La Devoradora de Auras
El bosque enmudeció.
No era un silencio natural.
Era una ausencia absoluta de existencia.
Las hojas dejaron de caer.
El viento se extinguió.
Las aguas cristalinas que atravesaban Veyr quedaron inmóviles como si el tiempo hubiera abandonado aquel lugar.
Incluso la luz del amanecer pareció detenerse entre las copas de los árboles.
Niah permanecía inmóvil.
La espada de cristal seguía firme entre sus manos.
Su respiración era pausada.
Solo sus ojos revelaban la magnitud del peligro.
Frente a ella, la figura sostenía el bastón de madera negra sin realizar el menor movimiento.
No necesitaba hacerlo.
Su sola presencia alteraba el equilibrio del bosque.
La pequeña llama negra suspendida sobre el bastón no emitía calor.
Consumía luz.
Cada segundo parecía devorar el brillo del mundo.
El hombre del manto oscuro dio un paso adelante.
No hacia Niah.
Hacia aquella figura.
—No deberías haber despertado todavía.
Los ojos completamente blancos se posaron sobre él.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en el rostro de la recién llegada.
No transmitía crueldad.
Transmitía una serenidad aterradora.
—No fui yo quien despertó.
Su voz era extraña.
Sonaba joven y anciana al mismo tiempo.
Como si incontables voces hablaran desde una única garganta.
—Fue él.
Al pronunciar aquella última palabra, la llama negra vibró.
Muy lejos de allí, el colgante que llevaba Valtheris sobre el pecho respondió inmediatamente.
La pequeña Llama del Juramento comenzó a arder con una intensidad desconocida.
El muchacho llevó instintivamente una mano hacia el cristal.
—Maelis…
El antiguo guardián ya había sentido la perturbación.
Se detuvo en medio del corredor oculto.
Durante un instante cerró los ojos.
Respiró profundamente.
Después los abrió lentamente.
Su serenidad habitual había desaparecido.
—Ella ha cruzado el Velo.
Elderon sintió que un escalofrío recorría toda su espalda.
No necesitó preguntar de quién hablaba.
Solo existía una presencia capaz de provocar semejante reacción.
—¿Azhara?
Maelis asintió.
Su voz apenas fue un susurro.
—La Devoradora de Auras.
Valtheris observó a ambos.
El nombre le resultaba completamente desconocido.
Sin embargo, el simple hecho de escucharlo provocó un dolor agudo detrás de sus ojos.
Como si algún recuerdo profundamente enterrado luchara por salir.
—¿Quién es?
Elderon permaneció en silencio.
Fue Maelis quien respondió.
—Algunos enemigos destruyen ciudades.
Otros conquistan reinos.
Ella consume aquello que hace únicos a los seres vivos.
Valtheris frunció el ceño.
—No entiendo.
—No roba la vida.
Roba el alma.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
El muchacho sintió que el corredor se volvía más frío.
Maelis continuó caminando.
Pero su paso había cambiado.
Era más rápido.
Más decidido.
—Hace incontables siglos existía una guardiana cuyo don consistía en preservar la energía vital del mundo.
Protegía la armonía entre la magia y los seres vivos.
Era una de las más sabias de nuestra Orden.
Valtheris escuchaba atentamente.
—¿Qué ocurrió?
Maelis tardó varios segundos en responder.
Su voz sonó cargada de tristeza.
—Intentó salvar a alguien a quien amaba.
El silencio respondió por todos.
No hacía falta añadir más.
Había fracasado.
—Para evitar perderlo… utilizó un poder prohibido.
La energía destinada a proteger la vida comenzó a alimentarse de ella.
Después de quienes la rodeaban.
Después del propio mundo.
Cada aura que absorbía la volvía más poderosa.
Y cada nuevo poder la alejaba un poco más de quien había sido.
Valtheris bajó lentamente la mirada.
—Entonces…
—Azhara dejó de existir.
Solo permaneció la Devoradora de Auras.
El muchacho guardó silencio.
Por primera vez comprendía que incluso los mayores monstruos podían haber comenzado siendo personas extraordinarias.
En el Bosque de Veyr, la mujer avanzó un solo paso.
Las raíces retrocedieron.
No porque ella las destruyera.
Porque la vida que las animaba desaparecía antes de alcanzarla.
Las flores se convertían en polvo.
La hierba perdía su color.
Los árboles envejecían décadas en cuestión de segundos.
Niah mantuvo firme su posición.
No retrocedió.
—No permitiré que atravieses Veyr.
Azhara la observó con una mezcla de curiosidad y compasión.
—Todavía hablas como ellos.
—Porque aún creo en aquello por lo que dieron la vida.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Azhara.
—Ellos también creían.
El hombre del manto oscuro intervino antes de que el enfrentamiento comenzara.
—Azhara.
Ella volvió apenas la cabeza.
—¿Qué deseas, Rheon?
El nombre quedó suspendido entre los árboles.
Niah observó al hombre.
Había llegado el momento en que Valtheris conocería la verdad.
Rheon.
No era un emisario.
No era un general.
Era el mismo hombre que aparecía detrás de los Custodios.
El mismo cuyo nombre había surgido en el monolito.
Rheon dio otro paso.
—No hemos venido a destruir el bosque.
Azhara sostuvo su mirada.
—No.
—Solo necesitamos la Segunda Llave.
Niah respondió inmediatamente.
—Jamás la encontrarán.
Azhara volvió lentamente la vista hacia ella.
—Ya la hemos encontrado.
El bosque entero pareció estremecerse.
La Guardiana comprendió que aquellas palabras escondían algo mucho más peligroso de lo que aparentaban.
Azhara levantó lentamente el bastón.
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Editado: 13.07.2026