Capitulo 6
El cruce de la cordillera se convierte en una experiencia imposible de explicar por completo.
La nieve resiste todavía el avance de la primavera aferrada a las laderas de esas paredes eternas. La luz del sol se refleja sobre las montañas y transforma la roca en una mezcla cambiante de colores, sombras y destellos.
Los caminos sinuosos serpentean entre precipicios y pendientes imposibles mientras el paisaje obliga al silencio.
La cordillera no necesita imponerse.
Su inmensidad habla sola.
Y entonces, de manera abrupta, aparece la frontera.
Barreras.
Cabinas.
Papeles.
Sellos.
La burocracia intentando alterar la hegemonía de un paisaje que existe desde muchísimo antes que el hombre decidiera dividir la tierra con líneas imaginarias.
El control fronterizo me devuelve de golpe a la realidad.
Pero del otro lado todo cambia.
La lluvia favorece la vegetación y suaviza la rigidez de la roca. Las laderas comienzan a cubrirse de flores coloridas y de un verde intenso que parece extenderse sin límites.
La montaña deja de sentirse áspera.
Se vuelve viva.
Como un ovillo de hilo que se deshilvana lentamente, continuamos descendiendo por los caminos cordilleranos hasta encontrarnos con el primer pueblo chileno que se presta a recibirnos.