Valtheris

Prólogo

Toda historia comienza mucho antes de que alguien pronuncie el primer nombre.

Antes de los mapas, antes de las fronteras, antes de las catedrales que elevaron sus agujas hacia el cielo y de las ciudades que cubrieron el continente con piedra, hierro y cristal, Europa poseía un corazón distinto. No latía bajo ningún reino ni respondía a ningún imperio. Su pulso nacía en un mundo que jamás figuró en los libros de historia, porque fue ocultado por quienes comprendieron que el conocimiento absoluto puede convertirse en la forma más perfecta de destrucción.

Los hombres siempre llamaron leyendas a los recuerdos que no supieron conservar.

Hablaron de dragones porque olvidaron a los Guardianes del Fuego Celeste.

Inventaron cuentos sobre hadas porque ya no podían contemplar a los Tejedores de la Aurora.

Convirtieron a los gigantes en fábulas porque sus montañas dejaron de caminar.

Y llamaron milagros a aquello que, en otro tiempo, había sido parte natural del equilibrio entre los mundos.

Pero la memoria nunca desaparece.

Solo aprende a dormir.

Existe una frontera que ningún satélite ha fotografiado, ningún arqueólogo ha excavado y ningún gobernante ha logrado conquistar. No está hecha de piedra ni de acero. Es un límite tejido con juramentos, sacrificios y silencios que atravesaron incontables generaciones. Algunos la llaman el Velo. Otros jamás llegan siquiera a sospechar su existencia.

Más allá de ese umbral sobreviven ciudades ocultas bajo las capitales europeas, bibliotecas donde los libros recuerdan a sus lectores antes de ser abiertos, bosques cuyos árboles conversan con las estrellas y fortalezas edificadas con un cristal nacido antes de que el tiempo aprendiera a medirse.

Allí aún permanecen guardianes.

Algunos vigilan.

Otros esperan.

Y unos pocos lamentan.

Porque conocen una verdad que el resto del mundo olvidó hace milenios.

Toda paz tiene una fecha de vencimiento.

Hubo una época en la que la luz y la oscuridad no eran enemigas. Eran fuerzas destinadas a sostener juntas el equilibrio de la creación. Sin embargo, incluso los corazones más nobles pueden quebrarse cuando el dolor se prolonga más allá de lo soportable. Así comenzaron las antiguas guerras, aquellas cuyos ecos todavía sobreviven disfrazados de mitos y supersticiones.

Las montañas ardieron.

Los mares cambiaron su curso.

Los cielos fueron atravesados por criaturas cuya sola presencia alteraba el tejido de la realidad.

Civilizaciones enteras desaparecieron en una sola noche.

Y cuando la existencia estuvo al borde de extinguirse, siete guardianes aceptaron realizar el sacrificio que ningún otro ser habría soportado.

Separaron la memoria del mundo.

Fragmentaron el poder primordial.

Ocultaron la verdad detrás de un pacto tan poderoso que incluso los siglos olvidaron cómo había nacido.

Desde entonces, la humanidad continuó avanzando convencida de que estaba sola.

Construyó ciudades.

Inventó máquinas.

Descubrió continentes.

Conquistó el cielo.

Pero jamás dejó de caminar sobre ruinas mucho más antiguas que cualquier imperio.

Debajo de cada avenida.

Bajo cada castillo.

Ocultos tras los vitrales de antiguas iglesias, los puentes romanos, las estaciones ferroviarias y los callejones donde la niebla parece resistirse al amanecer, continúan respirando los vestigios de aquel otro mundo.

Esperando.

Siempre esperando.

Porque toda profecía posee un precio.

Y ninguna permanece dormida para siempre.

Durante siglos hubo quienes dedicaron su existencia a impedir que el equilibrio volviera a romperse. Guardianes sin nombre, custodios invisibles, hombres y mujeres cuya mayor victoria consistió en que nadie supiera jamás que habían existido. Su recompensa fue el anonimato. Su condena, contemplar cómo el mundo olvidaba lentamente aquello por lo que ellos seguían sacrificándolo todo.

Sin embargo, incluso los juramentos más antiguos comienzan a desgastarse.

Los sellos se agrietan.

Las memorias buscan regresar.

Y las sombras aprenden a pronunciar nuevamente los nombres que habían sido prohibidos.

En algún lugar de Europa, una campana antigua ya ha comenzado a sonar.

No anuncia una celebración.

Anuncia un despertar.

Muy pocos pueden escucharla.

Menos aún comprenden su significado.

Pero todos aquellos que conservan una sola gota de la sangre antigua sienten el mismo estremecimiento al oírla.

Porque saben que el tiempo concedido al mundo se aproxima a su final.

Y cuando el último heredero abra completamente los ojos, nadie podrá esconderse detrás de la ignorancia.

Las viejas alianzas serán puestas a prueba.

Los enemigos vestirán rostros familiares.

La verdad demostrará ser mucho más peligrosa que la mentira.

Habrá quienes deban renunciar al amor para proteger aquello que aman.

Otros descubrirán que el odio también puede nacer de un sacrificio.

Algunos caminarán hacia la luz convencidos de servir al bien, mientras otros abrazarán la oscuridad creyendo estar salvando el mundo.

Nada será tan simple como parece.

Porque las auténticas guerras jamás comienzan con una espada.

Comienzan con una decisión.

Y existen decisiones capaces de modificar el destino de generaciones enteras.

Esta no es únicamente la historia de un muchacho destinado a descubrir quién es.

Es la historia de un continente construido sobre secretos.

De un linaje que aceptó desaparecer para preservar la esperanza.

De maestros obligados a ocultar la verdad incluso a quienes juraron proteger.

De antiguos amigos convertidos en enemigos por el peso de una promesa imposible de cumplir.

Es la historia de madres que amaron hasta el extremo de renunciar a sus propios hijos.

De padres cuya identidad fue borrada para impedir una catástrofe.




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