El Nombre que Ningún Siglo Debía Recordar
La sonrisa del guerrero no contenía orgullo.
Ni desafío.
Era la expresión serena de quien había esperado una eternidad para encontrarse frente al único ser capaz de alterar el curso de su destino.
El Santuario del Primer Roble quedó sumido en un silencio absoluto.
Las hojas de cristal dejaron de vibrar.
El viento desapareció.
Hasta la inmensa grieta suspendida sobre el claro pareció contener su expansión.
Todos comprendían que acababa de comenzar algo mucho más antiguo que cualquier guerra.
Valtheris sostuvo la mirada del desconocido.
No sentía odio.
Ni miedo.
Sentía una extraña presión detrás de los ojos.
Como si su memoria luchara por atravesar una puerta sellada desde el día de su nacimiento.
El guerrero apoyó ambas manos sobre el extremo de la lanza.
La obsidiana viva absorbía lentamente la claridad del bosque.
Sin apartar la vista del joven, habló otra vez.
—Escucha a tu sangre.
No a tus recuerdos.
Ellos fueron mutilados.
La sangre jamás olvida.
Aquellas palabras golpearon a Valtheris con una intensidad inesperada.
Su corazón comenzó a latir desordenadamente.
El colgante ardía sobre su pecho.
La Llave de Elyr vibraba entre sus manos.
Y la sexta línea de la Séptima Llave resplandeció con una fuerza desconocida.
Maelis dio un paso adelante.
—¡No lo escuches!
Pero ya era tarde.
Las palabras del guerrero no actuaban como un hechizo.
Eran una llave.
Una llave destinada a abrir un recuerdo prohibido.
Valtheris cerró involuntariamente los ojos.
La realidad desapareció.
Se encontró caminando sobre una llanura interminable.
No existían árboles.
Ni montañas.
Ni cielo.
Solo una inmensa extensión de piedra blanca recorrida por grietas doradas.
A lo lejos distinguió siete figuras inmóviles.
Vestían túnicas semejantes.
Cada una sostenía una llama diferente entre las manos.
Cuando comenzó a acercarse, comprendió que no caminaban hacia él.
Lo esperaban.
La figura situada en el centro levantó lentamente el rostro.
No podía distinguir sus facciones.
La luz las ocultaba.
Sin embargo, su voz resultó profundamente familiar.
—Llegaste antes de lo previsto.
Valtheris quiso preguntar dónde estaba.
No pudo.
Las palabras parecían innecesarias en aquel lugar.
La figura continuó.
—Recuerda esto.
El enemigo jamás fue el Abismo.
El muchacho sintió un estremecimiento.
Las otras seis figuras comenzaron a rodearlos lentamente.
Las siete llamas flotaron hacia el cielo.
Uniéndose hasta formar un único sol blanco.
Entonces la voz pronunció una frase que quedó grabada en lo más profundo de su alma.
—El verdadero enemigo siempre fue el olvido.
La visión comenzó a desmoronarse.
Las figuras desaparecían lentamente.
Antes de que todo se desvaneciera, una de ellas extendió una mano hacia él.
Sobre la palma descansaba un pequeño medallón.
Idéntico al que llevaba colgado del cuello.
Pero el cristal que contenía era completamente transparente.
No había ninguna llama en su interior.
La figura habló por última vez.
—Cuando las siete llamas vuelvan a unirse…
Busca la octava.
Todo desapareció.
Valtheris abrió los ojos de golpe.
Respiraba con dificultad.
Habían transcurrido apenas unos segundos.
Pero sentía haber permanecido años en aquella visión.
Niah sujetó suavemente su brazo para impedir que cayera.
—¿Qué has visto?
El joven tardó varios instantes en responder.
Su mirada seguía perdida entre recuerdos incompletos.
—Siete…
Solo quedaban siete…
Kael intercambió una rápida mirada con Maelis.
Ninguno comprendía del todo el significado de aquellas palabras.
Solo Ardan pareció entender.
El anciano cerró lentamente los ojos.
—Así que también él comienza a recordar…
El guerrero de la armadura de obsidiana inclinó apenas la cabeza.
No parecía sorprendido.
—Lo sabía.
Su memoria nunca desapareció.
Solo fue dividida.
Rheon dio un paso adelante.
Su espada seguía envainada.
—No pronuncies una palabra más.
El desconocido lo observó con una mezcla de curiosidad y desdén.
—¿Todavía cargas con aquella culpa?
Rheon no respondió.
Pero sus manos temblaron apenas.
Azhara permanecía inmóvil al borde del claro.
Sus ojos negros seguían fijos sobre Valtheris.
Por un instante, la llama oscura de su bastón perdió intensidad.
Había visto el mismo recuerdo.
No completo.
Solo un fragmento.
Y ese fragmento despertó una punzada olvidada en lo más profundo de su corazón.
La niña.
La pequeña a quien había intentado salvar.
Durante siglos creyó recordar perfectamente su rostro.
Ahora comprendía que ya no podía verlo con claridad.
El olvido también la estaba devorando.
Bajó lentamente la cabeza.
Sus labios apenas se movieron.
—No…
La palabra fue tan débil que solo Rheon logró escucharla.
Giró hacia ella.
Durante un instante creyó volver a contemplar a la mujer que había amado.
Pero el destello desapareció.
La oscuridad regresó inmediatamente a sus ojos.
El guerrero de obsidiana levantó entonces la lanza.
No apuntó hacia Valtheris.
La dirigió hacia el inmenso Primer Roble.
Ardan comprendió de inmediato.
—¡No!
La punta de la lanza descendió lentamente.
No necesitó tocar el árbol.
Una onda oscura recorrió el aire.
Las raíces comenzaron a ennegrecerse.
Las hojas de cristal perdieron parte de su brillo.
Y, desde lo más profundo del tronco, surgió un sonido desgarrador.
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Editado: 13.07.2026