Valtheris

Capítulo 30

La Voz del Primer Amanecer

—Hijo…

Por fin has llegado.

La voz cruzó el umbral de la Puerta de los Ocho Sellos con la suavidad de una caricia y la fuerza de una verdad imposible de negar.

Valtheris sintió que el mundo entero desaparecía.

No existía el Archivo.

No existía el Primer Roble.

No existían las raíces infinitas ni la guerra que amenazaba ambos mundos.

Solo aquella palabra.

Hijo.

Jamás una sola sílaba había contenido tanto amor.

Ni tanta ausencia.

Sus piernas cedieron.

Cayó lentamente de rodillas.

No por debilidad.

Sino porque el corazón reconocía aquello que la memoria todavía era incapaz de comprender.

El pequeño fénix descendió hasta posarse sobre su hombro.

No emitió ningún canto.

Permaneció completamente inmóvil.

Como si también estuviera escuchando a alguien que había esperado durante incontables siglos.

Niah se arrodilló junto a Valtheris.

Sin decir una palabra, sostuvo su mano.

Él apenas percibió el contacto.

Las lágrimas descendían por su rostro con absoluta naturalidad.

No intentó contenerlas.

Ardan inclinó profundamente la cabeza.

En sus ojos antiguos brillaba una emoción que ni los milenios habían conseguido borrar.

—Ha vuelto a hablar…

Susurró.

Maelis respiró con dificultad.

Jamás había imaginado que aquella voz pudiera existir fuera de las antiguas leyendas.

Kael permanecía inmóvil.

Su espada blanca vibraba con una luz completamente nueva.

No era el resplandor de la guerra.

Era el de la esperanza.

Incluso Rheon cerró los ojos.

Durante un instante, el peso de su culpa pareció aligerarse.

Porque comprendía que el sacrificio de los Juramentados no había sido inútil.

La voz volvió a escucharse.

Más cercana.

Más cálida.

—No temas.

Nunca estuviste solo.

La puerta comenzó a abrirse lentamente.

No produjo ningún ruido.

Las inmensas hojas de madera blanca parecían deslizarse sobre el aire.

Una luz imposible comenzó a extenderse desde el otro lado.

No cegaba.

No quemaba.

Simplemente revelaba.

Cada rincón del Archivo adquirió una nitidez desconocida.

Las raíces mostraban miles de colores invisibles hasta entonces.

Las estrellas suspendidas entre sus ramas recuperaban el brillo perdido.

Incluso las memorias apagadas comenzaron a despertar lentamente.

El olvido retrocedía.

Solo unos pasos.

Pero retrocedía.

Valtheris levantó lentamente la cabeza.

No distinguía ninguna figura detrás de la puerta.

Solo una inmensidad luminosa.

Como si el amanecer hubiera adquirido forma.

La voz continuó.

—Acércate.

El muchacho respiró profundamente.

Miró a Ardan.

El anciano sonrió con serenidad.

—Este camino solo puedes recorrerlo tú.

Valtheris asintió.

Se puso de pie.

Cada paso hacia la puerta hacía vibrar la pequeña Octava Llave.

La diminuta llave parecía responder a la llamada del lugar.

Cuando llegó al umbral, la luz lo envolvió completamente.

Y el Archivo desapareció.

Abrió los ojos.

Se encontraba de pie sobre una inmensa pradera cubierta de flores blancas.

El cielo era distinto a cualquier otro.

No existía el Sol.

La luz nacía del propio horizonte.

El aire tenía el perfume de la lluvia recién caída.

A lo lejos fluía un río transparente donde podían verse pequeñas estrellas deslizándose bajo el agua.

Valtheris permaneció inmóvil.

Jamás había contemplado tanta belleza.

Entonces escuchó unos pasos.

Lentos.

Tranquilos.

Un hombre apareció caminando entre las flores.

Vestía una sencilla túnica azul oscuro.

No llevaba espada.

Ni corona.

Ni símbolo alguno de poder.

Su cabello era plateado.

Sus ojos reflejaban la profundidad del océano y la calidez del primer amanecer.

Valtheris sintió que el pecho se le quebraba.

Nunca había visto aquel rostro.

Y, sin embargo…

Lo conocía desde siempre.

El hombre sonrió.

Una sonrisa serena, llena de orgullo y de infinita ternura.

—Hola, hijo.

El muchacho quiso hablar.

No pudo.

Toda su vida había imaginado aquel momento sin saberlo.

Las palabras desaparecieron.

El hombre llegó hasta él.

No dijo nada más.

Simplemente lo abrazó.

Valtheris sintió que todos los vacíos de su existencia encontraban, por fin, un lugar donde descansar.

Lloró.

Como nunca antes.

No de tristeza.

De regreso.

Durante un largo tiempo ninguno habló.

No hacía falta.

El silencio estaba lleno de todo aquello que el tiempo les había robado.

Finalmente el hombre se apartó apenas unos centímetros.

Apoyó ambas manos sobre los hombros de Valtheris.

—Has crecido mucho.

El joven sonrió entre lágrimas.

—¿Eres… mi padre?

El hombre asintió.

—Lo soy.

Valtheris cerró los ojos un instante.

Había imaginado mil preguntas.

Todas desaparecieron.

Solo quedó una.

—¿Por qué me dejaste?

El hombre bajó lentamente la mirada.

No había culpa en su expresión.

Solo un inmenso dolor.

—Porque si me hubiera quedado…

El mundo habría desaparecido antes de que aprendieras a caminar.

Valtheris sintió que aquellas palabras eran sinceras.

No intentaban justificar nada.

Eran simplemente la verdad.

El hombre comenzó a caminar lentamente.

El muchacho lo acompañó.

Mientras avanzaban, las flores abrían sus pétalos a su paso.

El río parecía cantar una melodía antiquísima.

—Quiero mostrarte algo.

Dijo el hombre.

Llegaron hasta una pequeña colina.

Desde allí podía contemplarse toda la inmensa pradera.




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