Valtheris

Capítulo 33

El Rey de los Nombres Rotos

Las últimas palabras no se extinguieron.

Permanecieron suspendidas sobre el Primer Amanecer como una ley inquebrantable.

Nadie pronunciará otra vez los nombres que yo borré.

La voz no provenía de la grieta.

La grieta era apenas la herida.

Aquello que hablaba existía mucho más allá de ella.

Mucho antes de que la primera montaña alabara el cielo.

Mucho antes de que el tiempo aprendiera a contar sus propios días.

Valtheris sintió cómo el aire desaparecía de sus pulmones.

No era miedo.

Era la sensación de encontrarse frente a algo para lo cual ningún ser vivo había sido creado.

La inmensa sombra descendió lentamente.

No poseía un cuerpo definido.

Era una corona fracturada suspendida sobre un océano de oscuridad líquida.

De cada una de sus puntas colgaban incontables hilos negros.

Y en cada hilo podía distinguirse un nombre.

Millones.

Tal vez incontables.

Todos apagados.

Todos olvidados.

Ardan habría reconocido inmediatamente lo que significaba aquella visión.

Pero él permanecía muy lejos, aguardando junto a Lumen.

Solo Valtheris, su padre y el hombre vestido de blanco contemplaban aquella presencia.

El padre dio un paso adelante.

Su serenidad permanecía intacta.

Pero sus ojos reflejaban un dolor antiguo.

—Pensé que todavía permanecerías dormido.

La sombra respondió con una risa grave.

No era burlona.

Era inmensamente paciente.

—Dormía…

Mientras ustedes seguían olvidando.

Ahora vuelven a recordar.

Y eso me obliga a despertar.

El hombre vestido de blanco seguía arrodillado.

Aún sostenía la lágrima sobre la palma de su mano.

La observaba como si fuera el objeto más extraño del universo.

Su respiración seguía siendo irregular.

Dentro de él continuaban naciendo recuerdos.

Pequeños.

Incompletos.

Pero vivos.

La sombra descendió unos metros más.

—Levántate.

La orden resonó como una cadena golpeando el vacío.

El hombre vestido de blanco obedeció.

No por voluntad.

Por costumbre.

Llevaba demasiados siglos respondiendo a aquella voz.

Valtheris observó la escena.

Comprendió entonces algo que jamás había imaginado.

El verdadero enemigo no era un rey.

No era un dios.

Era un prisionero.

El hombre vestido de blanco nunca había servido voluntariamente a la sombra.

Había olvidado que podía dejar de hacerlo.

El muchacho dio un paso adelante.

Su padre intentó detenerlo.

No lo consiguió.

Valtheris caminó hasta situarse junto al desconocido.

La sombra emitió un sonido semejante a una exhalación.

—Te acercas demasiado al olvido.

Valtheris levantó la vista.

—No.

Me acerco a quien todavía puede regresar.

El hombre vestido de blanco volvió lentamente la cabeza.

Lo observó.

Por primera vez había desconcierto en sus ojos.

Nadie se había colocado jamás a su lado.

Siempre había estado solo.

No porque los demás huyeran.

Sino porque él mismo había olvidado cómo permitir que alguien permaneciera cerca.

La sombra volvió a hablar.

—No pierdas el tiempo.

Él ya no posee nombre.

Valtheris respondió sin apartar la mirada.

—Todos poseen uno.

Aunque el mundo entero lo olvide.

El silencio cayó nuevamente.

El Primer Amanecer parecía contener el aliento.

Muy lejos de allí, en el Archivo de las Raíces Eternas, las raíces comenzaron a moverse con una violencia desconocida.

No atacaban.

Buscaban proteger.

Miles de ellas envolvieron lentamente el Árbol del Primer Recuerdo.

Lumen observó el fenómeno con preocupación.

La pequeña llama que habitaba en su pecho comenzó a oscurecerse.

Ardan se acercó inmediatamente.

—¿Qué sucede?

La niña levantó lentamente la mirada.

Por primera vez había miedo en sus ojos.

—Él despertó completamente.

Maelis sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Lumen tardó unos segundos en responder.

Como si pronunciar aquel título significara concederle todavía más poder.

Finalmente habló.

—El Rey de los Nombres Rotos.

Elderon cerró lentamente los ojos.

Jamás había encontrado aquel nombre en ningún manuscrito.

Y comprendió la razón.

No había sido olvidado por accidente.

Había sido arrancado deliberadamente de toda memoria.

Kael sujetó con fuerza la espada.

—¿Puede ser derrotado?

Lumen respondió con una tristeza inmensa.

—Jamás lo fue.

Porque nadie consiguió recordar quién era antes de convertirse en eso.

En el Primer Amanecer, la sombra comenzó a descender aún más.

Las flores desaparecían bajo su presencia.

No se marchitaban.

Olvidaban haber existido.

El río perdía lentamente su cauce.

Las estrellas dejaban de reflejarse en el agua.

Hasta el horizonte comenzaba a difuminarse.

El padre de Valtheris observó el fenómeno.

Después miró a su hijo.

—Escúchame.

Hay algo que nunca llegué a contarte.

Valtheris volvió la vista hacia él.

—¿Qué cosa?

El hombre sonrió con infinita melancolía.

—El mundo siempre creyó que tú eras el Elegido.

El muchacho permaneció en silencio.

—Pero nunca comprendieron la profecía.

La sombra pareció interesarse.

Detuvo su descenso.

Incluso el hombre vestido de blanco levantó lentamente la cabeza.

El padre continuó.

—La profecía jamás hablaba de un héroe destinado a vencer.

Hablaba de alguien destinado…

A recordar.

Valtheris sintió que aquellas palabras encajaban con todo lo vivido.

La Llave de Elyr.

Lumen.

La Canción del Origen.

Azhara.

El Archivo.




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