La Última Memoria
La oscuridad fue absoluta.
No era la ausencia de luz.
Era la desaparición de los recuerdos.
Uno tras otro, los millones de orbes suspendidos en el Archivo de las Raíces Eternas apagaban su resplandor con una lentitud insoportable. Cada esfera extinguida arrancaba un fragmento invisible de la historia del mundo.
Valtheris sintió el cambio inmediatamente.
No era una sensación física.
Era mucho más profunda.
De pronto dejó de recordar el aroma exacto del pan recién horneado en la fortaleza donde había crecido.
Intentó evocarlo.
No pudo.
Desapareció.
A pocos metros, Elderon llevó una mano a la frente.
Algo acababa de borrarse de su memoria.
Sabía que había dedicado décadas a estudiar un antiguo manuscrito.
Recordaba haberlo amado.
Pero ya no conseguía recordar su contenido.
Niah sintió un estremecimiento.
La voz de su madre comenzó a volverse lejana.
Como un eco perdido detrás de una montaña.
Maelis apretó con fuerza el bastón.
Comprendió de inmediato el verdadero peligro.
No estaban destruyendo el Archivo.
Estaban vaciándolo.
Ardan permanecía inmóvil frente al Árbol del Primer Recuerdo.
Su antiguo rostro había envejecido varios siglos en apenas unos instantes.
Las raíces que formaban su cabello perdían lentamente el color.
Su voz sonó apenas como un suspiro.
—Se alimenta de las memorias vivas…
Kael levantó la espada blanca.
Su hoja ya no brillaba con la misma intensidad.
—¿Quién?
El anciano respondió sin apartar la vista del árbol.
—Aquel que jamás debió despertar.
El segundo latido volvió a recorrer las profundidades del mundo.
Esta vez fue más fuerte.
Más cercano.
Las raíces comenzaron a agrietarse.
Pequeñas sombras escapaban de ellas como humo negro.
No tenían forma definida.
Eran fragmentos de olvido.
Valtheris sintió que el Fragmento de Memoria ardía entre sus manos.
La pequeña llama dorada luchaba por mantenerse encendida.
Entonces volvió a escuchar la voz del Árbol.
Más débil.
Más lejana.
—Proteged…
La Última…
Memoria…
Las palabras se quebraron.
El silencio resultó mucho más aterrador.
Ardan abrió lentamente los ojos.
En ellos apareció una tristeza que ningún siglo había conseguido borrar.
—Ya comenzó.
Valtheris dio un paso adelante.
—¿Qué es la Última Memoria?
El anciano levantó lentamente la mirada.
—La única verdad que jamás pudo ser olvidada.
Maelis frunció el ceño.
—¿Dónde está?
Ardan señaló el Fragmento de Memoria.
—Muy cerca de ti.
Todos dirigieron la vista hacia el pequeño cristal.
Su resplandor había aumentado.
En su interior ya no brillaba una sola llama.
Ahora podían distinguirse pequeñas imágenes girando lentamente.
Como diminutos recuerdos vivos.
El muchacho observó fascinado.
—¿Está despertando?
—No.
Respondió Ardan.
—Está recordando.
En ese mismo instante, muy por encima del Archivo, el Santuario del Primer Roble volvió a estremecerse.
Los caballeros de obsidiana permanecían inmóviles alrededor del claro.
Sus lanzas apuntaban hacia la grieta.
Esperaban.
Ninguno pronunciaba palabra.
De pronto, la oscuridad comenzó a descender lentamente desde la abertura.
No era una sombra.
Era una figura.
Alta.
Delgada.
Envuelta en un largo manto completamente negro.
Su rostro permanecía oculto.
Ni siquiera la luz conseguía tocarlo.
No llevaba armas.
No las necesitaba.
Cada paso que daba hacía desaparecer un recuerdo del bosque.
Una rama olvidaba florecer.
Un río olvidaba cantar.
Un ave olvidaba su propio vuelo.
Cuando llegó hasta el centro del Santuario, levantó lentamente la cabeza.
Su voz era tan suave que resultaba aún más aterradora.
—He venido por lo que me pertenece.
Uno de los caballeros de obsidiana dio un paso adelante.
Se arrodilló.
—Señor…
La figura lo interrumpió.
—No pronuncies ese nombre.
Hace mucho que dejó de existir.
El caballero bajó inmediatamente la cabeza.
La figura extendió una mano.
En la palma apareció una pequeña esfera completamente negra.
Dentro no había luz.
Solo vacío.
—Cada recuerdo olvidado alimenta el regreso.
Sonrió.
Una sonrisa imposible de contemplar.
—Y ya casi he reunido los suficientes.
En el Archivo, Valtheris seguía observando el Fragmento de Memoria.
De pronto, el cristal comenzó a calentarse.
No quemaba.
Latía.
El pequeño fénix descendió sobre él.
Apoyó suavemente el pico contra la superficie.
La llama dorada creció.
Una nueva visión apareció.
Esta vez no envolvió únicamente a Valtheris.
Todos fueron arrastrados por ella.
Era de noche.
Miles de estrellas cubrían el cielo.
En el centro de un inmenso círculo de piedra permanecían reunidas ocho personas.
No siete.
Ocho.
Las reconocieron inmediatamente.
Kael.
Maelis.
Rheon.
Azhara.
Niah, mucho más joven.
Y otros tres rostros desconocidos.
Uno de ellos era el hombre envuelto por la luz que Valtheris había visto junto a la mujer de cabellos dorados.
La octava figura permanecía de espaldas.
No era posible distinguirla.
Las ocho personas sostenían una llama distinta.
Formaban un círculo perfecto.
En el centro descansaba un niño profundamente dormido.
Valtheris.
Aún era un bebé.
La mujer de cabellos dorados lo sostenía entre sus brazos.
Sus ojos reflejaban una mezcla de amor y tristeza.
El hombre de la espada luminosa dio un paso al frente.
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Editado: 13.07.2026