Valtheris

Capítulo 19

El Santuario del Primer Roble

La sexta línea de la Séptima Llave continuó ardiendo sobre la cabeza de Valtheris.

No era una luz inmóvil.

Respiraba.

Cada pulsación parecía acompasarse con el latido profundo que ascendía desde las entrañas del mundo. La cámara entera vibró con una delicadeza solemne, como si las piedras comprendieran que estaban siendo testigos de un instante destinado a sobrevivir al paso de los siglos.

Valtheris levantó lentamente la vista.

Las seis líneas resplandecían con una intensidad distinta.

La primera emitía una luz dorada semejante al alba.

La segunda parecía hecha de plata líquida.

La tercera recordaba el azul del cielo después de una tormenta.

La cuarta irradiaba un verde profundo, como los bosques antiguos.

La quinta era blanca, pura e inmaculada.

La sexta…

La sexta no tenía un color definido.

Cambiaba constantemente.

Como si contuviera todos los matices del mundo.

—¿Qué significa? —preguntó en voz baja.

Maelis permaneció contemplando el símbolo.

Su respuesta llegó casi en un susurro.

—Cada sello representa una virtud que ningún poder puede imponer. Solo puede ser conquistada.

—¿Y cuál es la sexta?

Kael respondió antes que él.

—La compasión hacia quien ha caído.

Valtheris permaneció inmóvil.

Aquellas palabras despertaron inmediatamente la imagen de Azhara llorando frente a Elyr.

Después recordó a Rheon.

La tristeza de su mirada.

La tumba sin nombre.

Las dudas que ocultaba bajo el peso de sus decisiones.

Por primera vez comenzó a preguntarse si el enemigo podía ser únicamente aquello que parecía.

El pequeño fénix regresó desde el Umbral.

Su plumaje brillaba con mayor intensidad que antes.

Al posarse sobre el hombro del muchacho, apoyó suavemente la cabeza contra su cuello.

Valtheris sintió una corriente cálida recorrer su cuerpo.

No era magia.

Era confianza.

El ave también había elegido creer en él.

Entonces el Umbral volvió a cambiar.

Los incontables senderos luminosos comenzaron a desaparecer hasta quedar reducido a uno solo.

Un camino de hojas plateadas atravesaba un bosque envuelto por una neblina dorada.

Al final del sendero podía distinguirse un claro inmenso.

En su centro se alzaba un roble colosal.

Su tronco era tan ancho como una fortaleza.

Sus ramas sostenían miles de hojas cristalinas que reflejaban constelaciones desconocidas.

Maelis dio un paso adelante.

Su respiración se quebró.

—El Santuario del Primer Roble…

Elderon sintió un escalofrío.

Había leído sobre aquel lugar durante toda su vida.

Jamás creyó contemplarlo.

Kael inclinó lentamente la cabeza.

—El Umbral ya ha elegido vuestro destino.

Valtheris sostuvo con fuerza la Llave de Elyr.

—Entonces debemos partir.

Esta vez nadie lo contradijo.

Maelis apoyó una mano sobre su hombro.

—Recuerda esto.

El Santuario no juzga tu poder.

Juzga tu verdad.

El joven asintió.

Respiró profundamente.

Y dio el primer paso.

La superficie líquida del Umbral se abrió sin producir una sola onda.

Era como atravesar un recuerdo.

El aire cambió de inmediato.

Olía a tierra húmeda.

A lluvia reciente.

A hojas antiguas.

Cuando los cuatro cruzaron por completo, el portal desapareció detrás de ellos.

No quedaba rastro alguno del camino de regreso.

El Bosque de Veyr era diferente visto desde su interior.

No existían senderos rectos.

Los árboles cambiaban discretamente de posición.

Las raíces dibujaban nuevas rutas mientras ellos caminaban.

Era un bosque vivo.

Consciente.

Atento.

El pequeño fénix levantó vuelo.

No avanzaba al azar.

Seguía una dirección precisa.

Valtheris lo observaba maravillado.

Cada árbol parecía inclinar sus ramas cuando él pasaba.

Las flores abrían lentamente sus pétalos.

Incluso los animales abandonaban sus escondites para contemplarlo.

Un ciervo completamente blanco se aproximó sin miedo.

Apoyó suavemente el hocico sobre la mano del muchacho.

Después desapareció entre la vegetación.

Elderon sonrió.

—El bosque ya te reconoce.

Pero Maelis seguía inquieto.

Había algo extraño.

Demasiado silencio.

No se escuchaban los enfrentamientos.

Ni el sonido de las campanas de los Silentes.

Ni la espada de Niah.

Solo el murmullo del viento.

Kael también lo advirtió.

Desenvainó lentamente su espada blanca.

La hoja comenzó a emitir un tenue resplandor.

—No estamos solos.

Valtheris sintió inmediatamente la presencia.

No era hostil.

Pero sí inmensa.

Las hojas comenzaron a caer lentamente alrededor de ellos.

No descendían por efecto del viento.

Giraban formando una espiral.

Cada hoja emitía una diminuta luz dorada.

La espiral se elevó varios metros.

Después comenzó a adquirir forma.

Primero apareció un rostro.

Luego unos brazos.

Finalmente una figura completa.

Era un anciano de barba larguísima hecha de raíces entrelazadas.

Su piel parecía corteza viva.

En sus ojos brillaban las mismas luces doradas que Valtheris había visto en el Guardián Dormido.

Ninguno habló.

Fue el anciano quien rompió el silencio.

—Han pasado novecientos ochenta y siete años…

Su voz era pausada.

Profunda.

Como el sonido de un árbol movido por el viento.

—Creí que jamás volvería a recibir un Heredero.

Valtheris dio un paso al frente.

Sin saber por qué, inclinó respetuosamente la cabeza.

El anciano sonrió.

—La humildad sigue viva.

Eso es bueno.

Muy bueno.

Maelis observó la escena con emoción.




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