Valtheris

Capítulo 47

El Guardián de la Primera Historia

Valtheris no apartó la mirada del pequeño medallón.

La diminuta pluma dorada suspendida en el cristal no era una copia.

Ni un símbolo.

Era idéntica a la Pluma del Alba que Maeron custodiaba en el Archivo de las Raíces Eternas.

Sin embargo, irradiaba una luz distinta.

La primera brillaba como el amanecer.

Aquella lo hacía como el instante anterior al nacimiento de la luz.

Más silenciosa.

Más profunda.

El muchacho sintió un estremecimiento.

—¿Cómo…?

El niño sonrió.

No respondió de inmediato.

Tomó el medallón entre los dedos y lo sostuvo frente a la inmensa hoguera blanca.

La pequeña pluma comenzó a emitir un resplandor tenue.

No iluminaba el lugar.

Parecía recordar algo.

—Porque la Pluma del Alba no fue la primera.

Valtheris abrió lentamente los ojos.

—¿Qué quieres decir?

El niño dejó caer nuevamente el medallón sobre su pecho.

—Antes de aprender a escribir…

Alguien tuvo que aprender a escuchar.

Y antes de escuchar…

Alguien tuvo que atreverse a imaginar.

Guardó un breve silencio.

—Ésta perteneció al primer soñador.

Las palabras atravesaron el alma de Valtheris.

Toda la enseñanza de Maeron.

Toda la sabiduría del Lector.

Todo parecía conducir hacia un origen todavía más remoto.

Detrás de la inmensa hoguera, las figuras continuaban conversando.

No discutían.

No intentaban convencer a nadie.

Cada una escuchaba con una atención absoluta.

Valtheris comprendió que allí nadie esperaba su turno para hablar.

Esperaban comprender.

Algunas figuras parecían humanas.

Otras estaban formadas por agua, fuego o constelaciones.

Una anciana tejía hilos de luz mientras escuchaba a un niño relatar un sueño.

Un gigante de piedra reía con un pequeño zorro plateado.

Una mujer de cabello completamente blanco sostenía una taza de té junto a un anciano cuya sombra parecía hecha de hojas.

Todas las historias convivían.

Ninguna era considerada más importante que otra.

El muchacho sintió una paz que jamás había experimentado.

El niño caminó lentamente hacia el asiento vacío.

No se sentó.

Solo apoyó una mano sobre el respaldo.

—Éste era su lugar.

Valtheris respiró hondo.

—¿De quién?

El niño levantó lentamente la vista.

Sus ojos reflejaban una melancolía inmensa.

—Del primero que comprendió que una historia podía sanar una herida.

Mientras tanto, en el Bosque de los Primeros Nombres, el gran árbol seguía iluminándose.

Las letras continuaban apareciendo sobre la corteza.

Maeron las observaba con absoluta concentración.

Esta vez no desaparecían.

Comenzaban a formar sílabas reconocibles.

Lumen dio un pequeño paso adelante.

—¿Puedes leerlas?

El Primer Escriba negó lentamente.

—No.

Las recuerdo.

Había una diferencia enorme.

Leer era comprender un símbolo.

Recordar era permitir que ese símbolo volviera a respirar.

Las raíces comenzaron a vibrar.

La voz del bosque regresó.

—No busquéis el nombre.

Buscad…

La primera promesa.

Ardan frunció el ceño.

—¿Qué promesa?

El bosque guardó silencio.

Las hojas continuaron cayendo lentamente.

Después apareció una única frase sobre la corteza.

“Jamás dejaré que una historia muera sola.”

Maeron cerró los ojos.

Aquellas palabras atravesaron siglos de memoria.

Las había escuchado.

Muchísimo tiempo atrás.

Cuando todavía era apenas un aprendiz.

En la pequeña aldea alpina, Elia caminaba junto al lago.

Llevaba el cuaderno abrazado contra el pecho.

No escribía.

Simplemente observaba.

Las montañas.

El agua.

Las nubes.

Sentía que todo parecía querer contarle algo.

Su abuelo caminaba unos pasos detrás.

Sonreía en silencio.

La niña se detuvo de pronto.

Una hoja blanca descendía lentamente sobre el agua.

No pertenecía a ningún árbol cercano.

La tomó entre las manos.

No era una hoja.

Era una página.

Completamente en blanco.

En cuanto la tocó, apareció una frase.

“Toda historia nace dos veces.

La primera cuando sucede.

La segunda cuando alguien decide escucharla.”

Elia sonrió.

Arrancó cuidadosamente una hoja de su cuaderno.

Copió aquellas palabras.

Después dejó que la página luminosa regresara al lago.

No quiso conservarla.

Sintió que pertenecía al mundo.

En el Primer Amanecer, el Rey seguía contemplando la corona.

La sostuvo lentamente entre las manos.

Durante siglos había creído que aquel objeto representaba su poder.

Ahora comprendía que también representaba su prisión.

Eryon permanecía a su lado.

—¿Qué harás?

El Rey observó las grietas.

Cada una contenía un recuerdo recuperado.

Una risa.

Una despedida.

Un abrazo.

Miles de vidas.

—No lo sé.

Respondió con sinceridad.

Era la primera vez que admitía no conocer el camino.

Y esa confesión resultaba mucho más valiosa que cualquier certeza.

En la Biblioteca Invisible, el niño observaba a Valtheris con infinita paciencia.

—¿Sabes por qué llegaste tarde?

El muchacho negó con la cabeza.

—Porque el mundo necesitaba olvidar.

Valtheris frunció el ceño.

—¿Olvidar?

—Sí.

Algunas semillas solo germinan cuando el bosque parece perdido.

El muchacho guardó silencio.

Aquella idea resultaba difícil de aceptar.

El niño continuó.

—Si todo hubiera permanecido perfecto…

Nadie habría aprendido cuánto vale recordar.

Después caminó lentamente hasta la gigantesca hoguera blanca.




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