El canto no se escuchaba con los oídos.
Se infiltraba en la memoria.
Cada sílaba despertaba imágenes que jamás habían sido vividas y, aun así, parecían pertenecer a la esencia misma de Valtheris. No evocaban recuerdos concretos, sino emociones antiquísimas: el peso de un juramento pronunciado bajo un cielo sin luna, el orgullo de una victoria cuyo precio había sido insoportable, la tristeza de abandonar un hogar destinado a desaparecer para salvar a otros.
Las escaleras de luz continuaban descendiendo hacia un horizonte que ningún ojo alcanzaba a distinguir.
No parecían construidas.
Parecían haber nacido junto con el tiempo.
Elderon permanecía inmóvil.
Su bastón aún sostenía el escudo resquebrajado frente a los Custodios del Olvido, cuyos cuerpos oscuros vibraban con una inquietud impropia de seres creados para no conocer el miedo.
—No bajes… —dijo el anciano sin apartar la vista de los enemigos.
Valtheris lo observó.
Nunca antes había percibido temor en aquel hombre.
No era miedo por sí mismo.
Era miedo por él.
—Si el Primer Guardián me está llamando, ¿por qué debería quedarme?
Elderon cerró los ojos un instante.
La respuesta parecía dolerle.
—Porque algunos llamados no son una invitación.
Son un juicio.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.
El muchacho volvió la vista hacia el abismo.
La luz que emanaba desde las profundidades era distinta de la que brotaba de su pecho.
No era cálida.
No era fría.
Era verdadera.
Como si toda la realidad hubiese sido apenas una copia imperfecta de aquella claridad primordial.
Los Custodios comenzaron a avanzar otra vez.
Sus lanzas absorbían la luz del recinto.
Cada paso borraba runas del suelo, como si el simple contacto con su presencia destruyera siglos de historia.
Elderon comprendió que ya no podría contenerlos mucho tiempo.
Clavó el extremo de su bastón sobre el cristal negro.
Un círculo de energía envolvió a Valtheris.
—Escúchame con atención. Todo cuanto has vivido hasta hoy fue una preparación invisible. Tu infancia, tus dudas, tus pérdidas… incluso tus silencios fueron parte del Velo que protegía tu identidad. Pero ese refugio ha terminado.
Valtheris sintió un nudo en la garganta.
—¿Mi madre también formaba parte de ese refugio?
El anciano tardó en responder.
Cada segundo parecía pesar siglos.
—Ella aceptó el sacrificio más difícil.
—¿Cuál?
—Criarte como un hijo… cuando sabía que algún día tendría que dejarte marchar para que el mundo pudiera seguir existiendo.
Las palabras golpearon a Valtheris con una fuerza inesperada.
Recordó el desayuno.
Las miradas esquivas.
Los silencios que antes parecían simples distracciones.
Todo cobraba un significado nuevo.
No había sido indiferencia.
Había sido despedida.
El joven sintió que algo se quebraba dentro de él.
No la confianza.
La inocencia.
Antes de poder formular otra pregunta, un estruendo sacudió la fortaleza.
El techo de cristal comenzó a agrietarse.
Las constelaciones desaparecieron una tras otra.
Del otro lado no había cielo.
Había un océano oscuro donde enormes siluetas se desplazaban lentamente, como criaturas dormidas entre las estrellas.
Elderon alzó la vista.
Su expresión se endureció.
—Han encontrado la fortaleza.
Los Custodios levantaron simultáneamente sus lanzas.
Esta vez no apuntaban a Valtheris.
Apuntaban al monolito.
El anciano comprendió inmediatamente la estrategia.
—¡No!
Las lanzas fueron lanzadas al mismo tiempo.
No buscaban destruir al heredero.
Buscaban borrar los Archivos del Alba.
Si el monolito desaparecía, toda la memoria del linaje sería perdida para siempre.
Elderon corrió.
No con la velocidad de un anciano.
Con la de alguien que había olvidado que el tiempo podía limitarlo.
Su bastón describió un arco luminoso.
Una barrera gigantesca envolvió el monolito.
Las lanzas impactaron.
La explosión fue tan intensa que el suelo entero se abrió bajo sus pies.
Columnas enteras se desplomaron.
Fragmentos de cristal negro cayeron hacia el abismo.
Valtheris perdió el equilibrio.
La grieta luminosa de su palma ardió nuevamente.
Instintivamente extendió la mano hacia una columna cercana.
Pero no tocó piedra.
Tocó aire.
El espacio mismo se deformó.
Una puerta circular apareció suspendida frente a él.
Era pequeña.
No medía más de un metro de diámetro.
Su superficie parecía hecha de agua inmóvil.
Dentro de ella se reflejaban escenas de diferentes épocas.
Un castillo cubierto por nieve.
Una estación de tren moderna.
Un bosque iluminado por árboles de cristal.
Un niño corriendo entre ruinas.
Una mujer de cabellos plateados sosteniendo a un recién nacido envuelto en un manto azul.
Valtheris sintió que el corazón dejaba de latir durante un instante.
Reconocía aquel rostro.
No sabía cómo.
No recordaba dónde.
Pero la conocía.
La mujer levantó lentamente la mirada.
Lo observó a través del agua como si la distancia entre ambos no existiera.
Después sonrió con una ternura infinita.
Y pronunció apenas dos palabras.
—Mi hijo.
La visión desapareció.
La puerta volvió a cerrarse.
Valtheris quedó inmóvil.
No respiraba.
No podía.
Aquella mujer…
No era su madre.
Y, sin embargo, cada fibra de su ser gritaba que decía la verdad.
Un rugido estremeció la fortaleza.
No provenía de los Custodios.
Ni del exterior.
Ascendía desde las profundidades.
Desde el lugar donde descendían las escaleras de luz.
El canto antiguo cesó de golpe.
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Editado: 05.07.2026