Valtheris

Capítulo 4

La luz que brotaba del pecho de Valtheris no iluminaba la oscuridad.

La atravesaba.

Era una claridad viva, silenciosa, imposible de comparar con el fuego, el sol o las estrellas. No proyectaba sombras; las deshacía como si jamás hubieran existido.

Los Custodios del Olvido se detuvieron al unísono.

Por primera vez desde que habían emergido de las profundidades del Velo, vacilaron.

Elderon comprendió al instante el motivo.

—No puede ser… —murmuró con un asombro que hacía siglos no experimentaba.

El muchacho llevaba ambas manos sobre el pecho.

No sentía dolor.

Sentía reconocimiento.

Era como si aquella energía hubiera permanecido dormida durante toda su vida, aguardando el instante exacto para volver a respirar.

Cada latido expandía un círculo luminoso que recorría el suelo de cristal negro.

Las antiguas runas ocultas comenzaron a revelarse.

Miles.

Decenas de miles.

Inscripciones que no habían sido vistas desde la fundación del Pacto del Velo despertaban una tras otra.

Toda la fortaleza respondía a su presencia.

No…

Respondía a su sangre.

Los Custodios retrocedieron otro paso.

Su formación perfecta se quebró.

Las lanzas descendieron apenas unos centímetros.

Elderon jamás había presenciado algo semejante.

Ni siquiera durante las guerras antiguas.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Valtheris, incapaz de apartar las manos del pecho.

El anciano tardó en responder.

Sus ojos permanecían fijos sobre aquella luz.

—La fortaleza… te reconoce.

En ese instante el monolito comenzó a resquebrajarse.

Las grietas no destruían la piedra.

La liberaban.

Desde su interior emergieron filamentos dorados que ascendieron como raíces buscando el cielo invisible de la cúpula.

Cada hilo transportaba imágenes.

Vidas.

Batallas.

Juramentos.

Niños entrenando bajo montañas flotantes.

Mujeres capaces de conversar con los árboles.

Guerreros cuyos escudos contenían fragmentos de constelaciones.

Bibliotecas donde los libros respiraban antes de ser abiertos.

Valtheris observaba todo aquello sintiendo una nostalgia imposible.

No recordaba haber vivido ninguna de aquellas escenas.

Y, sin embargo…

Las extrañaba.

Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.

No sabía por quién lloraba.

Solo sabía que alguien lo había esperado durante siglos.

La fortaleza emitió un sonido profundo.

No era una alarma.

Era un saludo.

Entonces, una voz femenina comenzó a resonar desde todas las direcciones.

No pertenecía a ningún cuerpo.

Era la propia construcción hablando.

—Heredero confirmado.

La frase hizo vibrar cada piedra.

—Identidad primordial reconocida.

Las runas continuaron iluminándose.

—Acceso a los Archivos del Alba autorizado.

Los Custodios reaccionaron inmediatamente.

Uno de ellos lanzó su lanza.

No la arrojó.

La realidad misma la impulsó.

Atravesó el espacio sin recorrer distancia alguna.

Valtheris apenas alcanzó a verla.

Elderon levantó el bastón.

Un inmenso escudo azul apareció frente al muchacho.

El impacto estremeció toda la sala.

Las ondas de energía destrozaron columnas enteras.

Fragmentos de cristal negro cayeron como lluvia.

Pero la lanza continuó avanzando.

El escudo comenzaba a quebrarse.

El anciano apretó los dientes.

Jamás una barrera suya había cedido con tanta facilidad.

—¡Valtheris!

El joven reaccionó por puro instinto.

Extendió la mano marcada.

La grieta luminosa de su palma se abrió completamente.

Durante un brevísimo instante el tiempo dejó de existir.

La lanza quedó inmóvil.

El polvo dejó de caer.

Las partículas suspendidas permanecieron congeladas.

Incluso la respiración desapareció.

Solo Valtheris podía moverse.

Miró a su alrededor con absoluta incredulidad.

Todo permanecía detenido.

Entonces alguien habló detrás de él.

—Aún no controlas el Don.

La voz era distinta.

Más joven que la de Elderon.

Más cálida.

Más cercana.

Valtheris giró lentamente.

Un muchacho de edad similar a la suya permanecía apoyado contra una columna intacta.

Vestía ropas oscuras de corte antiguo mezcladas con una chaqueta moderna.

Su cabello cobrizo caía desordenadamente sobre unos ojos verdes cargados de ironía.

Sonreía como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.

—Llegas tarde —dijo con absoluta naturalidad.

Valtheris dio un paso hacia atrás.

—¿Quién eres?

—Depende de quién haga la pregunta.

—Te estoy preguntando yo.

El desconocido sonrió aún más.

—Entonces la respuesta todavía no sirve.

Aquellas palabras resultaban desesperadamente confusas.

El joven sintió que aquel muchacho escondía demasiadas verdades detrás de cada frase.

—¿Cómo puedes moverte?

—Porque este instante también me pertenece.

Antes de que Valtheris pudiera insistir, el extraño observó la lanza suspendida en el aire.

Negó lentamente con la cabeza.

—Siempre llegan antes de lo previsto.

Después miró fijamente a Valtheris.

Toda expresión burlona desapareció.

Su rostro adquirió una seriedad absoluta.

—Escúchame con atención.

Solo tendrás una oportunidad.

Cuando el tiempo vuelva a respirar, no mires a los Custodios.

No mires a Elderon.

Mira el suelo.

Allí encontrarás la verdadera puerta.

—¿Qué puerta?

Pero el muchacho ya comenzaba a desvanecerse.

Su cuerpo se transformaba en diminutas partículas luminosas.

—Espera…

—Todavía no es el momento de que recuerdes quién soy.

Las últimas palabras quedaron suspendidas.

Entonces el tiempo regresó.




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