Valtheris

Capítulo 44

El Milenio Perdido

Llegas exactamente mil años más tarde de lo que esperábamos.

La voz del niño no se desvaneció al cerrar los labios.

Continuó resonando dentro de la Biblioteca Invisible como un eco que no pertenecía al aire, sino a la memoria misma.

Valtheris permaneció inmóvil.

El rostro comenzó a difuminarse lentamente sobre las páginas del enorme libro encadenado.

Antes de desaparecer por completo, el niño sonrió.

No había reproche en aquella sonrisa.

Solo una inmensa paciencia.

Como si hubiera aguardado durante siglos sin perder jamás la esperanza.

Las páginas volvieron a quedar en blanco.

El silencio resultó tan profundo que Valtheris podía escuchar los latidos de su propio corazón.

Miró al Lector del Silencio.

Por primera vez desde que lo conocía, el anciano parecía verdaderamente desconcertado.

No era miedo.

Era asombro.

Y aquello inquietó todavía más al muchacho.

—¿Quién era?

Preguntó con la voz apenas audible.

El Lector tardó en responder.

Sus ojos permanecían fijos sobre el libro.

—No lo sé.

Aquellas tres palabras pesaron más que cualquier revelación anterior.

Valtheris frunció el ceño.

—¿Cómo es posible?

El anciano respiró lentamente.

—Porque ese libro contiene únicamente aquello que jamás fue leído.

Y ni siquiera yo…

He podido leerlo.

En el Primer Amanecer, el Rey de los Nombres Rotos levantó bruscamente la cabeza.

También había sentido la aparición del niño.

Su expresión cambió de inmediato.

No era desconcierto.

Era temor.

Un temor antiguo.

Profundo.

Olvidado durante milenios.

Retrocedió un paso.

Después otro.

Eryon observó aquella reacción.

—Lo recuerdas.

El Rey no respondió.

Pero un nuevo recuerdo comenzó a abrirse paso entre las grietas del olvido.

Una ciudad.

No era Elarion.

Era mucho más antigua.

Mucho más pequeña.

En ella vivían apenas unas decenas de personas.

Ni reyes.

Ni guerreros.

Solo narradores.

Todos los días se reunían alrededor de un árbol blanco para contar las historias del mundo.

Entre ellos había un niño.

Siempre hacía preguntas.

Jamás aceptaba una respuesta incompleta.

El Rey sintió un fuerte dolor en el pecho.

Recordó haber abandonado aquella ciudad.

Recordó no haber regresado nunca.

Y, sobre todo…

Recordó que el niño lo había esperado hasta el último día.

La imagen volvió a desaparecer.

Pero esta vez dejó una cicatriz imposible de ignorar.

En Elarion, Lyssara sintió que el aire se volvía más denso.

Las hojas azules del gran árbol comenzaron a desprenderse lentamente.

No caían.

Formaban espirales de luz sobre la plaza.

La Custodia comprendió inmediatamente que algo extraordinario acababa de despertar.

Caminó hasta el centro del árbol.

Apoyó ambas manos sobre el tronco.

Una voz suave surgió desde el interior de la madera.

No pronunciaba palabras.

Cantaba.

Era una melodía tan antigua que parecía anterior incluso al lenguaje.

Lyssara cerró los ojos.

Las notas comenzaron a transformarse lentamente en imágenes.

Vio al niño.

Lo vio sentado bajo un árbol blanco.

Escribía sobre la tierra con una pequeña rama.

Cada dibujo se convertía en una estrella.

Cada estrella ascendía al cielo.

La Custodia abrió los ojos con lágrimas contenidas.

—No puede ser…

Susurró.

—Todavía existes.

En el Archivo de las Raíces Eternas, Maeron sintió el mismo estremecimiento.

La Pluma del Alba escapó de sus manos.

No cayó.

Permaneció suspendida en el aire.

Apuntando hacia la Biblioteca Invisible.

Ardan respiró profundamente.

—¿Lo reconociste?

Maeron tardó varios segundos en responder.

Cuando finalmente habló, su voz estaba quebrada por la emoción.

—Creí que había desaparecido para siempre.

Lumen dio un paso adelante.

—¿Quién es?

El Primer Escriba levantó lentamente la vista.

—El primer lector.

Todos guardaron silencio.

Kael frunció el ceño.

—¿Antes del Lector del Silencio?

Maeron negó.

—No.

Antes de que existiera siquiera la idea de escribir.

Maelis sintió un escalofrío.

—¿Cómo puede existir un lector antes de los libros?

Maeron sonrió con infinita ternura.

—Porque primero alguien tuvo que aprender a escuchar el mundo.

Solo después nació la necesidad de escribirlo.

Valtheris seguía contemplando el inmenso volumen.

No podía apartar la vista.

Sentía que aquel niño era importante.

Muchísimo más de lo que todavía alcanzaba a comprender.

El Lector caminó lentamente hasta una de las estanterías.

Extrajo un pequeño libro cubierto por cuero envejecido.

Lo abrió.

Las páginas estaban completamente vacías.

—Éste fue el primer libro que escribí.

Valtheris observó las hojas blancas.

—No tiene nada.

El anciano sonrió.

—Exactamente.

Porque comprendí demasiado tarde que ninguna historia debía comenzar antes de aprender a escuchar.

Cerró cuidadosamente el volumen.

—Fue él quien me enseñó esa lección.

Valtheris volvió la vista hacia el gran libro encadenado.

—¿El niño?

El Lector asintió.

—Jamás quiso escribir una sola palabra.

Prefería escuchar las historias de los demás.

Decía que cada persona llevaba dentro un libro que nadie había leído todavía.

En la pequeña aldea de los Alpes, Elia despertó antes del amanecer.

No podía explicar por qué.

Abrió la ventana.

El aire era frío.

El lago permanecía inmóvil.

Entonces vio algo imposible.

Sobre la superficie del agua caminaba un niño.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.