Valtheris

Capítulo 3

El nombre aún vibraba en la inmensidad subterránea cuando los ojos escarlata terminaron de abrirse.
No pertenecían a un hombre.
Tampoco a una criatura.
Eran el vestigio consciente de una voluntad que había sobrevivido a los siglos aguardando un único instante.
Y ese instante acababa de llegar.

Muy por encima de aquella fortaleza sepultada, la lluvia comenzó a caer sobre Europa con una cadencia inusual.
Las gotas no descendían al azar.
Trazaban geometrías invisibles sobre tejados, monumentos y antiguas calzadas romanas, como si una inteligencia olvidada estuviera escribiendo un mensaje sobre el continente entero.

En la sala del monolito, Elderon permanecía inmóvil.

Su mirada ya no observaba a Valtheris.

Miraba mucho más allá.

—No… —susurró con una gravedad que hizo estremecer el cristal negro—. Nos encontraron antes de que el primer ciclo concluyera.

Valtheris seguía de rodillas.

Su respiración comenzaba a estabilizarse, aunque las imágenes continuaban ardiendo detrás de sus párpados.

No eran simples visiones.

Eran recuerdos.

Recuerdos imposibles.

Podía sentir el peso de una espada que jamás había sostenido.

Escuchar idiomas que nunca había aprendido.

Llorar pérdidas de personas cuyos rostros apenas alcanzaba a distinguir.

Cada emoción parecía pertenecer a otra vida.

O quizá…

A muchas.

—¿Qué me está ocurriendo? —preguntó con la voz quebrada.

Elderon tardó unos segundos en responder.

—La memoria del linaje ha comenzado a despertarte.

—Pero yo nunca…

—No recuerdas porque naciste detrás del Velo.

El muchacho levantó lentamente la cabeza.

—¿El Velo?

Elderon caminó hasta el enorme monolito.

Apoyó una mano sobre la piedra translúcida.

Toda la sala respondió.

Las constelaciones giraron lentamente mientras las paredes comenzaban a desvanecerse.

La inmensa cámara desapareció.

En su lugar apareció una representación perfecta del continente europeo flotando en el vacío.

Océanos.

Cordilleras.

Bosques.

Ciudades.

Todo suspendido como una gigantesca maqueta viva.

Pero entonces Valtheris descubrió algo imposible.

Bajo cada capital europea existía otra ciudad.

Ciudades ocultas.

Luminosas.

Enormes.

Palacios imposibles convivían bajo Londres.

Bosques cristalinos respiraban debajo de Berlín.

Catedrales de luz se extendían bajo París.

Laberintos de piedra blanca atravesaban Roma.

Y centenares de fortalezas invisibles permanecían ocultas bajo montañas, islas y acantilados.

El mundo secreto era mucho más vasto que el conocido.

—Hace miles de años —explicó Elderon— ambos mundos coexistían sin fronteras. Humanos y guardianes compartían el mismo cielo. Pero el conocimiento absoluto siempre despierta la ambición absoluta.

La imagen cambió.

Gigantescas guerras envolvieron el continente.

Ejércitos formados por seres de todas las formas imaginables.

Magos.

Guardianes.

Bestias nacidas de estrellas extinguidas.

Caballeros capaces de partir montañas con una sola palabra.

El cielo ardía.

Los mares cambiaban de color.

Las montañas caminaban.

Valtheris observaba sin poder apartar la vista.

Todo parecía demasiado antiguo para ser comprendido.

—Aquella guerra estuvo a punto de destruir la existencia misma —continuó Elderon—. Entonces nació el Pacto del Velo.

Miles de figuras levantaron sus manos.

Un inmenso océano de luz cubrió Europa.

Las ciudades ocultas desaparecieron.

Los recuerdos fueron sellados.

Los caminos quedaron separados.

Desde entonces, la humanidad solo conservaría fragmentos convertidos en mitos, cuentos y leyendas.

—Por eso existen tantas historias sobre dragones… hadas… gigantes…

Elderon asintió.

—No eran invenciones.

Eran memorias incompletas.

El silencio volvió a instalarse.

Valtheris sintió que toda su vida comenzaba a reconstruirse desde otro origen.

Entonces recordó a su madre.

—Ella… lo sabía.

Elderon cerró los ojos.

—Mucho más de lo que imaginas.

Aquella respuesta abrió una nueva herida.

¿Por qué había callado?

¿Por qué ocultarle una verdad tan inmensa?

¿De qué intentaba protegerlo?

Antes de poder formular otra pregunta, una vibración atravesó toda la fortaleza.

No fue un temblor.

Fue un latido.

Uno gigantesco.

Las paredes comenzaron a emitir un resplandor rojo.

Las constelaciones desaparecieron.

El monolito emitió un sonido semejante al de un cristal resquebrajándose.

Elderon levantó la vista.

Su expresión cambió por completo.

—Han cruzado el primer sello.

—¿Quiénes?

No respondió.

Con un rápido movimiento extendió ambas manos.

Decenas de símbolos dorados surgieron alrededor de Valtheris formando un círculo protector.

El aire se volvió eléctrico.

Entonces ocurrió.

Desde el suelo comenzaron a emerger sombras.

No proyectadas.

Reales.

Cada una adoptó lentamente forma humana.

Altas.

Cubiertas por armaduras negras sin reflejo alguno.

No tenían rostro.

Solo una máscara lisa donde flotaba un único símbolo plateado.

Llevaban largas lanzas cuya punta parecía absorber la luz.

Valtheris retrocedió instintivamente.

Las figuras permanecían inmóviles.

Esperaban.

—No los mires directamente a la máscara —ordenó Elderon.

Demasiado tarde.

Uno de ellos giró lentamente la cabeza hacia el muchacho.

En el instante en que sus miradas se encontraron, Valtheris sintió que algo intentaba arrancarle los recuerdos.

No el cuerpo.

La memoria.

Vio desaparecer fugazmente el rostro de su madre.

La escuela.

Su infancia.




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