Capitulo 2
Al entrar a la habitación apoyé la mochila junto a la cama y me quité los zapatos.
El silencio del lugar era absoluto.
Ni televisores.
Ni voces.
Ni movimiento.
Solo el zumbido lejano de un tubo fluorescente que parpadeaba en el pasillo.
Fue entonces cuando golpearon la puerta.
—Sí… ¿quién es?
—Disculpe, señor Manuel. Soy yo… Don Julio.
Abrí la puerta.
Don Julio seguía vestido exactamente igual que hacía unos minutos en la recepción.
La misma sonrisa cordial.
La misma mirada difícil de interpretar.
—Dígame, Don Julio. ¿Ocurrió algo?
—No, no… nada importante. Solo faltaría firmar el ingreso en el libro del hotel. Si puede acercarse a la recepción…
—Sí, cómo no.
Me quedé observándolo unos segundos.
—¿Pasó algo?
—No, no… quédese tranquilo.
Regresé a la habitación, me puse nuevamente los zapatos y salí al pasillo preguntándome algo bastante lógico.
“¿Acaso no tienen teléfono?”
Mientras caminaba hacia la recepción, la sensación de rareza comenzó a crecer lentamente.
Cuando llegué, Don Julio estaba sentado detrás del mostrador junto a un parroquiano que observaba detenidamente una especie de álbum de fotos.
—Acá estoy, Don Julio. ¿Dónde tengo que firmar?
—Sí… ya te digo. Pero antes quiero mostrarte algo.
Tomó el álbum y comenzó a pasar fotografías.
—Mirá… ella es Claudia. ¿No te parece una morocha hermosa?
No respondí.
—Y esta es Laura. Mirá qué simpática es Laurita.
Seguía en silencio.
Don Julio pasó otra hoja con entusiasmo.
—Ah… esta es una de mis preferidas. Mariela. Tiene cuerpo de atleta.
La incomodidad comenzaba a hacerse evidente.
—Don Julio… ¿dónde tengo que firmar?
—Pará, Manuel. Un segundo más. Mirá… ellas son Lucía y Lorena. Hermanas mellizas. ¿No son un encanto?
Insistía una y otra vez en que observara las fotografías.
La situación era extraña.
Bizarra.
No lograba entender por qué describía a sus sobrinas de una forma tan explícita ni por qué parecía necesitar mi aprobación.
Sentí vergüenza ajena.
—Disculpeme, Don Julio. Estoy cansado. Mañana seguimos hablando.
Entonces sonrió apenas y cerró lentamente el álbum.
—Por eso fui a buscarte a la habitación… Qué mejor para un descanso reconfortante que la compañía de alguna de mis sobrinas.
Lo miré confundido.
—Perdón… no entiendo.
—Si querés, las llamo por teléfono. Pueden venir a hacerte compañía. Te van a gustar… son muy atentas.
Hizo una breve pausa antes de agregar:
—Son mis sobrinas.
Aquella aclaración terminó de volver incómoda toda la conversación.
—Sigo sin entenderlo, Don Julio. Mañana nos vemos. Gracias por todo, pero necesito descansar.
Don Julio levantó apenas los hombros.
—Como usted diga, Manuel.
Me di media vuelta y comencé a caminar hacia el pasillo.
Antes de subir las escaleras escuché su voz una vez más.
—Usted no sabe lo que se pierde…
Sonreí apenas, sin mirar atrás.
—Y usted no sabe lo que yo gano.