Él no me dice te amo.
Nunca.
Ni siquiera un te quiero dicho sin que yo lo empuje.
Las palabras no nacen de él.
Solo aparecen si pregunto, si insisto, si me expongo primero.
Si digo te amo, responde yo también,
como quien devuelve algo que no pidió.
Y yo me quedo midiendo silencios.
Preguntándome si el amor existe cuando no se nombra.
Si alcanza con que esté, con que diga que sí cuando lo interrogó.
Tambien, a veces, creo que mide el amor en términos de cuántas veces tenemos sexo, como si el cuerpo pudiera suplir lo que la voz no se anima a decir.
Tampoco parece preocuparle mi ausencia emocional,
y cuando finge hacerlo, lo se:
la dosis justa de atención para que no haga ruido,
para que me conforme, para que siga.
Él está cómodo cuando no pido.
Cuando no exijo.
Cuando no nombro lo que duele.
Cuando estoy —como dijo cierto poeta— callada.
Pero yo no soy así
Yo hablo.
Me río.
Me entusiasmo con ideas que no sirven para nada y justamente por eso, importan. Hablo de teorías conspirativas, de religión y extraterrestre, plantas y recetas, todo al mismo tiempo.
Puedo decir con total honestidad que no sé nada de escritura pero escribo igual, porque ahí me siento viva, porque ahí soy alguien.
Y él no lo sabe.
Nunca preguntó.
Nunca le importó qué parte de mí se queda despierta frente a una pantalla, qué palabras me salvan cuando el día pesa.
A veces pienso que idealice el amor.
Que pedí demasiado.
Que confundí ser vista con ser amada.
Pero hay una pregunta que no me deja en paz —
y no es solo mía—:
si el amor existe,
¿por qué me siento tan vacía?
—Valeria S Alvarez