La Ciudad Bajo las Cenizas del Tiempo
El sonido de la puerta no fue un estruendo.
Fue un suspiro.
Tan antiguo que parecía provenir del instante en que el universo pronunció su primera palabra.
En las profundidades de Europa, oculto bajo capas de roca, catedrales olvidadas y ciudades construidas unas sobre otras durante milenios, un gigantesco portal de piedra blanca se abrió apenas unos centímetros.
No existía en ningún mapa.
Ningún satélite podía encontrarlo.
Ningún hechizo de rastreo había conseguido descubrirlo.
Porque no estaba escondido por la distancia.
Estaba protegido por el olvido.
Tras el umbral comenzó a filtrarse una luz dorada mezclada con delicados destellos azulados.
No iluminaba las paredes.
Despertaba los símbolos grabados sobre ellas.
Miles de inscripciones comenzaron a brillar simultáneamente.
Cada una representaba un nombre.
Un recuerdo.
Un juramento.
Y todos aguardaban el regreso de una única persona.
En el Primer Amanecer, el resplandor provocado por las palabras de Eryon todavía recorría el horizonte.
El Rey de los Nombres Rotos permanecía inmóvil.
Su inmensa corona continuaba agrietándose.
Muy lentamente.
Casi con dignidad.
Pero se quebraba.
Él observaba a Eryon.
Ya no con desprecio.
Con cautela.
—Todavía no recuerdas lo suficiente.
Eryon respiró profundamente.
Era cierto.
Las memorias regresaban como pequeñas olas.
No como un río.
Pero cada una fortalecía su voluntad.
—No necesito recordarlo todo.
Respondió con calma.
—Solo aquello que tú temes.
El Rey guardó silencio.
Valtheris comprendió inmediatamente.
El enemigo nunca había temido la fuerza.
Había temido el conocimiento.
Su padre sonrió apenas.
Durante incontables eras habían combatido sombras.
Ahora comenzaban a combatir mentiras.
Y las mentiras siempre retrocedían cuando alguien recordaba.
En el Archivo de las Raíces Eternas, Lumen permanecía junto al Árbol del Primer Recuerdo.
Las gotas de savia seguían escribiendo nuevas líneas sobre las raíces.
No eran frases completas.
Eran fragmentos.
Como si el propio árbol intentara reconstruir una historia rota.
Maelis leía en voz baja.
—”…cuando las nueve puertas respiren al mismo tiempo…”
Otro símbolo apareció.
—”…la Ciudad Sin Calendarios volverá a abrir sus ojos…”
Kael intercambió una mirada con Ardan.
—¿Ciudad?
El anciano cerró lentamente los ojos.
Un recuerdo muy antiguo acababa de regresar.
No era nítido.
Pero bastaba.
—Existe.
Todos dirigieron la vista hacia él.
Ardan apoyó ambas manos sobre el bastón.
—La conocí.
El silencio fue absoluto.
Incluso Lumen levantó lentamente la cabeza.
Jamás había escuchado a Ardan hablar de aquel lugar.
El anciano continuó.
—No era un reino.
No pertenecía a ningún pueblo.
Era la ciudad donde convivían los Guardianes de la Luz, los Custodios de la Sombra y los Conservadores de los Nombres.
Niah sintió un escalofrío.
—¿Qué ocurrió con ella?
Ardan sonrió con infinita tristeza.
—Aceptó desaparecer.
Elderon abrió los ojos.
—¿Una ciudad puede elegir desaparecer?
Lumen respondió antes que el anciano.
—Cuando una ciudad está construida con juramentos…
Sí.
Muy lejos de allí, Lyssara caminaba por un antiguo túnel de piedra iluminado únicamente por pequeñas llamas azules.
No apresuraba el paso.
Sabía exactamente cuánto tiempo le quedaba.
Muy poco.
Las paredes mostraban enormes frescos cubiertos por siglos de polvo.
Al avanzar, el polvo desaparecía por sí solo.
Los colores renacían.
Las imágenes cobraban vida.
Representaban a hombres y mujeres de distintas épocas reunidos alrededor de una gigantesca mesa circular.
No había tronos.
No existían jerarquías.
Solo iguales.
Lyssara acarició suavemente uno de aquellos murales.
—Los echaba de menos.
Susurró.
Continuó caminando.
Al final del corredor apareció un inmenso balcón de piedra.
Desde allí podía contemplarse toda la ciudad.
Valtheris jamás habría imaginado un lugar semejante.
Calles construidas con cristal vivo.
Torres entrelazadas mediante puentes de luz.
Jardines suspendidos sobre lagos transparentes.
Bibliotecas abiertas al cielo.
Y, en el centro, una inmensa plaza donde crecía un árbol de hojas completamente azules.
No existía una sola ruina.
Todo permanecía exactamente igual que el día en que fue abandonado.
Porque allí…
El tiempo nunca había continuado.
Lyssara dejó escapar una sonrisa llena de nostalgia.
—Bienvenidos de nuevo…
A Elarion.
Pronunciar aquel nombre hizo vibrar la ciudad entera.
Las ventanas comenzaron a abrirse.
Las fuentes despertaron.
Las campanas sonaron.
Miles de pequeñas luces aparecieron en las calles desiertas.
No eran fantasmas.
Eran recuerdos esperando habitantes.
En el Primer Amanecer, el Rey alzó lentamente una mano.
La inmensa grieta sobre el cielo comenzó a cerrarse.
No porque estuviera derrotado.
Porque había comprendido algo.
Todavía podía ganar.
Solo necesitaba llegar antes.
Miró fijamente a Valtheris.
—La ciudad despertó.
El muchacho sostuvo su mirada.
—¿Elarion?
El Rey sonrió.
Una sonrisa llena de resignación.
—Entonces la carrera ha comenzado.
Su padre dio un paso adelante.
—¿Qué carrera?
El Rey respondió sin apartar los ojos de Valtheris.
—Quien llegue primero…
Escribirá el último capítulo de la profecía.
El silencio volvió a caer.
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Editado: 13.07.2026