La Llama del Juramento
El colgante permanecía inmóvil sobre la palma de Valtheris.
Su cristal era tan transparente que parecía inexistente, pero en su interior ardía una diminuta llama azul que jamás vacilaba. No consumía combustible alguno. No producía humo. Era una combustión nacida de algo infinitamente más antiguo que el fuego.
Toda la fortaleza había enmudecido.
Incluso los Custodios del Olvido permanecían inmóviles.
Sus máscaras lisas estaban dirigidas hacia aquella pequeña reliquia con una mezcla de respeto y cautela que Valtheris jamás habría imaginado posible en criaturas semejantes.
Fue Elderon quien rompió el silencio.
—Hace más de mil años… creí que nunca volvería a verla.
Su voz sonaba distinta.
Había nostalgia.
Había culpa.
Y también alivio.
Valtheris levantó lentamente la vista.
—¿Qué es exactamente?
Maelis respondió antes que el anciano.
—Es una promesa.
El muchacho frunció el ceño.
—Parece un colgante.
—Su forma cambió con los siglos. Su esencia nunca.
La pequeña llama comenzó a palpitar.
Cada latido respondía al corazón de Valtheris.
Uno.
Después otro.
Y otro más.
Hasta que ambos ritmos fueron idénticos.
El joven sintió una corriente recorrer su brazo.
No quemaba.
Reconfortaba.
Era semejante al abrazo de alguien cuya presencia había añorado durante toda su vida sin saberlo.
Entonces escuchó una voz.
No provenía del exterior.
Nacía dentro de la llama.
Era apenas un susurro.
“…Nunca estás solo…”
Valtheris abrió los ojos con brusquedad.
Miró a Maelis.
Después a Elderon.
Ninguno había hablado.
La voz pertenecía al colgante.
Una lágrima descendió por su mejilla sin que pudiera evitarlo.
Había reconocido aquella dulzura.
Era la misma voz que lo había llamado desde el interior del monolito.
Su madre.
Apretó con fuerza el colgante.
Por primera vez desde que todo había comenzado, sintió que una parte del inmenso vacío que llevaba dentro encontraba un lugar donde descansar.
Pero aquel instante de paz duró muy poco.
La fortaleza emitió un nuevo latido.
Mucho más violento que los anteriores.
Las paredes comenzaron a vibrar.
El enorme monolito volvió a resquebrajarse.
Esta vez las grietas no liberaban luz.
Liberaban oscuridad.
No era la misma oscuridad de los Custodios.
Era algo más antiguo.
Más profundo.
Como si una herida invisible comenzara a abrirse dentro del propio recuerdo del mundo.
Maelis dio un paso adelante.
Su expresión se endureció.
—Han comenzado.
Elderon comprendió inmediatamente.
—¿Tan pronto?
—Más pronto de lo que imaginábamos.
Los Custodios levantaron lentamente sus cabezas.
Por primera vez desde la llegada de Maelis no parecían enemigos.
Parecían testigos.
Esperaban la llegada de algo que ni siquiera ellos podían controlar.
El aire comenzó a enfriarse.
Las partículas luminosas suspendidas en la sala fueron apagándose una tras otra.
El techo de cristal dejó de reflejar constelaciones.
En su lugar apareció un cielo completamente blanco.
Vacío.
Silencioso.
Valtheris sintió un estremecimiento.
Aquella ausencia resultaba mucho más inquietante que cualquier sombra.
Entonces el colgante reaccionó.
La pequeña llama azul creció apenas unos centímetros.
Un círculo luminoso envolvió al muchacho.
Las antiguas runas del suelo comenzaron a responder.
Una tras otra.
Como si reconocieran nuevamente al portador legítimo.
Maelis observó el fenómeno con atención.
—No permitas que la llama abandone tu mano.
—¿Por qué?
—Porque ella te eligió.
Valtheris permaneció inmóvil.
—¿Puede elegir?
Maelis sonrió con una tristeza casi imperceptible.
—Las reliquias nacidas del Primer Juramento nunca pertenecieron a nadie.
Siempre eligieron.
Elderon añadió en voz baja:
—Y jamás se equivocaron.
La afirmación quedó suspendida.
Entonces la llama proyectó una imagen sobre el aire.
No era un recuerdo.
Era un mapa.
Un mapa distinto del que habían visto antes.
Mostraba Europa moderna.
Carreteras.
Ferrocarriles.
Ciudades iluminadas.
Satélites.
Todo cuanto pertenecía al presente.
Pero debajo aparecía otra red.
Invisible.
Miles de líneas doradas recorrían el continente uniendo montañas, catedrales, bosques, castillos y lagos.
Cada línea latía como una arteria.
Valtheris quedó maravillado.
—¿Qué es eso?
Maelis levantó lentamente la vista.
—Los Caminos del Alba.
—Nunca los había visto.
—Porque permanecieron ocultos durante siglos.
La llama volvió a palpitar.
Uno de los caminos comenzó a iluminarse con mayor intensidad.
Partía desde la fortaleza.
Atravesaba bosques, montañas y antiguas ciudades.
Terminaba muy lejos.
En un lugar donde el mapa parecía incompleto.
Como si alguien hubiera arrancado ese fragmento de la realidad.
Elderon respiró profundamente.
—El Bosque de Veyr…
Valtheris repitió el nombre.
—Veyr…
Algo volvió a estremecerse dentro de él.
Era la tercera vez que un lugar desconocido despertaba una emoción imposible de explicar.
Maelis siguió observando el mapa.
—Allí permanece el segundo Santuario.
El joven levantó la cabeza.
—Entonces debemos ir.
—Sí.
—¿Qué esperamos?
Ninguno respondió.
Fue el silencio quien contestó.
Porque todos comprendían el mismo problema.
Abandonar la fortaleza significaba exponer al Heredero.
Los Custodios seguían aguardando.
Y detrás de ellos…
Rheon.
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Editado: 05.07.2026