Unir Aguas

7. La Voz Entre La Bruma

Capitulo 7

Cada vez nos encontrábamos más lejos de nuestro punto de partida. Sin embargo, esa distancia no hacía más que magnificar la inmensidad del paisaje.

La cordillera de los Andes se desplegaba frente a nosotros cubierta por un interminable manto de coníferas, mientras serpenteantes arroyos descendían desde las cumbres llevando sus aguas hacia los valles.

Así nos dio la bienvenida la ciudad de Osorno.

Era una ciudad de características particulares, donde el patrimonio histórico y cultural convivía con una arquitectura influenciada por el estilo europeo. Incluso su nombre escondía una historia que merecía ser conocida.

La historia se hacía presente con un relato que se remontaba a 1558, cuando el gobernador García Hurtado de Mendoza bautizó oficialmente a la ciudad con el nombre de Osorno, en homenaje a la localidad española del mismo nombre, situada en la provincia de Palencia.

Pero antes de desviarnos demasiado del camino, volvamos a lo que nos había traído hasta aquí.

Retomamos la Carretera 5, también conocida como la Ruta Panamericana, continuando nuestro viaje hacia el sur.

Atravesamos Frutillar, luego Puerto Varas, hasta llegar a Puerto Montt. Había algo singular en aquella ciudad.

Sus calles transmitían una sensación difícil de describir, como si conservaran intacto el espíritu de quienes las habían construido.

La noche ya había hecho su entrada.

Una caminata por las calles adoquinadas, apenas rociadas por la bruma, convertía el pavimento en un espejo donde se reflejaban las tenues luces de las farolas.

Por momentos tuve la sensación de estar recorriendo el barrio de La Boca. Las construcciones de Puerto Montt, con sus colores y su madera, despertaban en mí un recuerdo inesperado de aquella ribera porteña.

Entramos a cenar en un restaurante que, en realidad, había sido una casa de familia.

El amplio salón conservaba el calor de un hogar que, con el tiempo, se había transformado en un lugar donde recibir viajeros.

El cansancio comenzaba a reclamar una pausa. Habíamos recorrido cientos de kilómetros que pasaron casi inadvertidos, cautivados por la belleza del paisaje, hasta llegar a Pargua.

Allí terminaba el continente.

Frente a nosotros nos esperaba el ferry que nos conduciría hacia la isla de Chiloé.

La visibilidad era mínima.

Desde nuestra ubicación apenas se distinguía el puente de mando, completamente envuelto por la niebla.

La escena parecía salida de una historia de misterio o de terror.

Pero ese relato quedará para otra oportunidad.

El ferry llegó finalmente a la isla de Chiloé.

Al desembarcar, retomamos la Ruta 5 y continuamos rumbo al sur hasta llegar a Ancud.

A un costado de la carretera, un complejo de cabañas de madera nos ofreció el refugio perfecto para descansar después de una jornada inolvidable.

Fue esa noche, en la lejanía, cuando la nostalgia vino a mi encuentro.

Llevaba conmigo una pequeña radio a pilas. Comencé a recorrer lentamente el dial buscando alguna emisora local que me permitiera descubrir cómo era la vida de los habitantes de la isla, sus noticias, sus costumbres y sus voces cotidianas.

Pero ocurrió algo que jamás imaginé.

Entre el ruido característico de la amplitud modulada apareció una voz conocida.

Era Alejandro Dolina.

Alguna repetidora argentina había logrado atravesar la cordillera de los Andes y hacer llegar hasta aquella pequeña radio las palabras de La venganza será terrible.

La señal iba y venía, como si dudara entre quedarse o perderse definitivamente en la inmensidad de la noche.

Sin embargo, durante unos minutos fue suficiente para hacerme compañía en aquellas tierras lejanas.

Cerré los ojos.

Con ellos también se apagó la última luz que me mantenía despierto.

El silencio, la bruma, la noche cerrada, las cabañas de madera rústica y el sueño terminaron por hacerme prisionero.

Hay noches que no se olvidan.

No por lo extraordinario de lo ocurrido, sino porque, sin proponérselo, quedan para siempre habitando la memoria.




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