Valtheris

Capítulo 6

El Heraldo de la Primera Luz

El nombre escapó de los labios de Elderon como si cada letra pesara más que un siglo.

—Maelis…

No era un grito.

Era una reverencia.

Toda la fortaleza respondió.

Las grietas que recorrían el cristal negro dejaron de expandirse durante un breve instante. El aire recuperó una quietud solemne y hasta los Custodios del Olvido permanecieron inmóviles, inclinando apenas sus máscaras lisas hacia la figura que ascendía desde las escaleras de luz.

Valtheris jamás había sentido una presencia semejante.

No inspiraba miedo.

Inspiraba verdad.

Era la clase de poder que no necesitaba imponerse porque toda la creación parecía reconocerlo.

Cada peldaño aparecía bajo los pies de aquella figura antes incluso de que descendiera el siguiente paso. La luz dorada que la envolvía impedía distinguir completamente su rostro, pero poco a poco comenzó a disiparse.

Primero aparecieron unas botas blancas, elaboradas con un material desconocido que reflejaba diminutas constelaciones.

Después una larga túnica marfil, cruzada por filamentos dorados que cambiaban de forma como si estuvieran vivos.

Sobre sus hombros descansaba una capa cuyos bordes parecían tejidos con la misma claridad del amanecer.

Finalmente surgió su rostro.

Era imposible calcular su edad.

Sus facciones conservaban la serenidad de la juventud y, al mismo tiempo, la profundidad de alguien que había contemplado el nacimiento y la caída de innumerables civilizaciones.

Su cabello plateado descendía hasta la cintura.

Sus ojos…

No tenían un color definido.

A veces eran dorados.

A veces azules.

A veces contenían el reflejo del cielo nocturno.

Parecían cambiar con cada respiración del universo.

En su espalda no había alas.

Pero la luz que lo rodeaba dibujaba por momentos la silueta de unas inmensas alas translúcidas, como si pertenecieran a otra dimensión apenas visible.

Valtheris sintió que sus rodillas cedían.

No por debilidad.

Por respeto.

Sin comprender por qué, inclinó la cabeza.

Aquello no era obediencia.

Era un reconocimiento que nacía de algún lugar mucho más antiguo que su memoria.

Maelis se detuvo frente al joven.

No habló inmediatamente.

Lo observó con una mezcla de ternura y tristeza que desarmó todas las defensas de Valtheris.

Era la mirada de alguien que había esperado demasiado tiempo.

—Has crecido.

Aquellas dos palabras atravesaron el corazón del muchacho.

No eran una expresión de cortesía.

Eran un hecho.

Como si Maelis realmente hubiera seguido cada uno de sus años desde la distancia.

Valtheris levantó lentamente la mirada.

—¿Nos conocemos?

El silencio respondió primero.

Luego Maelis sonrió apenas.

—Todavía no.

La respuesta dejó al joven completamente desconcertado.

Elderon dio un paso al frente.

Su voz conservaba el respeto de quien hablaba ante una autoridad incomparable.

—Mi Señor… el despertar ocurrió antes de lo previsto.

Maelis asintió.

—Lo sé.

—Los Custodios han encontrado la fortaleza.

—También lo sé.

—Entonces comprenderá que debemos retirarnos.

Los ojos cambiantes de Maelis recorrieron lentamente la inmensa sala destruida.

Las columnas caídas.

El monolito resquebrajado.

Las runas apagándose.

Los Custodios aguardando inmóviles.

Finalmente respondió.

—No.

Aquella única palabra hizo temblar la realidad.

Los Custodios reaccionaron inmediatamente.

Levantaron sus lanzas negras.

Un sonido metálico comenzó a expandirse por toda la fortaleza.

No provenía del acero.

Provenía del vacío.

Era el sonido del olvido tomando forma.

Las sombras empezaron a condensarse alrededor de Maelis.

Cualquier otro ser habría desaparecido bajo aquella oscuridad.

Pero la luz que envolvía al recién llegado permanecía intacta.

No luchaba contra las tinieblas.

Simplemente existía.

Y eso bastaba para impedir que la oscuridad avanzara.

Valtheris observaba sin respirar.

Todo aquello escapaba a cualquier lógica.

Maelis extendió lentamente una mano.

No realizó ningún gesto complejo.

No pronunció conjuros.

No invocó símbolos.

Simplemente abrió la palma.

En ese mismo instante todas las lanzas negras comenzaron a agrietarse.

Los Custodios retrocedieron.

Uno.

Dos.

Tres pasos.

Las grietas continuaron extendiéndose hasta recorrer completamente las armas.

Entonces el acero oscuro se convirtió en polvo.

El silencio fue absoluto.

Valtheris nunca había visto un poder semejante.

Ni siquiera Elderon parecía capaz de ocultar su asombro.

Pero Maelis permanecía sereno.

Como si aquello no hubiera requerido el menor esfuerzo.

Los Custodios comprendieron que habían perdido la ventaja.

Sin embargo, ninguno intentó huir.

Por el contrario.

Separaron lentamente sus brazos.

Las sombras comenzaron a desprenderse de sus cuerpos.

Miles de filamentos negros ascendieron hacia el techo destruido.

Allí comenzaron a unirse.

A mezclarse.

A crecer.

Elderon palideció.

—No…

Maelis levantó la vista.

Su expresión cambió apenas.

Era la primera vez que algo parecía preocuparlo.

Los filamentos terminaron de unirse.

Una gigantesca grieta apareció suspendida sobre la fortaleza.

No era una fractura en el cristal.

Era una herida abierta en la realidad.

Del otro lado no había cielo.

Había un océano oscuro iluminado por incontables ojos rojos.

Miles.

Quizá millones.

Todos observando exactamente el mismo punto.

Valtheris.

El muchacho sintió un frío imposible.

No era físico.




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