Valtheris

Capítulo 42

La Respuesta que No Existía

La pregunta permaneció suspendida entre el Primer Amanecer y la Biblioteca Invisible.

No exigía rapidez.

No aceptaba respuestas nacidas del impulso.

Si descubrieras que el Rey también fue víctima de una historia que nunca eligió… ¿Seguirías deseando derrotarlo?

Valtheris permaneció inmóvil.

El silencio se hizo tan profundo que incluso las letras luminosas dejaron de girar a su alrededor.

Eryon observó al muchacho sin intervenir.

Su padre bajó lentamente la mirada.

Ni el Rey habló.

Todos comprendían que aquel instante podía cambiar mucho más que el destino de una guerra.

Podía cambiar el significado mismo de la profecía.

Valtheris respiró profundamente.

Pensó en la primera vez que sintió miedo.

En las noches de su infancia en las que el mundo le parecía demasiado grande.

Pensó en Niah, que había aprendido a ocultar su dolor detrás de una sonrisa.

En Kael, que había confundido durante años la fuerza con el deber.

En Rheon, cuya culpa lo había acompañado como una sombra.

En Azhara, convertida en enemiga por una mentira.

Y, finalmente, en el Rey.

Recordó aquella fugaz imagen de una niña ofreciéndole una flor.

Aquel recuerdo no había nacido de la oscuridad.

Había nacido de la ternura.

Entonces comprendió algo que jamás había considerado.

Nadie comenzaba su historia siendo un monstruo.

Algunas personas simplemente se perdían tan profundamente que olvidaban el camino de regreso.

Levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos estaban serenos.

—Sí.

El Lector del Silencio no respondió.

Esperó.

Valtheris continuó.

—Seguiría intentando detenerlo.

Porque si permite que el olvido avance…

Millones sufrirán.

Hizo una pausa.

Después añadió con voz firme:

—Pero ya no desearía destruirlo.

Desearía encontrar el lugar donde empezó a perderse.

El Primer Amanecer se iluminó.

No con un resplandor cegador.

Con una luz cálida.

Parecida al amanecer después de una larga tormenta.

El Lector guardó un largo silencio.

Después habló.

Su voz contenía una emoción que hasta entonces nunca había mostrado.

—No existía esa respuesta cuando formulé la pregunta por primera vez.

Valtheris frunció ligeramente el ceño.

—¿La primera vez?

—La hice hace incontables eras.

A reyes.

A sabios.

A guerreros.

A Custodios.

Todos respondieron que debían vencer.

O perdonar.

Tú has elegido comprender.

Las letras luminosas comenzaron a formar un sendero.

La entrada a la Biblioteca Invisible acababa de abrirse.

El Rey de los Nombres Rotos permanecía completamente inmóvil.

Sus ojos, antes vacíos, reflejaban una emoción desconocida.

No era alegría.

No era tristeza.

Era desconcierto.

Durante milenios había esperado odio.

Había aprendido a alimentarse de él.

Jamás había imaginado que alguien pudiera intentar comprenderlo sin dejar de enfrentarlo.

Aquello rompía todas las reglas que conocía.

Llevó lentamente una mano al pecho.

Otra imagen apareció.

La misma niña.

Ahora podía verla mejor.

No tendría más de siete años.

Corría por un jardín.

Reía.

Le entregaba una pequeña flor blanca.

Y pronunciaba una frase.

No conseguía escucharla.

El recuerdo volvió a desvanecerse.

Pero esta vez dejó una huella.

Una lágrima apareció en el borde de sus ojos.

El Rey no la limpió.

Simplemente la observó caer.

Eryon dio un paso hacia él.

—Empiezas a recordar.

El Rey no respondió.

Por primera vez desde el inicio de aquella guerra interminable…

No sabía qué responder.

En la Biblioteca Invisible, el anciano aguardaba.

No había cruzado el umbral.

Parecía saber exactamente cuándo llegaría Valtheris.

Los libros comenzaron a moverse lentamente.

No se abrían.

Se acomodaban.

Como si prepararan un lugar para un visitante largamente esperado.

Lyssara contemplaba la escena con una emoción difícil de ocultar.

—Nunca los había visto hacer eso.

El anciano sonrió.

—Porque nunca habían recibido a alguien que llegara con una pregunta más grande que sus respuestas.

Mientras tanto, en la pequeña aldea de los Alpes, Elia seguía escribiendo.

Su abuelo dormía junto a la chimenea.

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas.

La niña tomó su lápiz.

Sin saber por qué, escribió una nueva frase.

“Hay personas que olvidan quiénes son.

Y otras que viajan para recordárselos.”

Se quedó mirando aquellas palabras.

No entendía de dónde provenían.

Pero sintió que pertenecían a alguien muy lejano.

Muy solo.

Cerró el cuaderno.

Apoyó una mano sobre la tapa.

Y, sin saberlo, sonrió exactamente igual que Valtheris.

En el Archivo de las Raíces Eternas, Maeron sostenía la Pluma del Alba.

La luz ya no apuntaba únicamente hacia Elia.

Ahora también brillaba en dirección al Primer Amanecer.

Ardan observó aquel fenómeno.

—¿Dos personas?

Maeron negó lentamente.

—Dos corazones.

Uno aprenderá a escribir.

El otro…

Aprenderá primero a leer.

Lumen levantó la vista.

Comprendía perfectamente.

—Solo quien sabe leer un alma…

Puede escribir un futuro justo.

Maeron asintió.

—Ésa fue siempre la primera enseñanza.

Nunca la segunda.

Valtheris dio el primer paso sobre el sendero de letras.

No sentía el suelo bajo sus pies.

Cada palabra sostenía su avance.

A cada paso escuchaba una historia.

Una madre despidiendo a su hijo.

Un anciano plantando un árbol cuya sombra jamás disfrutaría.




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