en el estómago que atribuyó al ayuno matutino.
Una vez terminada la ceremonia, la tensión religiosa se trasladó al fastuoso salón de eventos. Los Alcántara y los Sandoval no habían escatimado en gastos: un mar de globos dorados y blancos flotaba en el techo, mesas imperiales repletas de arreglos florales y una mesa de postres que parecía sacada de un cuento de hadas.
La tregua, si es que alguna vez existió, se rompió oficialmente cuando llegó la hora de colocar los regalos en la mesa principal. Georgia llegó escoltada por dos meseros que cargaban una enorme caja envuelta en papel de seda italiano.
—Para mi príncipe hermoso —anunció Georgia con voz melodiosa, asegurándose de que Hugo la escuchara—. El último modelo de cochecito electrónico a escala, importado de Alemania, con asientos de cuero real y control parental de alta tecnología. El mejor regalo, obviamente.
Hugo soltó una carcajada seca y dio un paso al frente, haciendo una señal con la mano. Tres hombres de la empresa de entregas entraron cargando algo cubierto por una manta roja. Al quitarla, revelaron una miniatura perfecta de una casa de árbol modular para interiores, hecha de madera de roble sostenible, con resbaladilla y un área de estimulación temprana.
—Por favor, Georgia, un coche se devalúa en cuanto sale de la caja —se burló Hugo, cruzándose de brazos con suficiencia—. Yo le regalé una experiencia de desarrollo cognitivo y motriz. Mi regalo aplasta al tuyo por completo.
—¿Una casa de roble para un niño de un año? Eres un exagerado, Hugo. Solo quieres compensar que no tienes imaginación.
—Y tú solo quieres comprar su amor porque sabes que tu personalidad lo va a traumar cuando crezca.
Mar y Samuel rodaban los ojos. Samir miraba los dos enormes regalos con los ojos abiertos de par en par, alternando la vista entre la caja alemana y la madera de roble, completamente abrumado por la megalomanía de sus padrinos.
La tarde avanzó entre copas de champaña, risas de los invitados y una tregua armada. Todo iba relativamente bien hasta que el animador del evento tomó el micrófono.
—¡Y ahora, para encender la pista antes de cantar el cumpleaños, un juego para los padrinos de la noche! —gritó el hombre con entusiasmo—. ¡Un baile de resistencia! Papás, por favor, pónganle el ejemplo.
Los invitados comenzaron a aplaudir y a corear sus nombres. Georgia se quedó helada, con la copa de vino a mitad de camino a su boca. Hugo maldijo en voz baja. Intentaron retroceder, pero Samuel los empujó amablemente hacia el centro de la pista, mientras Mar les dedicaba una mirada que decía claramente: "Si se niegan, los mato".
La música cambió a un tango moderno, lento, sensual y demandante.
Hugo suspiró, dio un paso al frente y, rompiendo el espacio personal de Georgia, le rodeó la cintura con una mano firme. Ella ahogó un jadeo y colocó su mano sobre el hombro de él, mientras entrelazaban las otras dos en la clásica postura de baile.
—Si me pisas a propósito aquí, juro que te cargo y te tiro a la fuente del jardín —advirtió Hugo, guiándola con una seguridad que ella no esperaba.
—Inténtalo y experimentarás lo que es una demanda por agresión, Belmonte —replicó ella, arqueando las cejas.
Editado: 31.05.2026