—He sido testigo involuntaria de vuestra conversación —se cuela en mi cabeza una voz empalagosamente dulce y doy un respingo del susto. —¿Sabe Dwayne que piensas pagarle los estudios a Ryan, o has decidido hacerlo a sus espaldas?
En mi campo de visión aparece una alta rubia de aspecto de modelo, y lamento que el atizador esté demasiado lejos de mí; de lo contrario, habría hecho algo de lo que quizás no me habría arrepentido.
No entiendo cómo una criatura tan deslumbrante es capaz de arruinar el humor, que de por sí no estaba muy bien… ¿Testigo involuntaria? Eso es un disparate absoluto.
Seguro que estaba acurrucada en algún rincón esperando el momento oportuno para saltar, como una anaconda a medias hecha.
—¿Crees que voy a ponerme a hablar contigo de asuntos personales? Estoy ocupada. No tengo tiempo para conversaciones vacías.
—¿Ocupada contemplando el fuego? —dice con sorna, y se deja caer en el sillón que hay enfrente de mí. Por lo visto, Keilin tiene intención de mantener una larga y sustanciosa conversación.
Bien. De acuerdo. Hablemos de lo que te pesa en el corazón, querida.
—¿Quieres decirme algo? ¿Compartir tu experiencia? ¿Quieres salvarme de un error fatal?
Ni siquiera intento disimular el tono irónico. En serio, ¿acaso cree que voy a seguir sus consejos sobre cómo llevar mi relación con Dwayne? ¿Los consejos de su ex? No tiene mucho sentido que digamos…
Por experiencia propia, he llegado a una conclusión enorme: cuando construyes una relación, está terminantemente prohibido ser egoísta. ¡Y Keilin, por lo que parece, era exactamente eso!
—Lo último —suelta Keilin como quien no quiere la cosa, examinándose las uñas afiladas.
—¿Salvarme de un error fatal? —repito sin dar crédito a lo que oigo. Me pica tanto la curiosidad que hasta me enderazo en el asiento. «Curiosidad» entre comillas.
¿A qué viene que Keilin haya decidido preocuparse de repente por mi relación con Dwayne?
—Eres rara —pone los ojos en blanco la chica. —Como todos los americanos. Pero con el tiempo he aprendido a no prestarle atención a vuestras excentricidades. A mí simplemente me importa Dwayne, y quiero que encuentre su felicidad.
—¿De qué estás hablando? —aquí es cuando mi impulsividad se despierta y se abre paso a través de la espesa capa de emociones desesperadas. Empiezo a irritarme muchísimo con esta arpía. —Tú dejaste a Dwayne solo en el período más difícil de su vida. Se te ocurrió mandarle una invitación de boda… Y ahora, con ese cerebrito tuyo, te has dado cuenta de que ese hombre era lo mejor que te pudo pasar en esta vida, ¿y encima pretendes darme consejos a mí?
—¡A Dwayne no le gustan las espinas rebeldes! —su humor cambia de golpe y pasa de la indiferencia a la agresividad. Ahora Keilin me lanza rayos sin ningún pudor.
Por mi honor, si en un par de minutos esto acaba en pelea, no voy a contenerme.
¡Sí! Soy una espina rebelde. Y quiero un par de mechones de su pelo rubio… Solo para mi colección privada. ¡Odio a las rubias!
—¡Y además Dwayne no es tan adorable como te puede parecer!
¡Dios mío! ¡Vaya revelación! Dwayne nunca fue adorable. En mi vida había conocido a un snob más arrogante. Dwayne Doherty se mostró desde el primer momento tal y como es. Sin adornos.
Y sabéis qué, somos la pareja perfecta: una espina rebelde y un snob arrogante.
—Al principio es encantador y te rodea de atenciones. Te quita el polvo de encima y pone el mundo entero a tus pies, pero luego empieza a presionarte. Te obliga a hacer las cosas únicamente como a él le apetece, como más le conviene. Te corta el oxígeno y se convierte en un celoso insoportable. Y si crees que vas a pagarle los estudios a Ryan y Dwayne va a sonreír feliz de la vida, es que eres una auténtica idiota. Dwayne se va a volver loco con lo que hagas, porque tiene sus propios planes para el pequeño Ryan. ¡Dwayne se ha creído su padre y le está enseñando a vivir según sus propias reglas!
—Keilin —me levanto despacio de mi sitio porque me ha cansado esta persona sin sentido. Tengo cosas más importantes que hacer. Por ejemplo, terminar mi libro. —¿Y no se te ha ocurrido pensar que el problema de Dwayne eras tú?
—Jessica —Keilin también se pone en pie y oculta una sonrisa detestable. —¿Y a ti no se te ha ocurrido pensar que no eres más que mi sustituta?
No sé exactamente qué se rompe dentro de mí, pero algo se rompe. Lo más probable es que sea mi compostura, la que cultivé con tanto esfuerzo titánico.
Mi paciencia estalla y, sin ser dueña de mis propios actos, me abalanzo sobre esta modelo de bote. De todas formas, la colección privada va a ampliarse.
Todo sucede de manera torpe, ridícula y seguramente muy graciosa desde fuera. Al abalanzarme sobre Keilin, las dos caemos en el sillón donde ella estaba sentada hasta ese momento.
Le agarro del pelo rubio y empiezo a sacudirla como si fuera un muñeco de trapo. Me he vuelto loca. No hay otra explicación para mi comportamiento, aunque debo decir que es una manera estupenda de descargar todas las emociones negativas.
Pero, por favor, que nadie lo repita en casa ni en la calle. Porque por agredir a una persona normalmente te pueden castigar.
El efecto sorpresa funciona de maravilla, pero cuando Keilin se da cuenta de que no lo ha soñado y de que de verdad me he abalanzado sobre ella, la chica decide que no va a quedarse atrás. Esta Furia empieza a chillar como una histérica y a arañar como una gata salvaje a la que le hubieran pisado la cola.
Arrancándonos el pelo mutuamente nos deslizamos hasta el suelo. A lo lejos resuenan pisadas ajenas y pesadas. Estupendo. Ya es hora de que alguien separe este desborde de emociones. Keilin con su metro ochenta de modelo ha resultado ser una rival de cuidado y de verdad corro el riesgo de perder esta batalla y quedarme sin pelo.
Pero quien se acerca no tiene ninguna prisa por intervenir. Alguien cae ruidosamente en el sofá y por el rabillo del ojo distingo unas botas enormes y llenas de barro.