Valtheris

Capítulo 8

El Santuario de las Cenizas Silentes

La campana dejó de sonar.

Sin embargo, su eco permaneció suspendido en el aire como una vibración que se negaba a morir.

No era un sonido.

Era una sentencia.

Cada piedra de la fortaleza parecía haberla comprendido.

Las antiguas runas perdieron intensidad.

Los filamentos de luz que recorrían los muros disminuyeron su brillo.

Hasta el inmenso monolito pareció inclinarse bajo un peso invisible.

Valtheris observó a Maelis.

Nunca lo había visto así.

No había desesperación en su rostro.

Había algo mucho más inquietante.

Urgencia.

El hombre que parecía conocer los secretos de los siglos acababa de comprender que el tiempo ya no jugaba a su favor.

—¿Qué significa que encontraron el primer Santuario? —preguntó Valtheris.

Maelis tardó en responder.

Sus ojos permanecían fijos sobre la grieta abierta en el cielo de la fortaleza.

Al otro lado, los incontables ojos escarlata seguían observando.

Esperaban.

Siempre esperaban.

—Antes del nacimiento del Velo —comenzó finalmente— existían siete lugares donde fue preservada la esencia del equilibrio.

Con un leve movimiento de su mano, el espacio frente a ellos comenzó a transformarse.

La fortaleza desapareció.

No físicamente.

Solo ante sus ojos.

En su lugar apareció un mapa inmenso suspendido en el aire.

No era un mapa moderno.

Los continentes brillaban con colores vivos.

Los océanos respiraban.

Las montañas parecían moverse lentamente.

Europa ocupaba el centro.

Sobre ella comenzaron a encenderse siete puntos de luz.

Cada uno latía con un ritmo diferente.

—Estos son los Santuarios Primordiales.

Uno de los puntos se apagó.

El mapa entero tembló.

Una tenue sombra comenzó a extenderse desde aquel lugar hacia los demás.

Elderon bajó lentamente la cabeza.

—El Santuario de las Cenizas Silentes…

Su voz apenas fue un susurro.

Valtheris observó el punto extinguido.

Sintió un vacío extraño.

Como si jamás hubiera estado allí y, aun así, acabara de perder algo profundamente suyo.

—¿Qué protegía ese lugar?

Maelis respiró profundamente.

—El Primer Recuerdo.

El muchacho frunció el ceño.

—No entiendo.

—Todo cuanto existe posee memoria.

Los hombres.

Las ciudades.

Los árboles.

Los ríos.

Las montañas.

Incluso la magia.

Cuando nació el Velo, los siete recuerdos más importantes del mundo fueron separados para impedir que alguien pudiera controlar toda la creación.

Cada Santuario custodiaba uno.

Valtheris permaneció en silencio.

La idea resultaba inmensa.

Casi imposible.

—¿Y ahora?

Maelis levantó la vista.

—Ahora alguien ha recuperado el primero.

El silencio volvió a envolver la sala.

Entonces Elderon habló.

—Si reúnen los siete…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Todos comprendían el desenlace.

El mapa desapareció lentamente.

La fortaleza volvió a revelarse.

Los Custodios permanecían inmóviles.

Continuaban esperando órdenes desde la grieta.

De pronto, uno de ellos levantó lentamente la cabeza.

Por primera vez desde su aparición, habló con una voz propia.

No era la voz múltiple del vacío.

Era una voz individual.

Grave.

Antigua.

—El Portador del Primer Recuerdo desea conversar.

Maelis dio un paso al frente.

—No hay nada que conversar.

El Custodio permaneció inmóvil.

—Aun así…

Extendió lentamente una mano.

Sobre su palma apareció una esfera negra.

En su interior comenzaron a formarse imágenes.

Primero humo.

Después llamas.

Finalmente un rostro.

Valtheris sintió un estremecimiento.

Era el mismo par de ojos escarlata que había despertado bajo las ruinas.

Ahora podía ver el resto del rostro.

Un hombre.

De facciones nobles.

Cabello completamente oscuro.

Piel extremadamente pálida.

Vestía una armadura negra atravesada por grietas rojas que parecían contener lava.

No sonreía.

No necesitaba hacerlo.

Su sola presencia llenaba el espacio.

Cuando habló, su voz sonó tranquila.

Demasiado tranquila.

—Ha pasado mucho tiempo, Maelis.

Maelis sostuvo su mirada.

—Más del que debió haber pasado, Rheon.

Valtheris sintió que el nombre vibraba dentro de él.

Rheon.

El segundo nombre que había aparecido en el monolito.

El hombre inclinó apenas la cabeza.

—Veo que el Heredero finalmente despertó.

Sus ojos se dirigieron hacia Valtheris.

No había odio.

Había curiosidad.

Como la de un estudioso contemplando un manuscrito perdido.

—Has heredado los ojos de ella.

Aquellas palabras desconcertaron al muchacho.

—¿La conociste?

Rheon guardó silencio unos segundos.

Después respondió.

—Muchísimo antes de que nacieras.

Maelis intervino inmediatamente.

—No escucharás una sola palabra más.

La imagen sonrió apenas.

—Siempre tan protector.

Elderon avanzó también.

—¿Qué buscas?

Rheon no apartó la vista de Valtheris.

—La misma respuesta que ustedes.

—¿Cuál?

—Saber si el último heredero será digno del sacrificio que costó traerlo al mundo.

Las palabras atravesaron el pecho de Valtheris.

Sacrificio.

Todos hablaban de sacrificios.

Nadie los explicaba.

Rheon pareció advertir su confusión.

—No te han contado nada.

Maelis extendió inmediatamente la mano.

La esfera comenzó a agrietarse.

Pero antes de desaparecer, Rheon alcanzó a pronunciar una última frase.

—Pregúntale quién sostuvo tu corazón cuando dejaste de latir el día en que naciste.




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