La Voz Encadenada
La voz volvió a escucharse.
Más tenue.
Más lejana.
Como si atravesara incontables capas de piedra, tiempo y memoria antes de alcanzar el interior de la fortaleza.
—…Valtheris…
El muchacho sintió que el mundo desaparecía a su alrededor.
No veía el monolito.
No veía a Maelis.
No veía a Elderon.
Solo existía aquella voz.
Era imposible describirla.
No poseía únicamente un sonido.
Transmitía una calidez olvidada, la misma que había sentido alguna vez en brazos de alguien cuyo rostro la memoria infantil jamás logró conservar.
Su corazón comenzó a latir con una fuerza desconocida.
La marca de su palma respondió inmediatamente.
La grieta luminosa volvió a abrirse.
Esta vez no desprendió fuego ni destellos.
Desprendió pequeñas partículas semejantes a pétalos de cristal.
Cada una flotaba lentamente hacia el monolito.
A medida que lo tocaban, las grietas de la enorme piedra comenzaban a ensancharse.
Elderon dio un paso al frente.
—No…
Su voz estaba cargada de preocupación.
—Si continúa…
Maelis levantó una mano.
El anciano guardó silencio.
Ambos comprendían que ya era imposible detener el proceso.
No sin herir al propio Valtheris.
El muchacho caminó lentamente hacia el monolito.
Cada paso despertaba antiguas inscripciones ocultas bajo el suelo.
Símbolos que nadie había visto desde la fundación de la fortaleza.
Las runas comenzaron a girar alrededor de él formando siete círculos concéntricos.
El símbolo de la Séptima Llave descendió lentamente hasta situarse sobre su cabeza.
Tres de sus líneas comenzaron a iluminarse.
Elderon sintió un escalofrío.
—Está despertando demasiado deprisa…
Maelis permanecía inmóvil.
Su mirada nunca abandonaba al joven.
—No es él quien está despertando.
El anciano lo observó sorprendido.
—Entonces…
—Es ella quien está encontrando el camino.
La piedra emitió un nuevo latido.
Toda la fortaleza respondió.
Las columnas recuperaron por completo su antigua grandeza.
El techo volvió a cerrarse.
La grieta que comunicaba con el océano de ojos escarlata comenzó a reducirse lentamente.
Los Custodios del Olvido retrocedieron.
No por voluntad propia.
Algo mucho más poderoso los obligaba.
La fortaleza estaba recuperando la autoridad que había perdido siglos atrás.
Entonces ocurrió.
La superficie del monolito dejó de ser piedra.
Se transformó en un espejo líquido.
Valtheris pudo verse reflejado.
Pero no estaba solo.
Detrás de él aparecía la figura de una mujer.
Cabellos plateados.
Vestiduras blancas.
Ojos del mismo color cambiante que los de Maelis.
La misma mujer que había visto a través de la puerta de agua.
Esta vez su imagen era completamente nítida.
Sonreía con una ternura infinita.
Lentamente levantó una mano.
Valtheris hizo lo mismo por instinto.
Las palmas quedaron enfrentadas.
Separadas únicamente por aquella superficie líquida.
En el instante en que ambas estuvieron a punto de tocarse, una corriente de energía atravesó toda la fortaleza.
Las imágenes comenzaron a inundar la mente del muchacho.
Ya no eran fragmentos.
Eran recuerdos completos.
Se vio a sí mismo.
No como era ahora.
Como un recién nacido.
Envuelto en un manto azul oscuro bordado con siete estrellas doradas.
La mujer lo sostenía entre sus brazos.
Cantaba una melodía antigua.
Muy cerca permanecía un hombre cuya silueta no lograba distinguir.
Solo veía una larga capa blanca.
Y una espada envainada.
Maelis.
Mucho más joven.
Mucho más sereno.
Los tres contemplaban al pequeño niño.
La mujer acariciaba su frente.
—Nuestro tiempo termina…
Su voz estaba llena de tristeza.
Maelis inclinó lentamente la cabeza.
—Lo sé.
—¿Prometes protegerlo?
El hombre cerró los ojos.
—Con mi vida.
Ella sonrió.
Después besó la frente del bebé.
Una lágrima cayó sobre la pequeña mano del niño.
Justo sobre la marca que aún no había despertado.
Entonces todo comenzó a temblar.
La habitación donde se encontraban era enorme.
Construida en mármol blanco.
Alrededor ardían inmensas columnas de fuego azul.
Fuera podía escucharse el estruendo de una batalla.
Explosiones.
Espadas.
Gritos.
Algo gigantesco rugía en la distancia.
Las puertas del salón comenzaron a resquebrajarse.
La mujer abrazó con más fuerza al niño.
—Han llegado…
Maelis desenvainó lentamente su espada.
Por primera vez Valtheris pudo verla.
No estaba hecha de metal.
Parecía tallada en luz sólida.
En su hoja brillaban siete símbolos idénticos al de la Séptima Llave.
La puerta explotó.
Una oleada de oscuridad inundó la estancia.
Valtheris intentó distinguir a los atacantes.
Pero solo alcanzó a ver incontables sombras avanzando.
Y, detrás de ellas…
Una figura inmóvil.
Rheon.
No llevaba armadura.
Vestía completamente de blanco.
Su expresión estaba llena de dolor.
No parecía dirigir el ataque.
Parecía lamentarlo.
La visión cambió bruscamente.
Ahora la mujer corría.
Llevaba al bebé entre sus brazos.
Maelis abría un enorme portal de luz.
—No hay tiempo.
Ella se volvió por última vez.
Miró al hombre.
Sus labios temblaban.
—Dile que nunca estuvo solo.
Después atravesó el portal.
Todo desapareció.
Valtheris cayó de rodillas.
Las lágrimas descendían sin control.
Aquellos recuerdos eran demasiado intensos.
Demasiado reales.
Sentía todavía el calor del abrazo.
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Editado: 05.07.2026