Valtheris

Capítulo 7

La Séptima Llave

El símbolo suspendido frente a Valtheris no permanecía inmóvil.

Respiraba.

Cada una de las siete líneas que atravesaban el círculo parecía contener un flujo de luz independiente, como si representaran siete voluntades distintas enlazadas por un mismo destino. No emitía calor ni proyectaba resplandor sobre las paredes de la fortaleza. Su luz existía únicamente para quienes pertenecían al antiguo linaje.

Los Custodios del Olvido retrocedieron un paso más.

No obedecían al miedo.

Obedecían al reconocimiento.

Elderon lo comprendió de inmediato.

—Durante siglos creímos que era solo una alegoría… —murmuró, incapaz de apartar la vista del símbolo—. Nadie imaginó que la Séptima Llave existiera realmente.

Valtheris respiraba con dificultad.

Sentía que aquella figura luminosa lo llamaba por dentro.

No era una voz.

Era una afinidad.

Como si una parte de su propia alma hubiera permanecido separada de él desde antes de nacer.

—¿Qué significa? —preguntó casi en un susurro.

Maelis permaneció varios segundos en silencio.

Su mirada seguía fija en el símbolo.

—Significa que el destino acaba de cambiar.

—No entiendo…

—Porque nadie debía comprenderlo todavía.

La grieta suspendida sobre la fortaleza continuaba abierta.

Del otro lado, los incontables ojos escarlata permanecían inmóviles.

Observaban.

Esperaban.

No había odio en aquellas miradas.

Había hambre.

Una necesidad antigua.

Como si el despertar de Valtheris hubiera puesto fin a una espera que había consumido milenios.

Entonces la voz volvió a resonar.

—Entréguennos al Heredero.

Las palabras hicieron vibrar el cristal negro.

No eran una amenaza.

Eran una orden.

Maelis dio un solo paso hacia adelante.

Fue suficiente.

Toda la luz de la fortaleza respondió a su presencia.

Las runas apagadas comenzaron a encenderse nuevamente.

Las columnas derrumbadas recuperaron parcialmente su forma.

Los fragmentos de cristal flotaron lentamente hasta reunirse otra vez.

La fortaleza parecía sanar alrededor de él.

—Mientras yo permanezca aquí —dijo Maelis con absoluta serenidad— nadie cruzará este umbral.

Durante un instante reinó un silencio absoluto.

Después, la voz respondió.

—Ni siquiera tú puedes detener aquello que ya ha comenzado.

Las sombras del otro lado de la grieta comenzaron a agitarse.

Eran demasiadas para ser contadas.

Algunas tenían forma humana.

Otras recordaban a enormes bestias.

Muchas desafiaban cualquier geometría conocida.

Todas aguardaban la misma señal.

Elderon sintió un escalofrío.

—No buscan atacar la fortaleza…

Maelis asintió lentamente.

—No.

—Entonces…

—Están esperando que él la abandone.

Valtheris comprendió el significado de aquellas palabras.

No necesitaban destruir aquel lugar.

Solo necesitaban seguirlo.

Él era el verdadero objetivo.

Un peso insoportable cayó sobre sus hombros.

Toda aquella guerra…

Todo aquel peligro…

Existía por su causa.

—Si me entrego…

Elderon giró con brusquedad.

—¡No vuelvas a decir eso!

La severidad de su voz sorprendió incluso al propio anciano.

Respiró hondo antes de continuar.

—Si caes, no solo perderemos a un muchacho. Caerá el último vínculo entre ambos mundos.

Valtheris bajó la cabeza.

Aquella responsabilidad resultaba demasiado grande.

Hasta hacía apenas unas horas era un estudiante más.

Ahora escuchaba hablar del destino de continentes enteros como si dependiera únicamente de sus decisiones.

El símbolo de la Séptima Llave comenzó a girar lentamente.

Una de sus siete líneas se iluminó con mayor intensidad.

La luz abandonó el círculo y descendió hasta la palma marcada del muchacho.

En cuanto ambas energías se encontraron, un dolor agudo recorrió todo su brazo.

No era un dolor físico.

Era memoria.

Miles de imágenes irrumpieron nuevamente en su mente.

Vio una inmensa biblioteca construida dentro de una montaña transparente.

Niños entrenando con espadas de madera bajo la mirada de ancianos vestidos de blanco.

Un lago tan quieto que reflejaba constelaciones inexistentes.

Y un enorme árbol de corteza plateada cuyas raíces atravesaban el cielo.

Al pie de ese árbol había siete figuras.

No lograba distinguir sus rostros.

Solo percibía que una de ellas sostenía en brazos a un bebé envuelto en un manto azul.

Otra levantaba una espada hacia el horizonte.

Una tercera lloraba.

Las cuatro restantes permanecían inmóviles, con las manos unidas sobre el pecho.

Entonces todas pronunciaron al mismo tiempo una misma frase.

—Cuando las siete llaves vuelvan a reconocerse, el Guardián Dormido abrirá los ojos.

La visión desapareció.

Valtheris cayó de rodillas.

Su respiración era entrecortada.

Sentía lágrimas correr por su rostro sin comprender exactamente por qué.

Maelis se acercó y apoyó una mano sobre su hombro.

Al instante, el dolor cesó.

—No luches contra los recuerdos.

Déjalos llegar cuando estén preparados.

—¿Quiénes eran esas personas?

Maelis desvió la mirada.

—Tus primeros protectores.

—¿Murieron?

El silencio respondió antes que las palabras.

—Entregaron todo para que tú pudieras nacer.

Aquella respuesta dejó un vacío imposible de llenar.

Valtheris comprendía cada vez menos su propia historia.

Y, sin embargo, cada nueva revelación parecía acercarlo a una verdad que llevaba toda la vida buscándolo.

En ese momento, el monolito emitió un pulso grave.

No era una alarma.

Era un llamado.

Su superficie comenzó a cubrirse de ondas luminosas.




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