La Mano del Abismo
La hoja de cristal no cayó.
Flotó.
Descendió lentamente entre los presentes como una lágrima suspendida en el tiempo.
Todos siguieron su recorrido.
Valtheris extendió instintivamente una mano, pero antes de que pudiera alcanzarla, la hoja se detuvo a pocos centímetros de la gigantesca mano cubierta de escamas negras que emergía de la grieta.
En cuanto ambos estuvieron frente a frente, ocurrió lo imposible.
La hoja comenzó a marchitarse.
No se quebró.
No explotó.
Simplemente perdió su luz.
Su transparencia.
Su memoria.
En cuestión de segundos se transformó en un fragmento gris que el viento deshizo hasta convertirlo en polvo.
Ardan cerró lentamente los ojos.
Una profunda tristeza recorrió su antiguo rostro de corteza.
—Ha comenzado…
Su voz sonó infinitamente más vieja que unos instantes antes.
El Primer Roble tembló.
No por el peso de aquella presencia.
Por el recuerdo que acababa de despertar.
Las inmensas raíces comenzaron a moverse bajo el suelo.
Las hojas de cristal emitieron un sonido grave, semejante al de un inmenso órgano construido con la respiración del bosque.
Valtheris sintió el dolor del árbol.
No lo imaginó.
Lo sintió.
Era una herida viva que atravesaba todo Veyr.
A cientos de kilómetros de distancia, cada árbol del continente respondió al mismo tiempo.
Bosques ocultos.
Robledales olvidados.
Pequeños santuarios escondidos entre montañas.
Todos inclinaron sus ramas hacia el oeste.
Como si presentaran un silencioso homenaje al anciano que acababa de perder una parte de sí mismo.
La gigantesca mano continuó avanzando.
Después apareció el antebrazo.
Cubierto por escamas negras donde parecían moverse pequeñas grietas incandescentes.
No era piedra.
No era carne.
Era algo mucho más antiguo.
Algo nacido antes de que el mundo aprendiera a pronunciar la palabra vida.
Kael levantó inmediatamente su espada.
La hoja blanca respondió con un intenso resplandor.
Rheon hizo exactamente lo mismo.
Por primera vez desde que ambos se reencontraron, apuntaban sus armas hacia un mismo enemigo.
Maelis observó la escena.
Durante siglos había esperado volver a contemplar aquella imagen.
Los dos antiguos Juramentados luchando lado a lado.
Pero nunca imaginó que tendría que pagar un precio tan alto para presenciarla.
La voz volvió a surgir desde la grieta.
Esta vez más cercana.
Más profunda.
Más inmensa.
—Los hijos del recuerdo…
Todavía se aferran a un mundo que ya terminó.
Cada palabra hacía vibrar la realidad.
Las piedras comenzaban a agrietarse.
Las raíces perdían lentamente su color.
Incluso el aire parecía volverse más pesado.
Valtheris sintió que le costaba respirar.
El pequeño fénix abrió completamente las alas.
Su cuerpo volvió a crecer.
Ya no tenía el tamaño de un ave.
Era casi tan grande como un águila.
Su plumaje azul desprendía llamaradas blancas que protegían al muchacho de aquella presión insoportable.
Ardan levantó lentamente una mano.
Las raíces del Primer Roble comenzaron a envolver la grieta.
No para cerrarla.
Para contenerla.
—Todavía no puedes entrar.
La oscuridad respondió con una risa.
No era cruel.
Era paciente.
Como la certeza de quien sabe que el tiempo terminará dándole la razón.
—No necesito entrar.
Ya estoy despertando.
Entonces el suelo tembló.
No solo Veyr.
Todo el continente.
Valtheris cayó de rodillas.
La Llave de Elyr ardía entre sus manos.
El colgante parecía un pequeño sol.
Y, muy por debajo del Santuario, los inmensos ojos dorados del Guardián Dormido volvieron a abrirse.
Esta vez no permanecieron inmóviles.
Parpadearon.
Una sola vez.
Ese simple movimiento hizo que las montañas vibraran.
Los océanos alteraran sus mareas.
Los ríos cambiaran por un instante el sentido de su corriente.
Maelis sintió que las lágrimas acudían a sus ojos.
—Está despertando de verdad…
Elderon apenas podía sostenerse en pie.
Nunca había imaginado contemplar el nacimiento de una nueva era.
En el extremo opuesto del claro, Niah apareció atravesando la vegetación.
Su túnica estaba rasgada.
Su espada cristalina mostraba profundas grietas.
Su respiración era agitada.
Pero seguía avanzando.
Detrás de ella corrían los últimos guardianes del Bosque de Veyr.
Hombres y mujeres vestidos con mantos verdes bordados con hilos de plata.
No eran soldados.
Eran custodios de la vida.
Al ver a Valtheris, Niah se detuvo.
Durante unos segundos el mundo desapareció.
No existían la grieta.
Ni Azhara.
Ni la inmensa mano del abismo.
Solo sus miradas.
Los ojos ámbar de la joven se llenaron de una emoción que llevaba siglos conteniendo.
Valtheris sintió que el corazón reconocía antes que la memoria.
Se acercó lentamente.
Ninguno habló.
No hacía falta.
El pequeño fénix descendió hasta posarse entre ambos.
Emitió un canto dulce.
Las hojas del Primer Roble comenzaron a caer lentamente alrededor de ellos.
Niah levantó una mano.
Rozó apenas el rostro de Valtheris.
Como si necesitara asegurarse de que no era un sueño.
—Por fin…
Una sola lágrima descendió por su mejilla.
Valtheris no comprendía por qué sentía el mismo impulso.
Pero también lloró.
No de tristeza.
De regreso.
Como si una parte de su alma hubiera encontrado el camino de vuelta después de un larguísimo exilio.
Maelis observó la escena con una sonrisa serena.
Kael hizo lo mismo.
Incluso Rheon apartó la mirada durante unos instantes.
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Editado: 13.07.2026