Valtheris

Capítulo 31

El Hombre Sin Recuerdos

Nadie respondió.

La pradera del Primer Amanecer quedó suspendida en un silencio tan perfecto que incluso el tiempo pareció contener el aliento.

El desconocido vestido de blanco permanecía inmóvil.

Su túnica no era movida por el viento.

Porque el viento había dejado de existir alrededor de él.

Las flores inclinaban sus pétalos a su paso.

No por reverencia.

Por ausencia.

Allí donde su presencia alcanzaba, la vida no moría.

Simplemente olvidaba cómo florecer.

Valtheris sintió un escalofrío recorrer cada rincón de su cuerpo.

Había contemplado a Azhara.

Había enfrentado al guerrero de obsidiana.

Había escuchado la voz del Abismo.

Nada se parecía a aquello.

El miedo que inspiraba aquel hombre no nacía de su poder.

Nacía del vacío.

Era como mirar a alguien del que el universo entero había decidido borrar el alma.

El padre de Valtheris dio un paso adelante.

Su expresión seguía siendo serena, aunque en sus ojos aparecía una tristeza antiquísima.

—Sabía que terminarías encontrándonos.

El desconocido sonrió.

—Siempre supiste demasiadas cosas.

—Y tú decidiste olvidar todas las importantes.

La sonrisa permaneció intacta.

—No.

Yo elegí conservar únicamente aquello que era útil.

El resto…

Era un estorbo.

Valtheris observaba el intercambio sin comprender.

Aquellas palabras no eran una discusión.

Eran los restos de una conversación iniciada miles de años atrás.

El hombre de blanco desvió lentamente la mirada hacia él.

Durante unos segundos lo contempló en silencio.

Como si examinara una obra inconclusa.

—Así que éste es el Heredero.

El muchacho sostuvo su mirada.

No respondió.

El desconocido inclinó apenas la cabeza.

—Esperaba encontrar a alguien muy distinto.

Más orgulloso.

Más poderoso.

Más dispuesto a destruir.

Después sonrió con una amabilidad desconcertante.

—Me alegra comprobar que todavía eres capaz de decepcionarme.

Valtheris sintió el impulso de responder.

Pero su padre levantó discretamente una mano.

No era una orden.

Era una advertencia.

No hables todavía.

El muchacho obedeció.

El desconocido comenzó a caminar lentamente por la pradera.

Cada flor que rozaba perdía su color.

No se marchitaba.

Olvidaba cuál había sido.

Las aguas del río se volvían completamente transparentes.

Las estrellas que flotaban bajo la superficie desaparecían una tras otra.

El propio paisaje comenzaba a vaciarse.

El padre de Valtheris observó el fenómeno con infinita tristeza.

—Sigues haciendo lo mismo.

—Porque sigue funcionando.

Respondió el hombre de blanco.

—La creación jamás comprendió una verdad muy sencilla.

Nada puede sufrir…

Si primero deja de recordar.

Valtheris sintió un estremecimiento.

Aquella frase encerraba toda la lógica del enemigo.

No buscaba destruir.

Buscaba eliminar el dolor.

Pero lo hacía arrancando también el amor, la esperanza, la alegría y toda emoción que naciera del recuerdo.

Su padre habló con una calma inquebrantable.

—Sin memoria no existe libertad.

El desconocido sonrió.

—Sin memoria tampoco existe culpa.

Ni pérdida.

Ni traición.

Ni muerte.

Miró nuevamente a Valtheris.

—Dime.

¿No preferirías un mundo donde jamás volvieras a llorar?

El muchacho permaneció en silencio.

La pregunta era sencilla.

La respuesta no.

Pensó en Maelis.

En Kael.

En Niah.

En Ardan.

En Azhara.

Todos ellos habían sufrido.

Todos habían perdido algo.

Si eliminaba el recuerdo…

También desaparecería el dolor.

Pero entonces recordó el abrazo de su padre.

La sonrisa de la mujer de cabellos dorados.

La Canción del Origen.

El pequeño fénix.

El Primer Roble.

Comprendió.

Las lágrimas y la felicidad nacían del mismo lugar.

No podían separarse.

Levantó lentamente la cabeza.

Su voz fue firme.

—No.

El hombre de blanco pareció sinceramente interesado.

—¿Por qué?

Valtheris dio un paso adelante.

—Porque el dolor no demuestra que la vida haya fracasado.

Demuestra que algo fue tan importante…

Que todavía vive dentro de nosotros.

Durante unos segundos nadie habló.

El desconocido lo observó con atención.

Después dejó escapar una leve risa.

No burlona.

Casi admirativa.

—Ahora entiendo por qué él confió en ti.

El padre de Valtheris sonrió apenas.

—Siempre hubo esperanza.

—Siempre hubo ingenuidad.

Corrigió el hombre de blanco.

Entonces levantó lentamente una mano.

El paisaje comenzó a cambiar.

La pradera desapareció.

Las flores se deshicieron como polvo luminoso.

El cielo se oscureció.

En torno a ellos comenzaron a surgir miles de imágenes suspendidas en el aire.

Valtheris reconoció algunas.

La caída de antiguas ciudades.

El nacimiento de océanos.

La creación del Primer Roble.

La primera vez que Azhara sostuvo a una niña entre sus brazos.

El juramento de los Siete Custodios.

Después aparecieron otras mucho más antiguas.

Dos jóvenes caminando entre estrellas recién nacidas.

Reían.

Construían constelaciones con las manos.

Uno irradiaba una luz dorada.

El otro vestía un resplandor oscuro y profundo.

Eran los dos Corazones.

Cuando aún eran hermanos inseparables.

Valtheris contempló la escena maravillado.

El hombre de blanco habló con absoluta serenidad.

—Mira con atención.

La visión continuó.

Los dos hermanos ayudaban a nacer montañas.

Daban nombre a los ríos.




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