Unir Aguas

Epílogo

Hay viajes que terminan cuando se apaga el motor.

Otros continúan recorriendo silenciosamente la memoria durante años.

Creí que aquella travesía había finalizado el día en que regresé a Buenos Aires.

Sin embargo, estaba equivocado.

El verdadero viaje comenzó mucho después.

Cada vez que un mapa volvía a desplegarse frente a mis ojos, cada vez que recordaba una ruta, una ciudad, un puente o una montaña, descubría un detalle que durante el recorrido había pasado inadvertido.

Con el tiempo comprendí que no había viajado solamente para conocer el océano Pacífico.

Si ese hubiese sido el único propósito, un avión me habría llevado en pocas horas hasta la otra orilla.

Elegí el camino largo.

El que obliga a detenerse.

El que enseña.

El que transforma cada kilómetro en una experiencia.

Atravesé la cordillera de los Andes, crucé al Pacífico, llegué a una isla y regresé por un paso diferente.

Mucho después entendí que, sin proponérmelo, había repetido un gesto que la historia recuerda desde hace siglos: unir dos océanos separados por un continente.

No pretendí emular a los grandes exploradores.

Solo fui un viajero dispuesto a descubrir qué había detrás del siguiente horizonte.

Hoy sé que los destinos pueden olvidarse.

Los caminos, difícilmente.

Porque son ellos los que nos cambian.

Y quizá ese sea el verdadero sentido de viajar.

No llegar.

Sino regresar siendo alguien distinto del que un día decidió partir.




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