Vacaciones inolvidables

34

La mañana resulta despiadada.

Mi cabeza parece partirse en dos después de la fiesta de anoche, donde tuve la brillante idea de mezclar varias copas de vino espumoso con un cóctel.

Tengo náuseas. Todo me da vueltas. Los rayos del sol son tan intensos que parecen radiación pura, capaz de dejarme quemaduras permanentes en la retina.

Y, sin embargo, hoy es un día importante. Muy importante.

Tengo una reunión crucial.

¿Cómo se supone que voy a presentarme en ese estado?

Si paso toda la reunión con gafas de sol, ¿lo considerarán una falta de educación?

Aunque, pensándolo bien, ¿desde cuándo me preocupa la opinión de los demás?

Probablemente desde que comprendí lo absurdo que es vivir siendo solo un envoltorio brillante. Un envoltorio con imaginación.

Es increíble. No solo he dejado de disfrutar las fiestas y la música estridente, sino que además he olvidado cómo divertirme.

Ahora las celebraciones rodeadas de la alta sociedad ya no me atraen.

Ahora prefiero las discretas bodas de los duques, por ejemplo…

Intento recordar las últimas horas de la noche anterior, pero no logro quitarme de encima la sensación de que ocurrió algo importante.

Sí.

Claro que ocurrió.

Por fin enterré a Ken Johnson en el pasado y comprendí que era libre. Que ya no dependía de sus opiniones ni de sus acciones.

Ahora solo me queda recuperarme y ocuparme de unas cuantas formalidades.

Aunque antes tendría que conseguir levantarme de este sofá increíblemente cómodo.

—Tu hada madrina llega justo a tiempo.

La alegre voz de Jennifer resuena desde el recibidor y, por primera vez en toda la mañana, siento que todavía hay esperanza.

Tan radiante como siempre, Gia aparece unos segundos después en mi salón, donde intento recomponerme pieza por pieza y transformarme en un ser humano funcional. Ni hablar ya de una escritora famosa.

Gia luce fresca y llena de energía, como si no hubiera sido conmigo con quien casi vio amanecer.

En una mano lleva una funda con ropa; en la otra, varias bebidas.

—El traje de perra sexy está perfectamente planchado, y esta limonada helada te devolverá a la vida enseguida… —Su voz desciende mientras deja las bebidas sobre la mesa y baja las gafas de sol con un dedo—. Ah, y dentro de una hora llegarán los maquilladores…

Termina la frase frunciendo los labios rosados.

—Ahora dime la verdad. ¿Después de la fiesta de Orlando te fuiste a ver a Leonardo? ¿Sin mí? —Lanza la funda sobre el respaldo de un sillón y se deja caer en otro—. ¿Qué clase de amiga eres?

—No fui a ninguna parte… —gimo, luchando contra otra oleada de náuseas.

Hundo el rostro en un cojín y extiendo una mano.

Gia capta la indirecta al instante y me entrega una bebida helada.

Me incorporo lentamente y aprieto la pajita de papel entre los labios.

El líquido frío, dulce y ligeramente ácido baja por mi garganta dejando una sensación agradable.

Por un momento me siento mejor.

—Tienes un aspecto horrible —dictamina mi amiga.

—Ya no me gustan este tipo de diversiones —murmuro entre sorbos—. Pensando en la fiesta de anoche, me doy cuenta de que prefiero las noches tranquilas en casa. Y ha sido una buena lección para mí. Creo que me estoy haciendo vieja…

—Ay, por favor. Lo siguiente será que, después de tu trilogía erótica, te dediques a escribir libros de recetas internacionales —resopla Jennifer—. Si tu Dwayne Doherty es un viejo, ese es su problema. A ti todavía te quedan muchas fiestas por delante.

Frunzo el ceño, dispuesta a responderle con alguna pulla.

Pero, en lugar de palabras, aparecen recuerdos.

Un hombre alto, moreno, de ojos negros.

Cabello ligeramente ondulado.

Una mirada severa.

Y unas caricias increíblemente suaves y autoritarias al mismo tiempo.

—Si lo vieras… —es todo lo que consigo decir.

En este momento no me siento capaz de defender a Dwayne como se merece.

—¿Y si estás embarazada?

La pregunta me golpea como un rayo.

—Estoy segura de que tú y Dwayne no pasabais las noches bordando punto de cruz. Y con solo dos copas no puedes estar así…

—Y un cóctel… —añado entre hipidos.

Probablemente sea el miedo.

O el shock.

O quizá que la deliciosa bebida fría haya decidido regresar por donde vino.

Aparto el vaso y salto del sofá.

Gia está diciendo tonterías.

Eso no puede pasar.

Solo ocurrió una vez.

Y nadie se queda embarazada por una sola vez.

No me lo creo.

Hay parejas que pasan años intentando tener hijos.

¿Y resulta que el destino iba a concedernos ese regalo a la primera?

Absurdo.

Cuando regreso al salón me siento mucho mejor.

Simplemente necesitaba expulsar los excesos de la noche anterior.

Y Orlando tuvo la culpa por servirme champán.

No soy la única cuyo estado de ánimo ha cambiado.

El de Jennifer también.

—He llamado a un médico. Es el mejor y prometió llegar en menos de una hora —anuncia con solemnidad.

—¿Qué?

—Le expliqué la situación. Por encima. Así que también traerá algunas pruebas.

—Gia, estás completamente loca…

Me dejo caer de nuevo sobre el sofá.

—Lo único que ocurre es que ya no puedo salir de fiesta como antes. Y además quiero volver a Dingle. ¿Por qué no vienes conmigo?

—¿Perdona? ¿Tú te escuchas? ¿Qué Dingle ni qué nada? ¡Estás embarazada! Si vamos a Dingle será para plantarle una prueba positiva en la cara a tu Dwayne.

Jennifer siempre ha sido impulsiva, pero hoy está superándose.

—Que empiece a pensar cómo va a organizar vuestra vida.

—No estoy embarazada. Son solo tus suposiciones. —La aparto con un gesto de la mano—. Por cierto, ¿podemos aplazar la reunión con los abogados alegando que me encuentro mal?

De repente me entran unas ganas inmensas de volver a Dingle, a aquel pequeño pueblo del oeste de Irlanda.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.