Existen viajes que comienzan mucho antes de girar una llave o poner un vehículo en marcha.
A veces nacen de una conversación inesperada.
De una decisión impulsiva.
O simplemente de esa extraña necesidad de abandonar momentáneamente todo aquello que parece conocido.
Siempre creí que los caminos poseen memoria.
No hablo únicamente del asfalto, de las rutas o de los kilómetros.
Hablo de las historias que transitan sobre ellos.
Personas que huyen.
Personas que buscan.
Personas que regresan.
Y otras que, sin saberlo, terminan encontrándose a sí mismas en medio de algún sitio perdido.
Cada pueblo conserva sus propios silencios.
Sus códigos.
Sus leyendas.
Sus heridas.
Algunos lugares parecen permanecer intactos ante el paso del tiempo.
Otros, en cambio, cargan con algo difícil de explicar.
Como si determinados acontecimientos jamás hubiesen abandonado por completo ese espacio.
Este viaje no nació con la intención de encontrar respuestas.
Ni siquiera tenía un destino verdaderamente definido.
Solo fue una decisión tomada de manera repentina.
Un impulso.
Pero con el correr de los kilómetros comprendí algo.
Los caminos nunca muestran únicamente paisajes.
También revelan personas.
Costumbres.
Ausencias.
Y aspectos de uno mismo que muchas veces permanecen ocultos detrás de la rutina.
Quizás por eso algunos viajes terminan dejando marcas imposibles de borrar.
Porque hay rutas que no solo conectan ciudades.
También unen aguas.