Valtheris

Capítulo 16

El Juramento de Kael

El nombre quedó suspendido entre ambos mundos.

—Kael…

Maelis apenas había logrado pronunciarlo.

Durante unos instantes nadie se movió.

El portal permanecía abierto, mostrando el sendero que conducía al Bosque de Veyr, pero el tiempo parecía haberse detenido alrededor de aquella figura.

Valtheris no podía apartar la vista de él.

Había algo imposible de explicar.

No era únicamente el parecido de sus ojos.

Era la manera en que permanecía de pie.

La serenidad de su respiración.

La firmeza con que sostenía la espada blanca apoyada sobre el suelo.

Todo resultaba extrañamente familiar.

Como si contemplara un reflejo de sí mismo muchos años en el futuro.

Kael sonrió apenas.

No era una sonrisa de alegría.

Era la de alguien que había esperado un encuentro durante tanto tiempo que, al verlo hacerse realidad, había olvidado cómo reaccionar.

—Has cambiado mucho… —susurró.

Valtheris sintió un nudo en la garganta.

Aquellas palabras parecían dirigidas a un hijo.

O a un discípulo.

No conseguía comprender por qué le provocaban tanta emoción.

Fue Elderon quien rompió el silencio.

—Maelis… ¿quién es?

El antiguo Guardián permanecía inmóvil.

Sus ojos reflejaban un conflicto que llevaba siglos ocultando.

Finalmente respondió.

—Uno de los Siete Juramentados.

Elderon perdió el aliento.

Los Siete Juramentados pertenecían a las historias más antiguas de la Orden.

Se decía que habían sido los primeros en ofrecer su vida para sellar el Velo.

Ningún manuscrito afirmaba que alguno hubiera sobrevivido.

—Eso es imposible…

Kael bajó lentamente la cabeza.

—Hace mucho tiempo que la palabra “imposible” dejó de tener sentido para nosotros.

Valtheris dio un paso adelante.

—¿Me conoces?

Kael levantó la vista.

Sus ojos plateados se humedecieron apenas.

—Mucho antes de que aprendieras a caminar.

El corazón del muchacho comenzó a latir con violencia.

Otra vez.

Siempre la misma sensación.

Todos parecían haber formado parte de su vida antes de que él pudiera recordarla.

—¿Quién eres para mí?

Kael no respondió.

Miró a Maelis.

Como si esperara su permiso.

El anciano cerró lentamente los ojos.

Había llegado otro de esos momentos que llevaba años intentando retrasar.

—Puedes decirle una parte.

Solo una.

Kael asintió.

Volvió la vista hacia Valtheris.

—Fui quien hizo el primer juramento sobre tu cuna.

La Llave de Elyr vibró.

El colgante respondió con una luz azul.

Y la Llama del Juramento apareció nuevamente convertida en el pequeño pájaro de fuego.

El ave abandonó el hombro de Valtheris y fue directamente hacia Kael.

Se posó sobre su brazo.

Lo observó durante unos segundos.

Después inclinó la cabeza, como si saludara a un viejo amigo.

Kael acarició suavemente su plumaje.

—También tú sobreviviste…

El pequeño fénix emitió un canto lleno de melancolía.

Valtheris observaba la escena sin comprender.

—¿Lo conocía?

—Él nació el mismo día que tú.

El muchacho frunció el ceño.

—¿Un ave?

Kael sonrió.

—No.

—Entonces…

—La llama.

Guardó silencio unos segundos.

—Cuando llegaste al mundo, siete llamas nacieron contigo.

Cada una fue confiada a un Guardián distinto.

Solo una logró regresar hasta ti.

Valtheris bajó lentamente la mirada hacia el colgante.

De pronto comprendió que aquel pequeño fuego no era una reliquia cualquiera.

Había recorrido siglos buscándolo.

Maelis dio un paso hacia el portal.

—No hay tiempo para el pasado.

Kael asintió.

Su expresión volvió a endurecerse.

—Lo sé.

Giró hacia el bosque.

Su voz cambió.

—Han entrado.

Niah ya no podrá contenerlos durante mucho más tiempo.

Las palabras hicieron desaparecer cualquier instante de calma.

Valtheris sujetó con fuerza la Llave de Elyr.

—Entonces vayamos.

Kael negó lentamente.

—No puedes cruzar todavía.

El joven lo miró sorprendido.

—¿Por qué?

Kael señaló el portal.

Solo entonces Valtheris advirtió un detalle inquietante.

El sendero del otro lado estaba cambiando.

Las hojas plateadas comenzaban a ennegrecerse.

Los árboles parecían desplazarse.

El bosque estaba alterando su propia estructura.

Maelis comprendió inmediatamente.

—Veyr nos está rechazando.

—No —respondió Kael—.

Nos está protegiendo.

Elderon observó el portal.

—¿De qué?

Kael levantó lentamente la espada blanca.

La hoja comenzó a reflejar imágenes.

No eran recuerdos.

Eran escenas que estaban ocurriendo en ese mismo instante.

Niah luchaba contra decenas de Silentes.

Su espada cristalina describía círculos de luz entre los árboles.

Cada golpe hacía florecer nuevas ramas.

Pero los enemigos seguían avanzando.

Detrás de ellos permanecía inmóvil Azhara.

No combatía.

Simplemente observaba.

Como si esperara el momento exacto.

Y, unos pasos detrás de ella…

Rheon.

No había desenvainado su espada.

Contemplaba el enfrentamiento con una tristeza que nadie parecía comprender.

Entonces la imagen cambió.

Mostró el corazón del bosque.

Un gigantesco árbol de corteza plateada.

Sus raíces descendían hacia las profundidades del mundo.

Su copa desaparecía entre las nubes.

En el centro del tronco existía una cavidad.

Vacía.

Kael señaló aquella imagen.

—Allí descansaba la Segunda Llave.

Valtheris sintió un escalofrío.

—¿Descansaba?

Kael asintió.

—Ya no está.

Todos quedaron en silencio.

Maelis dio un paso adelante.




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