Valtheris

Capítulo 32

El Nombre Perdido del Alba

La sonrisa desapareció.

No lentamente.

No con vacilación.

Simplemente dejó de existir.

El rostro del hombre vestido de blanco permaneció inmóvil, como una escultura olvidada por el tiempo. Sin aquella expresión, su belleza resultaba aún más inquietante. Era perfecta. Demasiado perfecta. Como si hubiera sido creada antes de que el mundo aprendiera a sentir.

Nadie habló.

Ni el padre de Valtheris.

Ni el viento.

Ni el río.

El Primer Amanecer entero parecía observar al muchacho.

Valtheris sostuvo la mirada del desconocido.

No había odio en sus ojos.

Tampoco compasión.

Solo una firme decisión.

El hombre de blanco inclinó apenas la cabeza.

—¿Recordarme?

Su voz había perdido parte de aquella elegante serenidad.

Ahora escondía algo diferente.

Una grieta.

Muy pequeña.

Casi imperceptible.

Pero real.

—¿Crees que unas pocas palabras pueden devolver lo que desapareció hace incontables eras?

Valtheris respiró profundamente.

—No.

Las palabras no.

Los recuerdos, sí.

El desconocido guardó silencio.

Durante un instante, una imagen cruzó fugazmente sus ojos vacíos.

Un jardín.

Una risa.

Dos manos infantiles entrelazadas.

Desapareció antes de que pudiera comprenderla.

Llevó una mano a la sien.

Era apenas una molestia.

Pero hacía milenios que no experimentaba ninguna sensación inesperada.

El padre de Valtheris observó aquella reacción con infinita atención.

No dijo nada.

Sin embargo, una pequeña esperanza comenzó a renacer en su corazón.

El muchacho dio otro paso.

—No naciste así.

El hombre de blanco respondió casi de inmediato.

—No recuerdo haber nacido.

—Precisamente.

Por primera vez, la respuesta tardó unos segundos.

El silencio se volvió más pesado.

Valtheris continuó.

—Olvidaste tanto…

Que terminaste olvidándote a ti mismo.

Las palabras atravesaron el paisaje.

Las aguas del río comenzaron a agitarse.

Las flores blancas se mecían suavemente.

El cielo recuperó un matiz dorado.

El Primer Amanecer reaccionaba.

No al poder.

A la verdad.

Muy lejos de allí, en el Archivo de las Raíces Eternas, la pequeña Lumen permanecía inmóvil frente a la Puerta de los Ocho Sellos.

Sus ojos seguían cerrados.

La Octava Llave brillaba suspendida en el aire.

Ardan observó con profunda preocupación.

—Está ocurriendo.

Maelis se volvió hacia él.

—¿Qué está ocurriendo?

El anciano apoyó lentamente una mano sobre una de las inmensas raíces.

La madera latía con fuerza.

—El Primer Amanecer está cambiando.

Kael frunció el ceño.

—¿Eso es posible?

—Nunca lo había sido.

Hasta hoy.

Rheon levantó lentamente la vista.

Su rostro reflejaba una mezcla de temor y esperanza.

—Si el Primer Amanecer cambia…

También cambiará todo lo que nació de él.

Niah sintió un escalofrío.

Pensó inmediatamente en Valtheris.

—Entonces corre peligro.

Lumen abrió lentamente los ojos.

Por primera vez desde que apareció, en ellos podía verse una sombra de inquietud.

—Sí.

Pero también es la única oportunidad que jamás existió.

En el Primer Amanecer, el hombre de blanco permanecía inmóvil.

No respondía.

Su mirada seguía fija en Valtheris.

Algo luchaba dentro de él.

No era luz.

No era oscuridad.

Era un recuerdo intentando regresar.

De pronto dio un paso hacia atrás.

Solo uno.

Su respiración cambió ligeramente.

—No…

Murmuró.

Valtheris sintió que aquella palabra no iba dirigida a él.

Iba dirigida al recuerdo.

El padre del muchacho dio un paso adelante.

Su voz sonó más suave que nunca.

—Todavía puedes volver.

El desconocido cerró los ojos con fuerza.

Durante unos segundos, el mundo entero pareció contener la respiración.

Entonces sucedió.

Una lágrima.

Una sola.

Descendió lentamente por la mejilla del hombre vestido de blanco.

Él la observó con absoluta incredulidad.

Extendió la mano.

La gota cayó sobre su palma.

Permaneció largo rato contemplándola.

Como si jamás hubiera visto una.

Su voz apenas fue un susurro.

—¿Qué… es esto?

Valtheris respondió con serenidad.

—Un recuerdo que encontró el camino de regreso.

El hombre tembló.

Muy levemente.

En su mente comenzaron a surgir imágenes desconectadas.

Dos jóvenes riendo mientras daban nombre a las primeras estrellas.

Una melodía.

Una promesa.

Una voz llamándolo por un nombre…

No conseguía escucharlo.

Se llevó ambas manos a la cabeza.

El dolor aumentó.

No era un dolor físico.

Era el peso de incontables siglos intentando romper el muro del olvido.

Lanzó un grito.

Todo el Primer Amanecer se estremeció.

Las montañas lejanas vibraron.

El río se desbordó.

Las flores perdieron momentáneamente su color.

Valtheris quiso acercarse.

Su padre levantó un brazo.

—Espera.

No puedes obligar a un recuerdo a regresar.

Debe elegir hacerlo.

El muchacho comprendió.

Permaneció inmóvil.

Confiando.

En ese mismo instante, sobre el continente europeo, comenzaron a suceder hechos inexplicables.

En una pequeña biblioteca olvidada de Praga, un viejo libro apareció sobre una mesa donde nunca había existido.

En una ermita perdida entre los Alpes, una campana sonó sola después de ochocientos años de silencio.

En las ruinas sumergidas frente a las costas de Grecia, antiguas estatuas abrieron lentamente los ojos.

Y en las profundidades de una catedral escondida bajo una gran ciudad, la Segunda Llave Primordial abandonó lentamente su pedestal.




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