Capitulo 1
Fiestas nacionales, que las hay y de todo tipo, encuentran cualquier argumento válido para transformarse en un acontecimiento popular.
El durazno, el salame quintero y hasta la corvina negra evocan celebraciones que alcanzan la connotación de fiesta nacional.
Cada 10 de octubre, en el Partido de la Costa, se celebra la Fiesta Nacional de la Corvina Negra.
Aquella fue mi primera participación en un torneo de pesca cuyo objetivo era simple: capturar la pieza de mayor tamaño y convertirme en acreedor de un premio importante.
La naturaleza también juega su parte.
El reglamento era claro: pieza de mayor tamaño, sin un estándar mínimo requerido.
En esa ocasión, el ganador obtuvo una corvina de apenas diecinueve centímetros.
Algo inaudito.
Una captura relativamente pequeña comparada con las de festivales anteriores.
Finalizados los festejos, emprendí el regreso hacia la Ciudad de Buenos Aires, donde arribé después de manejar más de tres horas por la ruta.
El reloj marcaba las seis de la tarde cuando apareció mi tío con una de esas propuestas tan propias de él.
—Vos me dijiste que querías acompañarme cuando hiciera algún viaje.
—Sí, por supuesto. Avisame y te acompaño.
—Dale, vamos. Acompañame.
—¿Adónde querés ir?
—Me voy de viaje.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. Prepará algo de ropa y te espero afuera. No te demores.
Me quedé sentado unos segundos, tratando de procesar lo que estaba sucediendo.
Sin pensarlo demasiado, tomé una mochila, algo de abrigo y salí rumbo a un destino que desconocía por completo.
Nos subimos al auto.
Manejaba él.
Algo que resultaba casi imposible de discutirle.
Y, pensándolo bien, era lo indicado. Mi cuerpo todavía conservaba el desgaste de los trescientos kilómetros recorridos aquella misma mañana.
Tomamos la Ruta 7, también conocida como Acceso Oeste.
Las luces de Buenos Aires comenzaron a quedar atrás mientras la noche avanzaba lentamente sobre el asfalto.
Al llegar a Luján conectamos con la Ruta 5, una de las arterias más importantes del centro de la provincia de Buenos Aires.
Mercedes.
Chivilcoy.
Los pueblos aparecían y desaparecían detrás de los vidrios como estaciones silenciosas de un viaje improvisado.
Con el correr de las horas, la densidad urbana comenzó a diluirse.
La ruta se volvió más oscura.
Más extensa.
Más vacía.
Atravesamos gran parte de la provincia hasta llegar a Catriló, una pequeña ciudad de La Pampa.
Nos detuvimos en una estación de servicio para cargar combustible.
El aire frío golpeó apenas bajamos del auto.
La playa estaba casi desierta.
Solo se escuchaba el zumbido de los surtidores, el ruido metálico de algún camión detenido y el silbido constante del viento atravesando la llanura.
Entramos al minimercado y compramos unos bizcochos para acompañar el mate.
Mientras mi tío pagaba, observé por la ventana la inmensidad oscura que rodeaba la estación.
La Pampa parecía no terminar nunca.
Una línea recta interminable donde el horizonte desaparecía absorbido por la noche.
Reanudamos el viaje.
Con el paso de los kilómetros, la ruta comenzó a transformarse en una monotonía hipnótica.
Sin curvas.
Sin desniveles.
Sin puentes.
Solo una cinta negra extendiéndose hacia adelante como si atravesara un territorio detenido en el tiempo.
Fue entonces cuando apareció el primer cartel.
“NO SE DUERMA. PARE Y DESCANSE.”
Lo observé apenas unos segundos antes de dejarlo atrás.
No era habitual encontrar mensajes tan directos en la ruta.
Minutos después apareció otro.
“NO INSISTA. PARE Y DESCANSE.”
Esta vez el cartel quedó grabado en mi cabeza.
La oscuridad se había vuelto más pesada.
El silencio dentro del auto comenzaba a mezclarse con el sonido constante del motor y el roce de los neumáticos sobre el asfalto.
Mi tío seguía manejando en absoluto silencio, con la vista fija al frente.
Sin decir demasiado, terminamos deteniéndonos en un pequeño hotel de pasajeros al costado de la ruta, perdido en medio de un pueblo casi invisible.
Un hotel así puede ser testigo de innumerables historias.
Camioneros atravesando el país.
Parejas escapando de algo.
Viajantes agotados.
Personas que solo necesitan dormir unas horas antes de seguir adelante.
El cansancio no nos permitió ser selectivos.
Aunque apenas alcanzara la categoría de una estrella, resultaba suficiente para descansar y continuar viaje al amanecer.
El recepcionista, simpático, carismático y excesivamente amable, nos comentó que el hotel llevaba más de treinta años funcionando al borde de la ruta.
Después de una breve charla y de terminar el check-in, tomé la llave y me dirigí hacia la habitación.
El cansancio no me daba demasiadas opciones.
Aunque…
Las opciones terminaron viniendo hacia mí.