CAPITULO NUEVE
EL TRAIDOR HA SIDO DESENMASCARADO
−donde está su padre−, preguntó rápidamente volteando a ver la cara del hombre parado al lado de los dos
oficiales que lo custodiaban,
−no lo sabemos, lo deben tener también drogado y encerrado en algún lado, por orden del hermanastro
traidor −, le confesó explicando lo que había estado pasando con ellos,
−hasta hace tres días me han tenido sin comer, porque me negué hacerlo, me di cuenta de que me drogaban
para mantenerme inconsciente, por eso me hice la dormida y hoy vino la chica a quien el contrató para que
me suplantara en el banco para reclamar nuestra herencia, quiso darme las drogas de nuevo −, dijo con
cautela,
−disculpe señor Rivas −, volteo a mirar al notario, mientras él asentía,
−al señor Federico Rivas lo han estado obligando a darnos las drogas, pero él fue diluyendo la dosis hasta
eliminarlas casi por completo sin que se dieran cuenta los otros ayudantes, por eso me desperté sin el efecto
sedante, cuando llegó la joven que debía suplantarme en el banco, quiso inyectarme de nuevo pero les di
una paliza a ella y al que no custodiaba, los inyecté con las mismas jeringas que querían inyectarme las
drogas y los dejé dormidos y encerrado en la habitación donde me tenían encerrada a mí −, dijo mirando a la
cara al juez, que cada momento admiraba mas a la jovencita,
−el señor Rivas me explicó lo que estaba pasando y porque lo estaba ayudando, me informó de los
documento falsos que iban a entregar al banco, pero ya rescaté los verdaderos que tenía nuestro verdadero
padre −, dijo enseñándole los documentos verdaderos, luego lo colocó de nuevo dentro del bolso que tenía
colgado en su cuerpo,
−ahora que va a hacer señor juez, va a actuar como hombre de ley o va a dejar que ese hombre lo siga
manipulando−, dijo seria,
−oficiales, esposen a ese hombre y llamen para que venga refuerzos −, ordenó a los dos hombre parados al
lado del falso padre, pero ninguno se movió, solo se quedaron viendo a la cara al juez sin moverse, dudando
si debían obedecerle al hombre que tenían al lado,
−no oyeron lo que dije o acaso creen que este hombre los protegerá a ustedes, si es que acaso son
oficiales−, dijo con severidad mirando a los dos hombres que lo veían asustados y a punto de correr lejos
Seguidamente los dos oficiales se miraron entre ellos, esposaron a Antonio y luego salieron corriendo de la
oficina y luego de la casa, dejando al juez sorprendido de su traición, no solo al organismo al que pertenecían,
si no a él, al hombre que debía proteger, por lo que de inmediato llamó a su oficina para que enviaran a
varios agentes a esta dirección e igualmente se presentara un fiscal federal para hacer el levantamiento de l
as evidencias, pero que tenían que estar aquí en quince minutos, porque a todas estas ya eran casi las cuatro
de la tarde y todavía tenían que ir al banco a legalizar la entrega de la herencia.
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Editado: 04.06.2026