Capitulo 3
Apenas comenzaban a asomarse los primeros rayos del sol cuando retomamos el viaje.
El descanso de unas pocas horas había sido suficiente para continuar, aunque todavía permanecía esa sensación de incertidumbre propia de quien avanza sin saber qué le espera en los próximos kilómetros.
Con el correr de la mañana, el paisaje comenzó a transformarse.
La ruta se volvió inhóspita.
Desolada.
Monótona.
El sol empezaba a cobrar protagonismo sobre una inmensidad árida donde el horizonte parecía no terminar nunca.
A los costados del camino podían observarse arbustos secos y enroscados que el viento arrastraba lentamente de un lado a otro como pequeñas esferas errantes atravesando el desierto.
Pero entre toda aquella uniformidad opaca, algo destacaba de inmediato.
Los restos óseos de animales dispersos sobre la tierra.
Blancos.
Impecables.
Sin matices.
Como si el tiempo hubiese decidido borrar todo excepto la estructura que alguna vez sostuvo la vida.
Le pedí a mi tío que detuviera el vehículo.
Descendí y caminé lentamente hacia uno de los esqueletos que descansaban a pocos metros de la ruta.
Al acercarme pude observar que se trataba de la estructura casi completa de un toro.
El tamaño de sus cornamentas daba la sensación de haber pertenecido a un animal adulto, fuerte, imponente.
Me agaché lentamente junto a los restos y tomé el cráneo entre mis manos.
La superficie áspera y desgastada conservaba intacta una presencia difícil de explicar.
Al incorporarme, lo elevé hasta la altura de mis ojos.
Lo observé.
Y, en cierto modo, sentí que él también me observaba a mí.
Su mirada vacía transmitía algo extraño.
Frío.
Inmóvil.
Como si todavía permaneciera allí una mínima huella de aquello que alguna vez habitó ese cuerpo.
Permanecí algunos segundos en silencio.
Después devolví el cráneo a su lugar.
Fue entonces cuando comprendí la extraña paciencia con la que aquel esqueleto parecía esperar.
No sabía a quién.
Quizás a nadie.
Quizás solamente a algún curioso que se acercara a hacerle compañía durante unos minutos antes de continuar viaje.
Me alejé lentamente sin mirar atrás.
El horizonte seguía inmenso.
Vacío.
Silencioso.
Y aunque continué caminando, acepté que allí, entre la tierra seca y el viento, todavía permanecía aquello que el toro había perdido.