Valtheris

Capítulo 12

La Guardiana del Bosque de Veyr

El nombre permaneció suspendido en el aire.

—Niah…

Maelis apenas lo había pronunciado, pero bastó para que todo el Salón de las Memorias Perdidas respondiera.

Las miles de esferas cristalinas vibraron al unísono.

No se rompieron.

Cantaron.

Era un sonido delicado, semejante al roce de incontables campanas de cristal movidas por una brisa que no pertenecía a aquel mundo.

Valtheris volvió la vista hacia Maelis.

Jamás había escuchado aquel nombre.

Y, sin embargo, sintió que algo dentro de él acababa de despertar.

No era un recuerdo.

Era una esperanza.

Las imágenes suspendidas sobre el continente europeo comenzaron a modificarse.

El Bosque de Veyr adquirió un brillo diferente al resto del mapa.

No era simplemente un bosque.

Desde las alturas parecía una inmensa espiral de árboles antiguos cuyas copas ocultaban un complejo entramado de senderos invisibles. Ríos de luz recorrían su interior como si la propia tierra respirara.

Entonces una de las esferas descendió lentamente hasta situarse frente a Valtheris.

No era una de las que mostraban recuerdos.

Su superficie permanecía completamente opaca.

El pequeño pájaro de fuego azul revoloteó alrededor de ella y emitió un canto breve.

La esfera respondió.

Su superficie se volvió transparente.

Una imagen apareció en su interior.

Era la misma joven que había salido de la puerta de piedra.

Cabellos largos y oscuros que caían como una cascada sobre una túnica verde atravesada por delicados bordados plateados.

Su rostro conservaba una belleza serena, pero sus ojos color ámbar revelaban la carga de innumerables responsabilidades.

No parecía mayor que Valtheris.

Y, sin embargo, había en su mirada una madurez imposible de fingir.

La escena comenzó a moverse.

La joven caminaba entre árboles colosales.

No utilizaba senderos.

El propio bosque apartaba sus raíces para abrirle paso.

Las ramas descendían a su alrededor como si la saludaran.

Las hojas cambiaban de color al sentir su presencia.

Valtheris observaba fascinado.

—¿Quién es?

Maelis respondió con absoluta calma.

—La última Guardiana de Veyr.

—¿La conoces?

Durante unos segundos, el hombre permaneció en silencio.

—La conocí cuando el mundo aún era diferente.

Elderon lo observó de reojo.

Comprendía perfectamente lo que aquella respuesta ocultaba.

Habían pasado siglos.

Demasiados.

Si Niah seguía viva, significaba que también ella había pagado un precio inmenso para permanecer aguardando el cumplimiento de la profecía.

Valtheris volvió la vista hacia la esfera.

La joven se había detenido frente a un lago completamente inmóvil.

Su superficie reflejaba un cielo distinto al que había sobre ella.

En el agua podían verse constelaciones desconocidas.

Niah cerró lentamente los ojos.

Apoyó una mano sobre el lago.

Las ondas comenzaron a expandirse.

De pronto, el reflejo cambió.

Ahora mostraba el rostro de Valtheris.

Ella sonrió.

Era una sonrisa tenue.

Llena de alivio.

Como si acabara de confirmar algo que llevaba demasiado tiempo esperando.

—Por fin… —susurró.

La imagen desapareció.

El silencio regresó.

Valtheris sintió una extraña emoción.

No conocía a aquella muchacha.

Pero tampoco le resultaba una desconocida.

Era una sensación semejante a la que había experimentado al escuchar por primera vez la voz de su madre.

No era reconocimiento racional.

Era memoria del corazón.

Antes de que pudiera expresar aquella sensación, el colgante volvió a emitir un tenue resplandor.

La Llama del Juramento salió nuevamente del cristal.

Esta vez no adoptó la forma del pequeño pájaro.

Se transformó en siete diminutas chispas.

Cada una comenzó a girar lentamente alrededor de la Llave de Elyr.

Maelis observó el fenómeno con atención.

—Está reaccionando.

—¿A qué? —preguntó Valtheris.

—A la proximidad del siguiente Santuario.

Elderon frunció el ceño.

—Eso no debería ser posible desde aquí.

Maelis levantó lentamente la vista.

—Nada de lo que está ocurriendo debería ser posible.

Aquellas palabras quedaron suspendidas.

La fortaleza emitió otro latido.

Pero esta vez no provenía del monolito.

Provenía del propio salón.

Las raíces luminosas que descendían desde el cielo comenzaron a moverse.

Lentamente.

Como si buscaran algo.

Todas convergieron sobre el pedestal donde Valtheris sostenía la Llave de Elyr.

Cuando la primera raíz tocó la llave, una corriente de imágenes atravesó la mente del muchacho.

No eran recuerdos personales.

Eran mapas.

Rutas.

Caminos ocultos que atravesaban Europa sin aparecer en ningún plano humano.

Bosques invisibles.

Puentes construidos entre montañas.

Túneles excavados bajo antiguas catedrales.

Ríos subterráneos donde el agua brillaba con luz propia.

Y una única ruta destacaba sobre todas las demás.

Conducía directamente al Bosque de Veyr.

Valtheris respiró profundamente.

Comprendía cada sendero.

Cada giro.

Como si hubiera recorrido aquel camino incontables veces.

Las imágenes desaparecieron.

—Ya conozco el camino.

Elderon sonrió con una mezcla de orgullo y melancolía.

—No lo aprendiste.

Lo recordaste.

Maelis permanecía inmóvil.

Había algo que seguía preocupándolo.

Observó nuevamente el mapa suspendido sobre Europa.

Las manchas oscuras continuaban extendiéndose.

Demasiado deprisa.

Entonces advirtió un detalle que antes había pasado desapercibido.

Las sombras no avanzaban al azar.

Seguían exactamente los mismos Caminos del Alba.




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