—¡Dwayne! ¡Estás jugando con fuego! ¡Bájame ahora mismo! —golpeo al hombre en la espalda mientras me sube por las escaleras. A juzgar por la dirección, nos encaminamos hacia su despacho.
Perfecto, no me importa quedarme a solas con él.
—A mí me parece que es exactamente al revés, ¡reina! —responde en tono glacial.
El resto del camino hasta su despacho lo hacemos en silencio absoluto, pero yo sigo en la misma posición: al hombro de Dwayne.
—¿Qué circo has montado ahí abajo? —me gruñe el hombre cuando por fin aterrizo sobre una superficie sólida y la puerta se cierra de un portazo a su espalda. —Y no me digas que Keilin empezó. Eso es la actitud de una niña, no de una mujer adulta e inteligente.
—¡Pero es que así fue! ¡Keilin empezó! —protesto indignada. Solo me falta dar una patada en el suelo para mayor efecto. —Vino a mí y se puso a lanzarme consejos que nadie le había pedido. Que me iba a arrancar la cabeza cuando te enteraras de que a tus espaldas le había pagado los estudios a Ryan en una universidad de prestigio. ¡Te considera un maltratador!
Dwayne tiene razón. Mi comportamiento, visto desde fuera, se parece muchísimo al arrebato emocional incontrolable de una niña de cinco años, pero qué difícil es retener las emociones cuando se desbordan de ti como de una copa que rebosa.
—Me trae absolutamente sin cuidado lo que Keilin piense de mí. Pero no me trae sin cuidado tu comportamiento. Cuando actúas así, me dan ganas de meterte en vereda —de repente Dwayne da un paso hacia mí.
El ambiente cambia de manera radical. Como un ciclón repentino del desierto del Sáhara.
Dwayne me acorrala contra la pared y se cierne sobre mí como una montaña. Ya no me importa lo que dijera Keilin; me han capturado los ojos negros del hombre que tengo frente a mí.
—Dwayne. Tú desde luego no eres un maltratador. Eres un cubo de helado con patas.
—¿Tan frío soy? —tuerce los labios.
—Y es imposible resistirse a ti…
—Y tú, reina, eres veneno puro.
—Vaya cumplido tan dudoso… —se me corta la respiración porque en mi cintura aparece una mano ajena. La mano aprieta y me estrello contra un torso masculino de piedra. —Pensé que me habías traído aquí para castigarme… Como mínimo para echarme una bronca…
—He decidido cambiar de táctica. El «palo» puede esperar.
—¿Empezamos con la zanahoria? —creo que mis ojos brillan de anticipación, de placer…
Nunca habría imaginado que desearía tanto acabar entre sus manos fuertes y dominantes.
—Echa a Keily —pongo las manos en su cintura y no me creo que este hombre me pertenezca. Aunque… ahora mismo lo vamos a averiguar.
Dwayne roza mi mejilla y traza con delicadeza el contorno de mi labio inferior.
—No podemos vivir bajo el mismo techo. ¿Es que ella no tiene casa propia? Si no la tiene, vas a tener que elegir: o ella, o yo.
—¿Por qué estamos hablando de Keilin ahora mismo, cuando lo que quiero eres tú? ¿Acaso mi elección no es evidente?
Doy un grito ahogado porque vuelven a despegar mis pies del suelo. Dwayne me toma en brazos y me aprieta contra la pared.
—Porque mi psicólogo siempre me ha dicho que hay que verbalizar los pensamientos que nos angustian. Dice que los demás no saben lo que me pasa por la cabeza, y que de esa manera puedo evitar una docena de problemas.
—Muy listo tu psicólogo… —dice Dwayne justo antes de besarme.
Le devuelvo el beso con gusto, dejando de lado por un momento las preguntas que me inquietan. Ahora me ha absorbido por completo esta intimidad, y cuando nos hayamos saciado el uno del otro, retomaremos la conversación sin falta.
Dwayne es un amante apasionado. Con sus caricias me derrito como la parafina ante el fuego. Él es mi fuego. Desbocado, incontrolable, y yo lo voy a domar sin falta.
Aunque, ¿habéis conocido alguna vez a alguien que haya domado ni siquiera la llama más pequeña? ¿No? Yo tampoco. Así que seré la primera.
Ilusa… Bajo la influencia de las fuertes emociones que me despierta Dwayne Doherty, simplemente no me daré cuenta de cómo me consumo.
Bueno, eso será después. ¿Acaso soy clarividente? ¿Cómo voy a saber lo que me depara el futuro, aunque esté ya a la vuelta de la esquina?
Dwayne se aparta de mí con una mirada oscura y comienza a retroceder hacia la puerta. Se oye el clic del pestillo.
De pura anticipación, me muerdo el labio inferior.
—Estoy dispuesta a arrancarle el pelo a Keilin todos los días con tal de que me castigues así… —le miro con picardía.
—Hay que airear la cabeza, reina. Se me han acumulado un montón de cosas pendientes, y encima tú me creas problemas donde no los hay —responde Dwayne con voz ronca. Se acerca hasta pegarse a mí y me toma en brazos. —Mi pequeña bruja, enviada a mí como castigo por mis pecados.
—Anda, ¿y en qué has pecado tú exactamente? —lo provoco adrede. —¿Una vez te saltaste un semáforo en rojo? —me aprieto contra él con todas mis fuerzas y hundo los labios en los suyos.
Su olor favorito excita todos mis receptores y se filtra en la sangre, agitando cada una de mis células nerviosas. La barba incipiente en su mentón produce un cosquilleo delicioso. Me vuelve loca.
Tan serio, tan reservado y tan hambriento, Dwayne Doherty. Creo que ya me he enamorado de él hasta las orejas.
¿Y por qué todo el mundo repite que el amor produce dolor, rompe el corazón y envenena la vida? ¡Necios! El amor ayuda a que te crezcan alas en la espalda.
Solo que yo todavía no entiendo del todo qué es el amor. Me equivoco de buena fe, bajo el influjo de sus más poderosos hechizos.
Llegamos a su escritorio y Dwayne, sin perder el tiempo, lo despeja de un solo barrido. Me sienta sobre la superficie de madera.
Sus caricias son dominantes e impacientes, como si lleváramos un año sin vernos. La conciencia de que me desea con tanta intensidad me marea. Yo también quiero sumergirme cuanto antes en nuestra pasión desenfrenada. Es como si hubiera caído dentro de mi propio libro, donde mi protagonista quiere hacerle el amor a su adorada Zoe encima del escritorio.