El Bosque de los Primeros Nombres
El columpio seguía moviéndose.
No había viento.
No existía fuerza visible que impulsara su vaivén.
Aun así, la vieja madera crujía con una cadencia tranquila, como si acompañara una canción olvidada por el tiempo.
El niño continuaba tarareando.
Era la misma melodía que Lyssara había escuchado brotar del Árbol Azul de Elarion.
La misma que Eryon creyó recordar cuando recuperó su primer fragmento de memoria.
La misma que, sin saberlo, Elia había silbado de pequeña mientras caminaba junto a su abuelo.
No pertenecía a ningún idioma.
No era una composición.
Era el sonido con el que el mundo había aprendido a reconocer la esperanza.
En la Biblioteca Invisible, Valtheris permanecía inmóvil.
El gran libro había vuelto a cerrarse.
Las cadenas ya no existían.
Solo pequeños fragmentos de cristal flotaban lentamente alrededor del volumen, como diminutas estrellas que se negaban a apagarse.
El Lector del Silencio observó aquellos destellos con una emoción difícil de ocultar.
—Jamás pensé que viviría para contemplar este momento.
Valtheris volvió lentamente la mirada hacia él.
—¿Qué acaba de ocurrir?
El anciano apoyó ambas manos sobre la cubierta del libro.
—Las cadenas nunca fueron una prisión.
Eran una espera.
El muchacho frunció el ceño.
—¿Esperaban qué?
El Lector sonrió.
—Esperaban que alguien llegara dispuesto a hacer una pregunta antes que exigir una respuesta.
Valtheris permaneció en silencio.
Comprendía que aquella diferencia era mucho más profunda de lo que parecía.
Durante siglos, incontables hombres habían buscado aquel libro para obtener poder.
Él solo había querido comprender.
Y esa intención había cambiado el destino del volumen.
En el Primer Amanecer, el Rey de los Nombres Rotos seguía contemplando el horizonte.
Su corona continuaba agrietándose.
Cada grieta liberaba un recuerdo.
Cada recuerdo debilitaba el inmenso vacío que durante tanto tiempo lo había sostenido.
Eryon caminó lentamente hasta quedar a su lado.
No habló.
Solo permaneció allí.
Después de un largo silencio, el Rey rompió finalmente la quietud.
—¿Sabes cuál fue mi primer nombre?
Eryon lo observó.
Durante un instante creyó recordarlo.
Pero la memoria volvió a escaparse.
Negó lentamente con la cabeza.
El Rey sonrió con tristeza.
—Yo tampoco.
Aquellas palabras pesaron más que cualquier confesión.
Había robado millones de nombres.
Y el primero que perdió fue el suyo.
Su padre cerró los ojos.
Ahora comprendía el verdadero castigo.
No había sido condenado únicamente por sus actos.
Había terminado convertido en un extraño para sí mismo.
Mientras tanto, Maeron abandonó el Archivo de las Raíces Eternas por primera vez desde su regreso.
La Pluma del Alba flotaba silenciosamente a su lado.
Lumen caminaba junto a él.
Los demás permanecían unos pasos detrás.
Atravesaron un antiguo sendero cubierto por raíces luminosas.
El bosque parecía despertar a su paso.
Los árboles inclinaban lentamente sus ramas.
Las flores abrían sus pétalos.
Los pequeños arroyos cambiaban de dirección para acompañarlos.
Kael observaba todo con asombro.
—Nos reconocen.
Maeron sonrió.
—No.
Nos recuerdan.
Existe una diferencia.
Niah acarició distraídamente el tronco de un árbol.
Inmediatamente aparecieron pequeñas letras doradas sobre la corteza.
No formaban palabras.
Parecían nombres.
Miles de nombres.
El Primer Escriba contempló aquella escena con respeto.
—Hemos llegado.
Frente a ellos apareció un bosque completamente distinto.
No era más hermoso.
Era más antiguo.
Los árboles eran inmensos.
Sus raíces permanecían parcialmente visibles sobre la tierra, entrelazándose unas con otras como si abrazaran el mundo entero.
Cada tronco mostraba una inscripción.
No en piedra.
En la propia madera.
Lumen susurró con emoción.
—El Bosque de los Primeros Nombres.
Ardan inclinó lentamente la cabeza.
Incluso él jamás había regresado a aquel lugar.
Muy lejos de allí, Elia caminaba junto a su abuelo por el sendero que bordeaba el lago.
Todavía pensaba en el niño que había visto durante el amanecer.
No se atrevía a contarlo.
Temía que hubiera sido un sueño.
El anciano, sin embargo, parecía adivinar sus pensamientos.
—¿Volviste a verlo?
La niña se detuvo.
Lo miró sorprendida.
—¿Tú también lo conoces?
El abuelo sonrió.
No respondió de inmediato.
Se agachó para recoger una pequeña piedra blanca.
La colocó en la mano de Elia.
—Mi abuelo decía que, cuando el Niño del Bosque vuelve a caminar…
Es porque alguien está aprendiendo a escuchar con el corazón.
La niña apretó suavemente la piedra.
Sentía un calor extraño.
Como si guardara un recuerdo que no le pertenecía.
—¿Quién es?
Preguntó.
El anciano levantó lentamente la vista hacia las montañas.
—Nadie logró responder esa pregunta.
Y quizá…
Ésa sea precisamente su misión.
En la Biblioteca Invisible, el Lector caminó junto a Valtheris entre millones de libros suspendidos.
No seguían ningún orden aparente.
Sin embargo, el muchacho comenzaba a percibir una armonía invisible.
Los libros que hablaban de esperanza flotaban cerca de los que narraban grandes pérdidas.
Los relatos de amistad descansaban junto a historias de despedidas.
Comprendió que allí no existían géneros.
Existían emociones.
El anciano notó su expresión.
—Empiezas a verlo.
Valtheris asintió.
—Los libros no están organizados por lo que ocurre…
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Editado: 13.07.2026