Valtheris

Capítulo 13

El Umbral del Bosque Viviente

El primer árbol cayó sin que nadie lo tocara.

No se quebró por el peso del tiempo ni por la violencia del viento. Sus raíces se desprendieron de la tierra con un lamento profundo, como si el propio bosque sintiera un dolor que llevaba siglos sin experimentar.

Niah permaneció inmóvil.

La espada cristalina descansaba frente a ella, apuntando hacia el suelo cubierto de hojas plateadas.

Su respiración era pausada.

Sus ojos color ámbar seguían cada movimiento de la figura envuelta en el manto negro.

No necesitaba verla con claridad.

Conocía aquella presencia.

Demasiado bien.

La niebla comenzó a retirarse lentamente, como si incluso ella evitara permanecer cerca del recién llegado.

Los árboles inclinaban sus ramas.

Los pájaros habían dejado de cantar.

Los pequeños arroyos que recorrían Veyr disminuyeron su caudal hasta quedar completamente inmóviles.

Todo el bosque aguardaba.

El desconocido dio un paso.

Bastó uno.

Las hojas verdes bajo sus pies adquirieron un tono gris ceniza.

La vida parecía retirarse lentamente de cuanto rozaba su presencia.

Niah rompió el silencio.

—No esperaba volver a encontrarte.

La figura se detuvo.

Su voz surgió grave, serena, casi melancólica.

—Yo tampoco deseaba este regreso.

Aquellas palabras sorprendieron incluso al propio bosque.

No había desafío en ellas.

Había cansancio.

Un cansancio inmenso.

Niah sostuvo con firmeza la empuñadura de su espada.

—Entonces márchate.

—No puedo.

—Siempre existe una elección.

El desconocido guardó silencio durante varios segundos.

Finalmente levantó lentamente la cabeza.

El borde del manto dejó entrever parte de su rostro.

Piel extremadamente pálida.

Cabello oscuro.

Y unos ojos grises cargados de una tristeza imposible de describir.

No eran los ojos escarlata que Valtheris había visto a través de la grieta.

Aquellos pertenecían a otro ser.

O quizá…

Al mismo hombre antes de convertirse en aquello que ahora era.

—Las elecciones terminaron hace mucho tiempo, Niah.

Ella bajó apenas la mirada.

Conocía perfectamente el significado de aquella respuesta.

Durante un instante recordó un pasado que llevaba siglos intentando olvidar.

Los dos caminando entre aquellos mismos árboles.

Riendo.

Entrenando con espadas de madera.

Discutiendo sobre quién alcanzaría primero el Gran Claro de Elyr.

Un tiempo en el que el bosque conocía únicamente la paz.

La imagen desapareció.

El presente volvió con la misma dureza.

—¿Qué buscas?

El hombre respondió sin vacilar.

—La segunda Llave.

Niah negó lentamente.

—Llegas tarde.

Por primera vez, una leve expresión apareció en el rostro del desconocido.

No era sorpresa.

Era resignación.

—Entonces… él ha despertado.

Niah no respondió.

No hacía falta.

El silencio confirmó la respuesta.

El hombre cerró los ojos.

Una única hoja cayó sobre su hombro.

No se marchitó.

Permaneció verde.

Como si el bosque todavía recordara quién había sido antes de que la oscuridad reclamara parte de su alma.

Abrió nuevamente los ojos.

Ahora brillaban con un tenue resplandor rojizo.

Muy leve.

Casi imperceptible.

—¿Está preparado?

La pregunta tomó a Niah por sorpresa.

No esperaba escuchar preocupación en su voz.

—Todavía no.

—Entonces el tiempo nos ha derrotado.

El viento volvió a recorrer lentamente el bosque.

Muy lejos de allí, ocultos entre los árboles, centenares de pequeñas luces comenzaron a aparecer.

Parecían luciérnagas.

Pero eran demasiado grandes.

Demasiado ordenadas.

Niah las vio inmediatamente.

Su expresión cambió.

—Nos encontraron.

El hombre giró lentamente.

También las observó.

Las luces comenzaron a multiplicarse.

Decenas.

Luego cientos.

Hasta formar una inmensa espiral luminosa entre los árboles.

Pero aquella luz no pertenecía al bosque.

Era una imitación.

Una copia imperfecta.

El desconocido respiró profundamente.

—No vienen por mí.

Niah asintió.

—Nunca vinieron por ti.

Las primeras figuras comenzaron a emerger de entre la vegetación.

Vestían largas túnicas negras.

No llevaban armaduras.

No portaban lanzas.

Sus rostros permanecían completamente cubiertos por máscaras de porcelana blanca donde únicamente estaban dibujados unos ojos cerrados.

Cada uno sostenía una pequeña campana plateada.

Ninguno hablaba.

Ninguno caminaba con prisa.

Avanzaban con la serenidad de quienes saben que el tiempo juega a su favor.

El hombre del manto negro dio un paso atrás.

Por primera vez parecía realmente inquieto.

—Los Silentes…

Niah sintió un escalofrío.

No esperaba que aparecieran tan pronto.

Durante siglos nadie había vuelto a verlos.

Ni siquiera Elderon conservaba registros completos sobre ellos.

Las campanas comenzaron a sonar.

No producían ruido.

Producían ausencia.

Cada repique apagaba un sonido del bosque.

Primero desapareció el murmullo del viento.

Después el agua.

Luego el crujido de las hojas.

Finalmente incluso la respiración parecía desvanecerse.

El silencio absoluto comenzó a extenderse como una enfermedad invisible.

Niah levantó inmediatamente su espada.

La hoja cristalina emitió una intensa luz dorada.

El bosque respondió.

Miles de raíces emergieron del suelo formando un inmenso círculo protector.

Los árboles comenzaron a desplazarse lentamente.

No caminaban.

Reorganizaban el propio bosque.

Los senderos cambiaban.




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