Capitulo 9
Un amanecer sin sol nos recibió en la isla de Chiloé.
Aunque permanecía oculto, su presencia se imponía lentamente sobre la niebla, que comenzaba a disiparse y dejaba al descubierto el camino recorrido durante los días anteriores.
Era tiempo de regresar.
Retornamos al continente y, nuevamente sobre la Ruta 5, comenzamos a viajar hacia el norte.
El inmenso océano Pacífico permanecía celosamente escondido. Solo permitía contemplar el oleaje rompiendo sobre las playas del sur chileno, como si quisiera despedirse sin mostrarse por completo.
La naturaleza volvía a demostrar su capacidad para crear contrastes. A nuestro paso aparecían volcanes, parques nacionales, bosques y ríos que acompañaban cada kilómetro del recorrido.
Atravesamos Santiago de Chile y, dejando atrás la Ruta 5, tomamos la carretera que nos conduciría hasta Los Andes, la última ciudad chilena antes de emprender el regreso hacia Argentina.
Una vez más, la cordillera nos esperaba.
Pero esta vez no la atravesábamos con la ansiedad de descubrir qué había del otro lado. Ahora la cruzábamos con la tranquilidad de quien había cumplido su objetivo.
El Paso Cristo Redentor nos abrió nuevamente las puertas de nuestro país.
Las nieves eternas del Aconcagua dominaban el paisaje desde lo más alto, recordándonos la inmensidad de la naturaleza frente a la pequeñez del hombre.
Después aparecieron las Cuevas, el Puente del Inca con sus inconfundibles tonos ocres, producto de las aguas minerales que durante siglos moldearon aquella formación natural.
Punta de Vacas, el valle de Uspallata, Potrerillos y las Termas de Cacheuta comenzaron a quedar atrás mientras descendíamos lentamente hacia Mendoza.
El Cordón del Plata lucía el resplandor de sus cumbres nevadas, como si quisiera regalarnos una última postal antes de abandonar definitivamente la cordillera.
Luján de Cuyo, Chacras de Coria y la ciudad de Mendoza anunciaban que el paisaje montañoso iba quedando atrás.
La interminable Ruta 7 continuó guiando nuestro regreso.
El terreno comenzó a transformarse.
La vegetación escaseaba, el paisaje se volvía cada vez más árido y el horizonte parecía no tener fin.
San Luis apareció casi sin darnos cuenta.
Después Villa Mercedes.
Cada cartel que dejábamos atrás nos acercaba un poco más al final del viaje.
Y fue entonces cuando apareció una sensación difícil de explicar.
Existía el deseo de llegar.
Pero también la decepción de comprender que la travesía estaba llegando a su fin.
Después de cinco días recorriendo caminos desconocidos, pueblos olvidados, ciudades, montañas, océanos e islas, volver significaba reencontrarse con la rutina.
La laguna La Picasa nos sorprendió con la ilusión de que la ruta flotaba sobre el agua.
Más adelante apareció Junín.
El tránsito comenzó a intensificarse.
La ciudad estaba cada vez más cerca.
El viaje, inevitablemente, se terminaba.
Durante unos segundos permanecí en silencio.
Fueron apenas unos instantes, pero alcanzaron para comprender la verdadera dimensión de lo que acabábamos de vivir.
Habíamos recorrido más de cinco mil kilómetros.
Atravesado una de las cadenas montañosas más imponentes del planeta.
Llegado hasta el océano Pacífico.
Cruzado hacia una isla.
Conocido pueblos y ciudades cuya existencia ignorábamos pocos días antes.
Entonces comprendí que el verdadero recuerdo no sería un paisaje, una fotografía o una ciudad en particular.
Sería el camino.
Porque, si el único propósito hubiese sido conocer el océano Pacífico, habría bastado con tomar un avión.
Pero este viaje nunca trató solamente de llegar.
Trató de recorrer.
De descubrir.
De aprender.
Y de comprender que el valor de un destino depende, muchas veces, del camino que elegimos para alcanzarlo.
Solo entonces entendí por qué aquella travesía merecía un nombre.
Unir aguas.