Valtheris

Capítulo 39

El Lector del Silencio

Toda historia necesita un lector… antes de aceptar a un nuevo autor.

La voz no descendió del cielo.

No surgió de la tierra.

Nació entre las palabras.

Como si hubiera permanecido oculta en cada relato contado desde el origen del tiempo, aguardando el instante preciso para manifestarse.

El Primer Amanecer quedó envuelto por un silencio absoluto.

Ni el río cantaba.

Ni las hojas de las Arboledas Primigenias se mecían.

Ni siquiera la inmensa grieta del horizonte parecía avanzar.

Todo escuchaba.

El Rey de los Nombres Rotos fue el primero en inclinar la cabeza.

No como un gesto de sumisión.

Como quien reconoce una presencia cuya existencia jamás pudo negar.

Valtheris observó aquella reacción con sorpresa.

Si incluso el Rey respetaba aquella voz…

Entonces acababan de encontrarse ante algo todavía más antiguo que la guerra entre los dos Corazones.

Eryon respiró profundamente.

Un recuerdo regresó con una claridad casi dolorosa.

Una inmensa biblioteca sin paredes.

Millones de libros flotando como constelaciones.

Y, sentado junto a una ventana que no daba a ningún mundo, un anciano leía en absoluto silencio.

No escribía.

No corregía.

Solo leía.

Cada vez que terminaba un libro, una nueva estrella nacía en el universo.

Eryon abrió lentamente los ojos.

Su voz apenas fue un susurro.

—No puede ser…

El padre de Valtheris volvió la mirada.

—¿Qué sucede?

Eryon permaneció inmóvil.

—Creí que era una leyenda creada por Maeron para enseñarnos humildad.

Valtheris dio un paso hacia él.

—¿Quién es?

Eryon tardó varios segundos en responder.

Como si pronunciar aquel título exigiera un profundo respeto.

Finalmente habló.

—El Lector del Silencio.

Las palabras atravesaron el Primer Amanecer.

Las dos Arboledas Primigenias dejaron caer simultáneamente una hoja azul y una hoja dorada.

Las hojas descendieron lentamente hasta posarse una junto a la otra.

Nadie las había visto hacer aquello desde antes de la Primera Era.

En Elarion, Lyssara cerró los ojos.

También había escuchado la voz.

Apoyó una mano sobre la Crónica del Alba.

Por primera vez, el libro comenzó a escribir sin detenerse.

No aparecían frases.

Surgían nombres.

Miles de nombres.

Todos pertenecían a personas corrientes.

Ni reyes.

Ni héroes.

Ni magos.

Panaderos.

Músicos.

Madres.

Niños.

Viajeros.

Jardineros.

Cada uno brillaba unos instantes antes de desaparecer.

Lyssara sonrió con infinita ternura.

—Sigues leyendo cada vida…

Como prometiste.

Comprendió entonces que el Lector jamás había abandonado el mundo.

Simplemente había permanecido observándolo.

Esperando.

No al más fuerte.

No al Elegido.

Esperaba a quien comprendiera el verdadero valor de una historia.

En el Archivo de las Raíces Eternas, Maeron levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos, serenos hasta entonces, reflejaron una emoción profunda.

Ardan lo observó.

—Lo escuchaste.

No era una pregunta.

Maeron asintió.

—Hace incontables siglos que no pronunciaba una palabra.

Lumen dio un pequeño paso hacia él.

—¿Lo conociste?

Una sonrisa iluminó el rostro del Primer Escriba.

—Tuve el privilegio de leer junto a él.

Elderon quedó completamente inmóvil.

Toda su vida había creído que el mayor honor era escribir la historia.

Ahora descubría que existía uno aún más elevado.

Comprenderla.

Maeron caminó lentamente hasta el centro del Archivo.

—Escuchadme con atención.

Todos guardaron silencio.

—Existe una diferencia que casi todas las civilizaciones olvidaron.

Hizo una pausa.

—Escribir cambia el futuro.

Leer…

Cambia el corazón.

Kael bajó lentamente la espada.

Aquellas palabras desmontaban siglos de enseñanzas basadas únicamente en la fuerza.

Niah comprendió de inmediato.

Por eso Valtheris nunca había sido elegido por su poder.

Había sido elegido por su capacidad de escuchar.

En el Primer Amanecer, la voz volvió a manifestarse.

No con autoridad.

Con infinita calma.

—Valtheris.

El muchacho sintió un estremecimiento.

Era la primera vez que aquella presencia pronunciaba su nombre.

—¿Quién eres?

Preguntó.

La respuesta tardó unos segundos.

—Soy quien recuerda las historias cuando todos las olvidan.

Valtheris respiró profundamente.

—¿Por qué nunca apareciste?

La voz sonrió.

Sí.

Era posible percibir una sonrisa en aquellas palabras.

—Porque ningún lector debe interrumpir una historia antes de comprenderla.

El Rey observaba en silencio.

No intentaba impedir aquella conversación.

Sabía que no podía.

Eryon dio un paso adelante.

—Entonces…

¿Conoces el final?

La voz respondió con una serenidad conmovedora.

—Conozco todos los finales que pudieron existir.

Pero todavía no conozco el vuestro.

Valtheris sintió que el pecho se llenaba de esperanza.

Aquello confirmaba definitivamente que el destino seguía abierto.

Nada estaba decidido.

Ni siquiera para una presencia tan antigua.

La Crónica del Alba continuaba escribiendo sola.

Lyssara observó que los nombres comenzaban a organizarse formando un dibujo.

No era un mapa.

Era un árbol.

Un inmenso árbol compuesto por millones de vidas.

Cada rama representaba una elección.

Cada hoja, una posibilidad.

Y en el centro del tronco apareció lentamente un espacio vacío.

Esperaba un nombre.

La Custodia comprendió inmediatamente.

Ese lugar pertenecía al Heredero.




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