Capitulo 4
Los carteles informaban cuántos kilómetros nos separaban de .
Una pequeña ciudad ubicada en el corazón del Alto Valle de Río Negro.
El río principal atravesaba el pueblo de lado a lado, otorgándole identidad a una región que debía su nombre a las esclusas y compuertas instaladas a lo largo de su cauce.
Conversando con un paisano comencé a interiorizarme sobre la historia y la cultura de aquel particular lugar.
Un mito.
Y con él, la decisión de dejarlo ser… o ignorarlo.
Yo no podía ignorar algo que formaba parte de la identidad de un pueblo.
Según contaba la gente del lugar, por esos pagos se había llevado adelante una especie de cacería de brujas, motivo suficiente para que con el tiempo Cinco Saltos también adoptara el nombre de “El Bajo Negro”.
“El sitio donde no da el sol.”
Tristemente célebre debido a una de las batallas más sangrientas libradas durante la campaña al desierto.
No había dramatismo en las palabras del paisano.
Las contaba con naturalidad.
Como si el tiempo hubiese transformado aquella tragedia en una parte más del paisaje.
Me despedí del atento vecino y dejé atrás aquel particular pueblo para volver a internarme en la ruta.
Poco a poco el paisaje comenzó a cambiar.
Un elegante cordón de álamos bordeaba el camino mientras la desolación quedaba atrás para introducirnos en uno de los territorios más fértiles del Alto Valle.
Aquellos álamos cumplían una función vital: proteger las plantaciones de los fuertes vientos que azotaban la región.
Había algo en aquel lugar que despertaba inevitablemente mis ganas de explorar.
Descubrir los secretos ocultos entre las chacras y los caminos rurales.
Tomamos un desvío de tierra y, a ambos lados del camino, comenzaron a aparecer interminables filas de manzanos cargados de fruta.
Era imposible resistirse.
Elegí una de las manzanas, la froté contra mi remera y, al morderla, el jugo dulce y fresco invadió inmediatamente mi boca.
Más adelante aparecieron plantaciones de peras que todavía no habían alcanzado su maduración completa.
Al final del camino podía observarse un enorme galpón rodeado de maquinarias agrícolas.
O al menos eso creí.
Al acercarme descubrí que en realidad se trataba de una inmensa cámara frigorífica.
El interior permanecía completamente vacío.
Y, al mismo tiempo, lleno.
El aroma de las manzanas seguía suspendido en el aire como una presencia invisible impregnada entre las paredes metálicas.
Continuamos viaje hasta llegar a una extensa y robusta estructura de hierro que atravesaba el imponente .
No pude evitar detenerme.
Me senté sobre uno de los márgenes del caudaloso río que descendía desde las altas cumbres cordilleranas.
El sonido del agua desplazándose con fuerza transmitía una sensación difícil de explicar.
Parecía avanzar impulsada por una necesidad inevitable.
La necesidad de seguir su curso.
De abandonar sus márgenes.
De alcanzar ese sitio donde lo dulce y lo salado terminan uniéndose.
Aquel lugar donde el río deja de ser río para fundirse finalmente con la inmensidad del mar.
Mientras observaba el agua correr sin descanso, una pregunta comenzó a instalarse lentamente en mi mente.
¿Qué nos tendría preparado el destino en los próximos kilómetros?
¿Qué nuevos escenarios aguardaban la llegada de nuestro espíritu aventurero?