La paz en la casa de campo duró exactamente lo que tarda un automóvil de lujo en devorar el camino empedrado de la entrada. El rugido de un motor interrumpió el silencio de la tarde, haciendo que Georgia y Hugo se tensaran al unísono. Samir dio un pequeño brinco en el sofá, pero afortunadamente no se despertó.
A través del ventanal, vieron descender a un hombre de traje impecable, cuya sola presencia parecía marchitar las flores del jardín. Era Humberto, el tío de Samuel.
—Hablando del rey de Roma… y el diablo que se asoma —murmuró Hugo, levantándose del suelo con la mandíbula apretada.
—Dios, qué tipo tan desagradable —susurró Georgia, acomodándose la ropa y recuperando instantáneamente su postura de milady—. Me da una mala espina que me recorre la columna.
—Por primera vez en el día, coincido contigo. Ese sujeto sonríe como si estuviera calculando el precio de tus órganos en el mercado negro. Alístate, bruja. Hay que sacarlo de aquí.
La puerta principal se abrió sin que nadie la tocara, denotando la tremenda arrogancia del visitante. Humberto entró con paso firme, paseando su mirada fría por la estancia hasta fijarla en los dos jóvenes y, finalmente, en el bebé dormido.
—Vaya, vaya. Pero si son los flamantes padrinos —dijo Humberto, con una sonrisa ensayada que no lograba ocultar la hostilidad de sus ojos—. ¿Dónde están mi sobrino Samuel y su… esposa?
Georgia dio un paso al frente, cruzándose de brazos y regalándole una sonrisa cargada de un veneno exquisito.
—Ay, Don Humberto, qué lástima. Se acaban de ir al pueblo a comprar repelente para alimañas. Si lo hubiéramos sabido antes, les decíamos que compraran el doble, a ver si así logramos fumigar la zona.
Humberto entrecerró los ojos, pero mantuvo la compostura.
—Vine a ver a mi sobrino por asuntos de la empresa Alcántara. Asuntos que ustedes, simples empleados y amigos de fin de semana, no comprenderían.
Hugo soltó una carcajada seca, metiendo las manos en los bolsillos y colocándose al lado de Georgia, formando un frente unido que destilaba un sarcasmo corrosivo.
—Comprender qué, ¿tío? ¿Cómo usar fijador de cabello barato o cómo interrumpir tardes familiares sin invitación? —soltó Hugo con fingida ingenuidad—. Si busca a Samuel para hablar de negocios, le sugiero que le envíe un correo electrónico. Aunque entiendo que a su edad las computadoras son tecnología alienígena.
—Mide tus palabras, muchacho —siseó Humberto, dando un paso hacia el sofá donde estaba el bebé.
Georgia se interpuso en su camino de inmediato, con los ojos echando chispas.
—No dé un paso más. El niño está durmiendo y tiene un radar especial para la mala vibra. No queremos que despierte llorando por una pesadilla corporativa. Además, qué curioso que venga hasta acá en sábado. ¿Su vida social es tan emocionante como un balance contable?
—Son un par de impertinentes —reprochó el hombre, perdiendo poco a poco la paciencia ante el bombardeo simétrico de la pareja.
—Y usted es un monumento a la inoportunidad —remató Hugo con una reverencia burlona—. Pero no se preocupe, le daremos sus saludos a Samuel. Le diremos que vino a visitarnos su pariente más gris. Puede retirarse con cuidado, no se vaya a tropezar con su propio ego al salir.
Humberto, visiblemente alterado y con la vena de la frente a punto de estallar por el descaro de ambos, bufó con indignación. Sabiendo que no ganaría esa guerra de lenguas afiladas, dio media vuelta y salió de la casa, azotando la puerta.
Georgia y Hugo soltaron un suspiro contenido. Se miraron por un segundo, compartiendo una extraña complicidad salvaje.
—Estuviste bien con lo del repelente —admitió Hugo, asintiendo.
—Tu golpe sobre su edad fue magistral, adoquín —devolvió ella con una media sonrisa.
Media hora más tarde, Mar y Samuel regresaron cargados de bolsas y con rostros radiantes. Al ver a Samir despierto, tranquilo y limpio, Mar soltó las bolsas y corrió a abrazar a sus amigos.
—¡Lo lograron! ¡Están vivos y el bebé también! —exclamó Mar, abrazando a Georgia y luego a Hugo con genuina felicidad. Samuel estrechó la mano de su amigo, profundamente agradecido.
—Todo estuvo bajo control, Mar —dijo Georgia, restándole importancia mientras se acomodaba un mechón de cabello—. Aunque tuvimos una visita. Tu tío Humberto estuvo aquí.
El ambiente se congeló. Samuel se tensó de inmediato, perdiendo la sonrisa. Miró a Hugo con fijeza.
—¿Humberto? ¿Qué quería? ¿Qué les dijo? —preguntó Samuel, con un deje de ansiedad en la voz que no pasó desapercibido para los protagonistas.
—No tenemos idea, hermano —respondió Hugo, adoptando un tono más serio—. Llegó con su típica actitud de dueño del mundo preguntando por ti. Pero Georgia y yo nos dedicamos a lloverle encima con tanto sarcasmo y bromas pesadas que el tipo no aguantó ni diez minutos. Se fue echando humo.
Samuel intercambió una mirada preocupada con Mar, pero intentó disimular forzando una sonrisa. —Gracias. De verdad. Se merecen una medalla. Quédense a cenar, por favor. Abramos una botella de vino y celebremos que sobrevivieron a la pañalera.
—Me encantaría, Mar —intervino Georgia, tomando su bolso—, pero mañana tengo que estar temprano en la oficina. Tenemos la auditoría trimestral.
—Yo también paso, Sam —secundó Hugo—. Hay que revisar los informes de logística a primera hora. No porque ustedes sean nuestros jefes significa que vayamos a ser unos irresponsables. Hay que dar el ejemplo.
Tras una tanda de despedidas y besos al pequeño Samir, los padrinos salieron de la casa de campo. El sol ya se había ocultado, dejando el cielo teñido de un azul oscuro y frío. Como habían llegado juntos por el engaño de sus amigos, no les quedó más remedio que marcharse en el auto de Hugo.
El viaje de regreso a la ciudad comenzó en un silencio sepulcral, roto únicamente por el zumbido de los neumáticos contra el asfalto de la carretera. Hugo conducía con la vista fija en el frente, mientras Georgia miraba de reojo el paisaje oscuro a través de la ventana.
Editado: 31.05.2026