Valtheris

Capítulo 28

La Guardiana de la Última Memoria

La niña no dio un solo paso.

No lo necesitaba.

Su sola presencia transformó el Archivo de las Raíces Eternas.

Las millones de raíces que recorrían la inmensa cámara comenzaron a emitir un resplandor tenue, semejante al de un cielo cubierto de estrellas justo antes del amanecer. Cada fibra de madera viva parecía reconocerla.

La pequeña llama azul que sostenía entre las manos no ardía.

Respiraba.

Su luz ascendía y descendía con la suavidad de un corazón dormido.

Valtheris permaneció inmóvil.

Había algo profundamente familiar en aquella niña.

No en su rostro.

En la paz que transmitía.

Era la misma sensación que había experimentado cuando escuchó por primera vez la Canción del Origen.

La misma calma que sintió al tocar el Primer Roble.

La misma esperanza que descubrió en los ojos de Niah.

La niña levantó lentamente la vista.

Sus ojos eran de un azul tan puro que parecían contener el reflejo del primer cielo del mundo.

Sonrió.

No con alegría.

Con ternura.

—Has crecido.

Valtheris sintió un estremecimiento.

Aquellas palabras parecían dichas por alguien que llevaba siglos esperándolo.

—¿Me conoces?

Ella inclinó apenas la cabeza.

—Desde antes de que aprendieras a pronunciar tu nombre.

Ardan se arrodilló inmediatamente.

Ninguno de los presentes lo había visto hacerlo con tanta reverencia.

Kael imitó el gesto.

Después Maelis.

Luego Elderon.

Incluso Rheon inclinó lentamente la cabeza.

Solo Valtheris y Niah permanecieron de pie.

No por falta de respeto.

Sino porque ninguno comprendía aún quién era realmente aquella niña.

Ardan habló con la voz emocionada.

—Guardiana…

La pequeña negó suavemente.

—Hace mucho que dejé de ser una guardiana.

Ahora solo soy un recuerdo que se resiste a desaparecer.

Valtheris dio un paso hacia ella.

La llama azul respondió aumentando su brillo.

La niña extendió una mano.

—Ven.

El muchacho obedeció.

No sintió miedo.

Cada paso parecía conducirlo hacia un lugar que había esperado toda su vida.

Cuando estuvo frente a ella, la pequeña apoyó delicadamente la palma sobre su pecho.

No utilizó magia.

Solo cerró los ojos.

La llama azul comenzó a girar lentamente alrededor de ambos.

El Archivo entero vibró.

Miles de recuerdos despertaron simultáneamente.

No imágenes aisladas.

Historias completas.

Nacimientos.

Civilizaciones.

Lenguas olvidadas.

Canciones que ningún ser humano había vuelto a entonar desde el origen de los tiempos.

Valtheris sintió que su conciencia se expandía.

Era incapaz de abarcar aquella inmensidad.

La niña retiró lentamente la mano.

—Todavía no.

Él respiró con dificultad.

—¿Qué intentabas mostrarme?

Ella sonrió con infinita paciencia.

—Tu verdadero comienzo.

En la superficie, el Santuario del Primer Roble ya no era el mismo.

La figura envuelta en el manto negro permanecía inmóvil.

Los caballeros de obsidiana seguían arrodillados.

El bosque entero parecía inclinarse ante aquella presencia.

Las hojas caían sin producir sonido.

Los animales habían desaparecido.

Solo el viento recorría lentamente el claro.

Entonces la figura levantó una mano.

No hizo ningún gesto violento.

Simplemente abrió la palma.

La pequeña esfera negra que sostenía comenzó a crecer.

Dentro de ella aparecieron miles de rostros.

Hombres.

Mujeres.

Niños.

Todos difusos.

Todos olvidados.

Cada uno desaparecía lentamente hasta convertirse en polvo.

La figura contempló el fenómeno con absoluta serenidad.

—Cuanto más olvidan…

Más cerca regreso.

El cielo respondió con un trueno.

No procedía de las nubes.

Venía desde las profundidades del mundo.

El Segundo Corazón volvía a latir.

Más fuerte.

Más consciente.

En el Archivo, la niña caminó lentamente hacia el Árbol del Primer Recuerdo.

Cada paso hacía florecer diminutas estrellas sobre las raíces.

Valtheris la siguió.

—¿Cómo te llamas?

Ella permaneció unos segundos en silencio.

Como si buscara una palabra que llevaba demasiado tiempo sin pronunciar.

Finalmente respondió.

—Mi nombre fue olvidado antes de que nacieran los calendarios.

El muchacho sonrió con suavidad.

—Entonces tendré que llamarte de alguna manera.

La niña lo observó con curiosidad.

—¿Qué nombre elegirías?

Valtheris contempló la pequeña llama azul.

Después el inmenso Archivo.

Finalmente respondió.

—Lumen.

La niña abrió ligeramente los ojos.

Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil.

Después una lágrima descendió lentamente por su mejilla.

Ardan comprendió inmediatamente lo ocurrido.

Llevó una mano al pecho.

—El Archivo la ha aceptado…

Maelis frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

El anciano sonrió.

—En el origen de todas las cosas existía una antigua ley.

Solo quien nombrara desde el corazón podía devolver un nombre perdido.

La niña volvió a sonreír.

Ya no con melancolía.

Con gratitud.

—Hacía incontables eras que nadie me llamaba.

Valtheris sintió una profunda emoción.

No sabía por qué.

Pero tenía la certeza de haber elegido el nombre correcto.

Lumen levantó entonces la pequeña llama azul.

Su brillo comenzó a expandirse.

Las raíces del Archivo se abrieron lentamente.

Detrás de ellas apareció una gigantesca puerta construida con madera blanca y cristal.

No tenía cerradura.

Solo siete espacios circulares distribuidos alrededor de un símbolo central.




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